En ocasiones, resulta más interesante bucear en la producción literaria de un autor de larga trayectoria literaria y sorprenderse con la diversidad de sus obras que leer un determinado libro de su autoría.

El olor de la guayabaGabriel García Márquez, por ejemplo, es uno de esos autores que, aún cuando no logra satisfacer las exigencias de los lectores, consigue generar admiración y entusiasmar al público porque, gracias a su trabajo, ha logrado elaborar numerosas opciones en materia de cuentos y novelas.

En 1982, este hombre que se consolidó como novelista a nivel mundial a través de “Cien años de soledad” se convirtió, casi sin planearlo, en uno de los protagonistas de “El olor de la guayaba”, un material que atesora recuerdos entre él y su amigo y colega colombiano Plinio Apuleyo Mendoza.

Leer este libro es como ser testigo de una conversación entre dos personas, en este caso, dos figuras vinculadas al mundo de las letras. Su diálogo está adecuado a los formatos literarios pero, aún así, mantiene la pureza de las charlas informales, esas que se desarrollan en la intimidad entre dos o más seres humanos.

“El olor de la guayaba” atesora conceptos analizados por Gabo, anécdotas de otros tiempos, juicios de valor, opiniones y hasta ideas impulsadas por las convicciones más profundas del autor.

Como resulta evidente, esta obra no se caracteriza por contar una historia de aventuras ni impacta con una ficción inspirada en un drama de la vida real. En ella no hay héroes ni experiencias surgidas de la imaginación de un escritor. En cambio, hay en este libro una gran cantidad de evocaciones personales, referencias al Caribe, revelaciones acerca de algunas amistades cosechadas y manifestaciones políticas que hacen de este trabajo un espacio interesante para todo aquel que quiera sumergirse por completo en el universo de Gabriel García Márquez.