André CruchagaUno

Este día he tenido dos sorpresas que calificaría de extraordinarias. La primera tiene que ver con dos fotografías que Roger Walter Santos me obsequió. Se trata de la residencia de Neruda en Isla Negra y de la cabaña donde el poeta solía escribir. Este suceso me ha hecho recordar un sinfín de lecturas; pero también recibir ese halo generoso de la vida del poeta. Hicimos recuento de cuanto hay en la casa: las vigas con los nombres de poetas amigos, los mascarones de proa, el locomóvil, aquella inmensa llave que aparece en UNA CASA EN LA ARENA, la campana… en fin ¡qué hermoso obsequió para este ser que vive en la periferia del mundo, casi junto al croar de las ranas, casi junto al nido del pájaro, casi junto a la sinfonía de esos ríos que suenan cristalinamente en la memoria!

El otro regalo de la vida, tiene que ver con un hermosísimo libro que he obtenido gracias a mi perseverante olfato literario. Se trata del libro: REVISIONES DE LA LITERATURA CUBANA, a cargo de la universidad de Alicante, España: Recuperaciones del mundo precolombino y colonial en el siglo XX Hispanoamericano. El libro está constituido por una serie de estudios que inaugura el más preclaro para mí de los escritores cubanos: Roberto Fernández Retamar; le sigue José Carlos Rovira y Remedios Mataix: José Lezama Lima y la fundación imaginaria de la literatura colonial cubana; se hace un recorrido por el romancero y la tradición cubana, pasando por los ecos de la épica, la encrucijada de fin de siglo a cargo de Ambrosio Fornet; Mario Benedetti, con una vistazo personal y selectivo; le sigue de la revolución a la vanguardia. Notas sobre poesía y política que teje y desteje muy bien Remedios Mataix; la narrativa cubana del siglo XX, a cargo de Teodosio Fernández hasta finalizar con esa pluma tan exquisita de Carmen Alemany Bay, con poesía cubana a finales del XX: 1980-2000.

He hecho la enumeración anterior, con un propósito claro: dar una panorámica de esta joya prolija de la literatura. Su lectura es un viaje singular a la ínsula, a esos parajes del pensamiento que sólo el que ama la literatura puede entender. Ver, por ejemplo, el primer número de Casa de las Américas, el grabado del siglo XX de la Catedral de La Habana, José Martí en cuerpo entero con ese talante de singular patriota, Haydeé Santamaría y Alejo Carpentier en la Casa de Las Américas; el autor del gan zoo y redescubidor del son, Nicolás Guillén; Dulce María Loynaz , de quien he leído algunas cosas como para decir que fue extraordinaria escritora; Eliseo Diego, muerto apenas en México en 1996, y de quien recuerdo: “a medida que me vuelvo más real, el soplo del pánico me purifica”; luego, en este largo itinerario me encuento con Nancy Morejón que, a decir de Mario Benedetti, y Alice Walker es casi insólito el hecho de leer los poemas de una mujer negra que está en paz con su país, constituyen un tremendo banquete para el alma.

Dentro de toda esa historia tan rica; pero a veces de desilusión y fatalismo, destaca una fotografía de Cintio Vitier, Eliseo Diego, Angel Gaztelu, Fina García y, por supuesto, José Lezama Lima. Por último, llego a imágenes de la poesía cubana de los 60, que en general y como es lógico, está ligada a la revolución. La transición es evidente. Y la marcan, en palabras de Carmen Alemany Bay, dos libros: Las puertas y los pasos de Luis Lorente y la Gente de mi barrio de Reina María Rodríguez.

Termino este gozoso itinerario, viendo una fotografía de Reina María Rodríguez. Tiene un dejo de nostalgia en su semblante y una mirada infinita como el cielo.

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