Diez años después de haber publicado “Por quién doblan las campanas”, el escritor estadounidense Ernest Hemingway lanzó al mercado “Al otro lado del río y entre los árboles”, una novela de título poético cuya trama gira en torno al coronel Richard Cantwell y a una joven aristócrata de diecinueve años llamada Renata.

Al otro lado del río y entre los árbolesAmbos personajes son protagonistas de un idilio sin esperanzas que tiene como escenario a una Venecia invernal. A medida que la historia avanza, es posible descubrir la razón que lleva al veterano militar (señalado por muchos expertos como el alter ego de Ernest Hemingway) a intentar vivir cada segundo como si fuera el último.

Tal vez por ser uno de los últimos libros que dio a conocer el propio creador de relatos como “París era una fiesta”, “Las verdes colinas de África”, “Tener y no tener” y “Adiós a las armas”, “Al otro lado del río y entre los árboles” conserva un valor especial y es recordado por numerosos amantes de la literatura que, pese al tiempo transcurrido desde su presentación, no olvidan la fuerza y la precisión que le imprimió Hemingway a esta novela.

Al leer trabajos como los mencionados en el párrafo anterior genera una gran impotencia saber que este talentoso exponente de la literatura nacido en Oak Park el 21 de julio de 1899 decidió autoimponerse el fin. Si bien al momento de quitarse la vida no era un adolescente, todavía tenía chances para continuar en este mundo. Es difícil saber si, de haber continuado vivo, Ernest hubiese podido (y querido) ampliar su producción literaria ya que, según se cuenta, se le había diagnosticado mal de Alzheimer pero, de todas formas, el suicidio no fue bajo ningún punto de vista un buen final para este genio que hizo historia al crear obras como “El viejo y el mar”.