Ya hemos hablado de las enfermedades que han padecido algunos autores, específicamente de la epilepsia e incluso de ciertas rarezas auténticas que han girado en torno a la vida de algunos de ellos.

Como las enfermedades mentales son una de los aspectos de la salud que más me interesan, hoy he preparado un texto sobre el trastorno bipolar, para dar a conocer a varios autores que lo padecían y mencionar en qué parte de su obra puede verse reflejado el mismo. Espero que les guste.

¿Qué es el trastorno bipolar?

El trastorno bipolar es una enfermedad muy antigua, pese a que durante varios siglos no tuvo un nombre y se la conocía como la enfermedad silenciosa, escondida detrás de diagnóstico como depresión, locura o paranoia.

Los síntomas de esta enfermedad son episodios claramente diferenciados con períodos de humor cambiantes (período depresivo, período normal, período maníaco). En general no se conoce un patrón claro que delimite cada uno de estos períodos o de qué forman se alternarán, incluso en algunas personas cada período puede llevar horas, meses o incluso años.

No se sabe a verdaderamente cuál es la etiología de esta enfermedad, sin embargo muchos especialistas se inclinan a afirmar que se debe a un desorden bioquímico que puede tener raíces genéticas o hereditarias y que es desencadenada a partir de factores externos.

El riesgo más importante de esta enfermedad es que, una persona que padece este trastorno en un período de angustia o ansiedad podría ser llevada al suicidio; de hecho, un 20 por ciento de los que la padecen se suicidan y alrededor de la mitad de todos ellos, lo intenta.

Es un mal muy presente entre los artistas (músicos, pintores, escritores) muchos de los cuales se quitaron la vida, posiblemente como consecuencia de los temores y experiencias que despertara en ellos este trastorno.

La enfermedad y la literatura

En la literatura existieron muchos autores que padecían este trastorno, entre los que podemos nombrar a incuestionables hombres de las letras como lo fueron Tolstói, Faulkner, Virginia Woolf, Juan Ramón Jiménez e incluso José Agustín Goytisolo. Muchos de ellos fueron diagnosticados con psicosis maníaco-depresiva, nombre que entonces recibía la actual bipolaridad. Y existen muchos otros nombres e historias que aún no se han desvelado.

En el caso de Juan Ramón Jiménez, él mismo escribió que fue cautivado por una ola de melancolía que le impedía ver más allá, se sentía triste y desesperado al punto de desear la muerte y estar a punto de suicidarse en varias ocasiones.

La familia Hemingway

En la familia Hemingway existen varios casos de suicidio. El padre de Ernest Hemingway se voló la cabeza cuando el futuro escritor tenía unos pocos años de vida; éste conservó la pistola utilizada por su padre y hablaba de ella con cierta sorna. Su trastorno bipolar lo llevaba desde extremos absolutamente opuestos, de la euforia manifiesta a la clara misantropía. Se quitó la vida el 2 de julio de 1961.

Posiblemente, las mismas razones que llevaron a su padre a volarse los sesos fueron las que motivaron a Ernest y, varios años más tarde, a su nieta, Margaux (también era bipolar y se refugiaba en el alcohol para hacer más llevadera la existencia), quien escogió el 1 de julio de 1996 para quitarse la vida, como una fecha simbólica, esta vez de una forma menos brusca, tal vez, una sobredosis de fenobarbital.

Uno de los aspectos curiosos en el trastorno de muchos bipolares, que también se notaba en Ernest, es que la luz funciona como un poderoso antidepresivo, mejorando su estado de animo y llevándolos a experimentar una leve esperanza en sus desesperados pensamientos.

Sylvia Plath, su poesía y el suicidio

Si nos fijamos en la vida de Sylvia Plath, una de las poetisas más extraordinarias de la poesía confesional que ha dado Estados Unidos, podemos comprender en qué grado el enfermo es incapaz de dominar sus propios sentimientos, sus ideas le corroen, lo llevan a límites que posiblemente no creía poder alcanzar (Virginia Woolf, reconociendo que una nueva crisis estaba al acecho decidió quitarse la vida, creyendo que no podría pasar por lo mismo una vez más).

En el caso de Plath, después de la ruptura con su esposo, Ted Hughes, que la llevó a un período de tristeza y soledad casi insoportables, su vida se terminó una mañana en la que abrió el horno de la cocina de su casa de Londres y metiendo la cabeza dentro, le dio fin.

Cabe aclarar que su suicidio no tiene que ver con un desengaño amoroso, como muchos creen, sino más bien de esa sensación de ser abandonada, sensación que la perseguía desde la muerte de su padre, cuando la poetisa tenía tan sólo 9 años. Su angustia rozaba los límites imaginables por cualquier ser humano, en su diario dejó escrito:

¿Genio o padecimiento?

Posiblemente para alguien que no haya sufrido de un trastorno semejante o no haya vivido de cerca los estragos que las enfermedades mentales hacen en las personas, todo esto suene a historia dramática o exagerada, sin embargo y lamentablemente, no es así.

La mente juega con nosotros y a algunos les ha tocado soportar angustias que el resto de los mortales jamás podremos ni siquiera imaginar; muchos de estos enfermos escogieron la literatura u otra arte para expresar sus sentimientos más profundos y poner en palabras los daños que este trastorno les provocaba, para muchos la literatura fue la salvación pero para muchos otros tan sólo un refugio fugaz e insuficiente.

En un extenso artículo sobre el tema, Rafael Narbona, dejó en el aire ciertas reflexiones que me han resultado sumamente interesante. Expresaba que dadas esas características que este trastorno tiene que lleva a que tengan lugar en el cerebro asociaciones algo irracionales, ideas poco claras y una disfuncionalidad de todo lo establecido por norma, no es de extrañar que ciertos autores, como Faulkner o incluso Alejandra Pizarnik hayan tenido una habilidad incuestionable para presentar obras que trascenderían su tiempo y que se convertirían en exquisitas experiencias artísticas jamás comparables.

Y todo esto lo llevaba a preguntarse si tendrían razón Nietzschey Hölderlin al decir que el dolor es lo que nos hace profundos y si las únicas obras que realmente merecen la pena son aquellas capaces de mostrar una experiencia del dolor. Y concluye diciendo algo que me parece ideal para alumbrar este párrafo, dice: