El surrealismo en la ArgentinaEl surrealismo y su difusión tiene varios períodos de luces y sombras en nuestro país. Indiscutiblemente, el primero en aceptar sus normativas y difundir sus postulados fue el poeta Aldo Pellegrini, quien hasta su muerte, acaecida en Buenos Aires en 1973, siguió siendo fiel a las consignas de su admirado Breton.

A fin de de difundirlas, Pellegrini, a la sazón entonces un joven estudiante de Medicina, publicó entre 1928 y 1930 los únicos dos números de la revista Qué, aplicada a la difusión de la escritura automática.

Quien se convertiría en el principal propagandista de las ideas y los métodos de escritura del movimiento creado por André Breton, y ello de un modo al que podemos denominar ortodoxo, había trabado contacto con los surrealistas de París desde la publicación del primer manifiesto, en 1924. Así lo expresa: “Fue exactamente en el año de la fundación. Con motivo de la muerte de Anatole France, el diario Crítica de Buenos Aires publicó un número completo de homenaje al escritor (…) A mí la falta de pasión y el escepticismo barato de France me parecían la caricatura del verdadero disconformismo. Por esa época me interesaba especialmente Apollinaire. En ese número de Crítica aparecía un telegrama de París con el anuncio de la aparición de un panfleto contra France denominado Un cadavre, con la lista de los firmantes. Envié esa lista a Gallimard, que por entonces me proveía de libros franceses, pidiendo se me mandara lo que tenían publicado. Así me llegó el primer número de La Révolution Surréaliste y el Primer Manifiesto de Breton.” (A.P., citado por Graciela de Sola, en Proyecciones del surrealismo en la literatura argentina, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1967).

En 1948 Pellegrini reincide, esta vez con la publicación surrealista Ciclo: como su antecesora Qué, Ciclo durará apenas dos números, el último de los cuales se editará en 1949.

A partir de Cero es otra publicación surrealista argentina, dirigida por el poeta Enrique Molina, que surgirá en 1952 y aparecerá en forma períodica, contando con colaboración de los argentinos Aldo Pellegrini, Olga Orozco, Julio Llinás y Carlos Latorre, el francés Benjamin Péret, y el poeta peruano César Moro, entre otros. Dejará de editarse en 1956.

Letra y Línea, una nueva entrega periódica dirigida por Aldo Pellegrini, con los mismos propósitos que las publicaciones anteriormente citadas, extenderá sus números desde 1953 hasta 1954.

Aldo Pellegrini no se limitó a editar revistas surrealistas en su afán de difusión del movimiento; también le debemos su Antología de la poesía surrealista en lengua francesa (trad. A.P., Buenos Aires, Fabril Editora, 1961), que recibira los mejores honores por parte del mismísimo André Breton, con quien Pellegrini sostenía una frecuente correspondencia.

También hay una fuerte presencia de poetas surrealistas o que lo fueron en su momento, en la más conocida revista Poesía Buenos Aires, dirigida por Raúl Gustavo Aguirre entre 1950 y 1960.
Luego de esta fecha, el influjo del surrealismo en la Argentina se diluye, hasta que promediando los 70 tiene un último resurgimiento, que incluyó la vuelta a las librerías de numerosos textos ortodoxos del movimiento, hasta antes de este repentino fulgor imposibles de encontrar. Inclusive, surge una revista que vuelve a reivindicar el antiguo movimiento y sus ya nada inquietantes postulados. Se trata de El Hemofílico, dirigida por el poeta y artista fotográfico Juan Carlos Otaño, que sólo alcanzará a publicar tres números en Buenos Aires. La exigua tirada de la revista será secuestrada por la policía del Proceso, dado que en su portada exhibe… a dos religiosas en actitud erótica.

POETAS ARGENTINOS CON INFLUENCIA SURREALISTA

ALDO PELLEGRINI
Nació en Rosario, provincia de Santa Fe, en 1903, y falleció en Buenos Aires en 1973. Fue poeta, ensayista y crítico de arte. Introdujo en la Argentina el surrealismo, realizando una inagotable tarea como editor, traductor y ensayista. Es autor de la Antología de la poesía surrealista de lengua francesa (1961) y la Antología de la poesía viva latinoamericana (1966). Entre sus libros de poesía se encuentran: El muro secreto (1949); Construcción de la destrucción (1957); Distribución del silencio (1966) y Escrito para nadie (1973). Su obra poética fue reunida en el volumen La valija de fuego (2002). Caracteriza a Pellegrini un seguimiento más ortodoxo de los preceptos poéticos sentados por el surrealismo francés, en relación a la obra de los otros poetas argentinos influenciados por esta corriente literaria.

Alguien que despierta

Abre tus ojos de barro
tus ojos de cielo y de noche interrumpida
tus ojos de alfombra, tus ojos pisoteados
ábrete a la luz y ala sombra y a los vientos
a la sombra negra que arrojan los cuerpos.

Árbol de la ceguera, de las muertes,
camino de las desapariciones,
marchas hacia los ojos abiertos del tiempo
hacia el agua pura del instante que corre
cuando te detienes te tornas invisible
cuando andas te destruyes
sólo eres la sombra de la idea de ser
pero con el hueco de tu mano ves todo
por el hueco de tu mano te derramas,
cuerpo ávido de caricias de atmósferas,
mil veces impasible, mil veces tierno
pero finalmente absorvido por la nada
que corroe lentamente el agua del tiempo.

Todo te nombra

Las trayectorias opuestas se encuentran se
abren los muslos temerosos
el amor arranca sus raíces del sueño
una nube se cierne sobre el párpado
el gran señor de la mañana dormita

La noche atraviesa el puente el carruaje
extraviado de los que despiertan se detiene
en el punto donde se acumulan los murmullos
un árbol de frío eleva su voz colérica
la mirada de la angustia despliega sus reflejos
todo te nombra

La inmovilidad del río el barquero espera
las luces acuden en socorro de la fiesta del corazón
el deseo de la mujer es un grito el coro
de las damas elegantes en la nebulosa de la dádiva
se consume el temor rueda
la despiadada cadena de los visitantes lentamente
se purifica la esclavitud los nervios abiertos
recogen las intenciones extrañas el hábito
del perseguidor la aparición
de un vago suicidio en la mañana de los lamentos
el definitivo
exterminio de los sollozos la estrella torturadora y
el mago de la alta sombra
portador de la palabra lacerante
te nombra.

ENRIQUE MOLINA
Nació en Buenos Aires en 1910, donde falleció en 1997. El fuerte vitalismo de su poesía atraviesa muy distintas facetas, desde los escenarios recreados de sus viajes como marino alrededor del mundo, hasta la conflictiva amorosa y el desasosiego metafísico. Considerado como uno de los poetas más importantes de América latina, su obra poética abarca los siguientes títulos: Las cosas y el delirio (1941); Pasiones terrestres (1946); Costumbres errantes o la redondez de la tierra (1951); Amantes antípodas (1961); Fuego libre (1962) Las bellas furias (1966); Monzón Napalm (1968); Los últimos soles (1980) y El ala de la gaviota (1985).

Mutaciones en el páramo

Quien vuela sobre manteles y plantaciones
-incierto y transitorio-
con ávidos ojos a la espera
de apariciones cotidianas y frutos veloces,
elegido por la inconstancia y el remolino de la luz
en grandes desavenencias donde el destino cambia sus derroteros,
él, que levantó como un loco la novia en el peldaño de fuego,
quisiera, después, en las inmensas orillas
fijar el rostro de algún ser cuya imagen velara bajo la tumba
como una sombra paralela a su sombra.

En vano, pues la pira que surge del recuerdo,
el paso de los días,
ciertos encuentros deslumbradores
donde por la voluntad de un dios o de una gota de lluvia
coincidieron un instante el sueño y la tierra,
instalan gárgolas inconclusas
envueltas en blancos camisones lunares tejidos por la niebla,
el despertar de una voz extinguida convertida en un susurro de hojas,
flujo de aguas deslizándose entre guijarros,
bebidas para gente enterrada, ese soplo
que modula palabras desconocidas salidas del fuego,
y el agujero del vino en las piedras.

La rueda de las cosas

La rueda de las cosas en la luz y en la noche,
giran muebles, herramientas, utensilios de la intemperie,
crujen, rechinan; su catálogo vasto como el mar,
el fantasma con sartenes y cacerolas retumba en la cocina,
destapa una botella altísima, alinea las copas,
paraguas, zapatos, libros, guitarras y vestidos
llegados desde las cavernas, mortajas, collares,
objetos que han perdido la razón,
golpean en el pecho, en el flanco del viento y el relámpago,
demente presencia de objetos a la orilla del hombre,
en torno al misterioso foco de existir,
presas de la cacería, llenos de tentaciones,
espléndidos y míseros regalos de los dioses,
el antiguo Cristo con misericordia
reparte la vajilla y el milagro, reparte los cubiertos,
vincula su sangre con una jarra bendita.
Cada cual con sus cosas,
su patrimonio de infinitas materias,
loza, madera, cristal, acero, humo.
Al Faraón le dejan el servicio de la muerte,
sus pertenencias, frascos de perfume, diademas.
Tantas cosas en torno a nuestros pasos
mientras avanzamos por el camino de tierra a lo largo de los cafetales.

OLGA OROZCO
Nació en Toay, La Pampa, en 1920, y falleció en Buenos Aires en 1999.
Orozco desarrolló una vasta obra poética, caracterizada por la presencia de elementos y recursos expresivos provenientes del surrealismo, pero mixturados con apelaciones al ocultismo y la magia. Su muy personal reelaboración de puntos de partida tan disímiles, se conjuga además por la fuerte presencia de una erótica constante.La tensión entre individuo y medio se expresa siempre subjetivamente, con apelaciones a los enigmas de la muerte, la desesperación y el deseo.

Para hacer un talismán

Se necesita sólo tu corazón
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado. Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías y no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.
Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo, antes que sea tarde,
antes que se convierta en momia deslumbrante,
abre de par en par y una por una todas sus heridas:
que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
que plaña su delirio en el desierto,
hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre:
un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.

Si sobrevive aún, si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios;
he ahí un talismán más inflexible que la ley, más fuerte que las armas y el mal del enemigo.
Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela.
Pero vela con él.
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra; puede ser tu verdugo.
¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!

La mala suerte

Alguien marcó en mis manos,
tal vez hasta en la sombra de mis manos,
el signo avieso de los elegidos por los sicarios de la desventura.
Su tienda es mi morada.
Envuelta estoy en la sombría lona de unas alas que caen y que caen
llevando la distancia dondequiera que vaya,
sin acertar jamás con ningún paraíso a la medida de mis tentaciones,
con ningún episodio que se asemeje a mi aventura.
Nada. Antros donde no cabe ni siquiera el perfume de la perduración,
encierros atestados de mariposas negras, de cuervos y de anguilas,
agujeros por los que se evapora la luz del universo.
Faltan siempre peldaños para llegar y siempre sobran emboscadas y ausencias.
No, no es un guante de seda este destino.
No se adapta al relieve de mis huesos ni a la temperatura de mi piel,
y nada valen trampas ni exorcismos,
ni las maquinaciones del azar ni las jugadas del empeño.
No hay apuesta posible para mí.
Mi lugar está enfrente del sol que se desvía o de la isla que se aleja.
¿No huye acaso el piso con mis precarios bienes?
¿No se transforma en lobo cualquier puerta?
¿No vuelan en bandadas azules mis amigos y se trueca en carbón el oro que yo toco?
¿Qué más puedo esperar que estos prodigios?
Cuando arrojo mis redes no recojo más que vasijas rotas,
perros muertos, asombrosos desechos,
igual que el pobrecito pescador al comenzar la noche fantástica del cuento.
Pero no hay desenlace con aplausos y palmas para mí.
¿No era heroico perder? ¿No era intenso el peligro?
¿No era bella la arena?
Entre mi amado y yo siempre hubo una espada;
justo en medio de la pasión el filo helado, el fulgor venenoso
que anunciaba traiciones y alumbraba la herida en el final de la novela.
Arena, sólo arena, en el fondo de todos los ojos que me vieron.
¿Y ahora con qué lágrimas sazonaré mi sal,
con qué fuego de fiebres consteladas encenderé mi vino?
Si el bien perdido es lo ganado, mis posesiones son incalculables.
Pero cada posible desdicha es como un vértigo,
una provocación que la insaciable realidad acepta, más tarde o más temprano.
Más tarde o más temprano, estoy aquí para que mi temor se cumpla.

FRANCISCO MADARIAGA
Nació el 9 de setiembre de 1927. Murió en Buenos Aires en 2000. Su obra poética abarca una quincena de títulos, entre los que destacamos El delito natal (1963); Tembladerales de oro (1973); Llegada de un jaguar a la tranquera (1980), y Resplandor de mis bárbaras (1985). Su obra fue reunida en El tren casi fluvial (1988, Fondo de Cultura Económica de México en Buenos Aires).
La extensa obra de Madariaga se caracteriza por constituir un cuerpo coherente donde los elementos provenientes del surrealismo se entremezclan con una visión mágica y original de la gauchesca, ambientándose sus poemas, de corte marcadamente descriptivo, en un marco rural.

Tembladerales de oro

In memoriam Alfredo Martínez Howard

El dolor ha abierto sus puertas al agua de oro del oro que
arde contra el oro el oro de los ocultos tembladerales
que largan el aire de oro hacia los rojos destinos
pulmonares con el acuerdo de los fantasmas de oro
coronados por los juncos de oro bebiendo los
caballos de oro los troperos de oro envueltos en los
ponchos de oro -a veces negro a veces colorado
celeste verde- y el caballero que repasa las lagunas de
los oros naturalmente populares el que se embarca
en las balsas de oro con todos los excesos de
pasajeros de oro que manejan los caballos de oro con
los rebenques de oro bebiendo en la limetilla de oro
del barro de oro de los sueños de los frescos del
oro entre la majestad de las palmeras de oro y de los
ajusticiados y degollados en las isletas de oro bajo de
yacarés de oro del oro del Amor.

El canto no popular

Yo, el rastreador, que ha dormido en los atrasos de
la luna en los atajos peninsulares, y ahora siento
el canto del desahogo, a través del orgulloso coraje,
oh mis pequeños seres del desamparo, canto
mi canto con un lenguaje no popular, pero cercano
a vuestros vestidos miserables.
El vestido las telas livianas de las mejillas despintadas
el olor de los motines talados de la miseria siempre
en la flor del fuego del pensamiento destruido
sin nacimiento en las coloridas y espléndidas
organizaciones de las albas lujosas de todos los días
de todos los montones de días ligeros y azucarados
por las cañas dulces solares irredentas
ininterrumpidas feroces vivientes de la irrectitud
siempre anárquica del espacio siempre moderno
y siempre solidario con los cantos de las invisibles
deidades y de los otros personajes reales asombrados
de la miseria de los sucios paisanos que encienden
el clavel del esperma nocturno sifilizado y demente
y excitado por los cerdos.
Oh, en mi escenario, de rodillas. Cocinas conteniendo
el aliento del dormido rencor en la palidez del alba.
Oh, gente sin viajes, que no puede fumar en el
fuego del universo su tabaco de miel arrollada por
el invierno, su comida de humo bañando el ligerísimo
mosquitero de rabia del color el color que no trajina
por las camas y que sólo saluda a la sombra con
sombrero del Ave María en el altar de los santos
ensordecidos por los fétidos besos.
Oh, mí, el rastreador que ha dormido tirado entre
los yuyos, entre la ferocidad joyal de las palmeras
en el borde del agua, y de una cocina sucia llena
de lechos sucios y de tarros con jazmines
calentados del ex-alba.

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