En 1887, el escritor irlandés Oscar Wilde decidió sorprender a los amantes de la literatura con un original relato que se caracterizó por parodiar a las obras de terror. Al incluir en la historia una presencia fantasmal, el autor bautizó a este indiscutido clásico de la literatura universal como “El fantasma de Canterville”.

El fantasma de CantervilleA lo largo del libro, los lectores tienen la posibilidad de conocer la flamante realidad de los Otis, un sofisticado clan norteamericano que decide comprar un antiguo castillo inglés que supo ser propiedad de los Canterville. La familia está formada por Hiram B. Otis, embajador estadounidense y jefe del grupo, su esposa Lucrecia R. Topan y sus hijos Washington, Virginia, Bandas y Estrellas.

Ni la revelación del viejo dueño del lugar, quien les confiesa que allí vive desde tiempos inmemoriales el fantasma de Lord Simon Canterville (asesino de su esposa Lady Eleonore), hace cambiar al grupo de opinión.

Sin embargo, a diferencia de lo que podría suponerse, los Otis no sienten temor ante el espectro. Por el contrario, el fantasma de Canterville se convierte en una especie de juguete para los más pequeños de la mansión, quienes no dudan en burlarse del alma en pena. Sólo Virginia intenta ayudar al fantasma a pagar sus faltas para que, por fin, pueda dejar este mundo en paz.

Los analistas consideran que, con esta obra, Wilde se propuso criticar el materialismo burgués. De hecho, la familia Otis intenta combatir al fantasma (inmaterial) con productos (materiales) como detergente y aceite. En este sentido, el fantasma representaría al arte, que debe expresarse de diferentes maneras para lograr subsistir. El ejemplo de esto último sería la mancha de sangre que aparece junto a la chimenea y que los Otis se encargan de limpiar todos los días, pese a los cual, la mancha sigue apareciendo.