Hacia 1988, la mexicana Elena Poniatowska era ya una escritora reconocida a nivel internacional gracias a obras como “Hasta no verte Jesús mío”, “La noche de Tlatelolco”, “Querido Diego, te abraza Quiela” y “Fuerte es el silencio”. Ese año, el mismo que eligió Anne Rice para publicar “La reina de los condenados”, la producción literaria de Poniatowska se vio ampliada con “Nada, nadie. Las voces del temblor”, un material fundamental para mantener viva la memoria.

Nada, nadie. Las voces del temblorA través de él, la autora ha garantizado que jamás se olvide todo lo que ocurrió en la ciudad de México después de los terribles terremotos que azotaron la región el 19 y 20 de septiembre de 1985.

Esa tragedia no resultó indiferente para nada ni nadie. Su desencadenamiento provocó rabia, muerte, horror, impotencia, desesperación y destrucción, pero también despertó la solidaridad en aquellos que habían logrado sobrevivir y que, conmovidos por el panorama, no dudaron en arriesgar sus vidas para intentar salvar a otros.

En algunos casos, el coraje de estos voluntarios sirvió para liberar de escombros los cuerpos de niños, hombres o mujeres que todavía tenían chances de recuperación, mientras que en otros sólo se pudieron hallar cadáveres. Lo que importa ante ese tipo de tareas no es el nivel de éxito que se obtuvo, sino el valor que posee la decisión de actuar en función de la solidaridad. Por suerte, fueron muchos los ciudadanos que aportaron su ayuda para superar este inconveniente que inspiró a Poniatowska a elaborar un texto asombroso y conmovedor donde queda claro que, aunque pasen los años, nadie podrá borrar de la memoria mexicana las marcas que ha dejado el terremoto.

Si ustedes, hasta el momento de leer este artículo, desconocían este dramático episodio que afectó hace tiempo a la ciudad de México y desean saber cómo lo documentó y lo presentó Elena Poniatowska, no dejen de conseguir un ejemplar del extraordinario “Nada, nadie. Las voces del temblor”.