«La huida de la imaginación», de Vicente Luis Mora —Pre-textos—

¿Puede la literatura prescindir de la imaginación manteniendo su magia y su calidad? Ésta es la pregunta fundamental que se desprende de la lectura de La huida de la imaginación, de Vicente Luis Mora (Pre-textos). Un libro maravilloso sobre escritura, crítica literaria y responsabilidad lectora.

Para escribir sobre Gianuzzi tengo que convertirme en él –Gianuzzi, como una segunda conciencia–. A partir de ahí, todo lo que a mí me ocurra tendrá que pasar por el filtro de esa segunda conciencia, por su juicio y su reacción. Esto que dice Sergio Chejfec en Sobre Gianuzzi (Bajo la Luna) empezó a resonar más hondo en mi cabeza mientras estaba leyendo La huida de la imaginación, de Vicente Luis Mora (Pre-textos), un ensayo en torno a la escritura autobiográfica y a los límites que separan el ambicioso campo de la novela con el de la narrativa pragmática y cientificista, de la que bebe la nueva novela autobiográfica y la literatura de autoficción. Esa forma de volver lo propio algo estético y de convertir el propio pensar en algo con forma artística y literaria es algo que hace maravillosamente el escritor argentino. Y Mora defiende en este libro precisamente eso: la literatura como espacio creativo de búsqueda colectiva. Por eso pienso que la de Chejfec puede ser una buena voz a la que aferrarme mientras me muevo en la lectura de este ensayo fabuloso de Mora. Pero voy a hacer un pequeño paréntesis antes de empezar. Dos cosas tengo que agradecerle a Vicente (no se si se me permite tutearlo; pero voy a hacerlo). La primera: haberme impulsado a regresar a Bruckner, a quien hacía muchísimos años que no escuchaba por esas cosas estúpidas que una hace en la vida. Y la segunda: que se haya atrevido a escribir esta maravillosa sinfonía ensalzando la imaginación, en tiempos de frías cubiertas y palabras acartonadas. Cierro paréntesis. El libro que tenemos entre manos es realmente eso: un canto a la creatividad, a la búsqueda apasionada por la literatura que nada en las profundidades. Un libro que deja flotando en el aire el deseo de vivir –porque qué otra cosa es la ficción sino una segunda vida superpuesta a la corpórea– donde podamos sonreír mejor. ¡Que nadie cometa el sacrilegio –hablábamos de Brukner, después de todo– de perdérselo!

Lo que la literatura no es

La huida de la imaginación nos ofrece un recorrido exquisito a través de las preguntas más importantes, y de corte urgente, que deberíamos plantearnos quienes vivimos por y para la literatura. Preguntas que necesitan respuesta, para saber qué decisiones tomar en este camino. Tanto en lo que respecta a nuestras propias lecturas, y evidentemente a nuestro criterio de lectores, como a nuestra responsabilidad pública al recomendarles a otros que se zambullan en determinados libros.

Todos nos hemos planteado alguna vez la naturaleza de la escritura: la de los libros que otros y otras escriben y también la de los textos propios. Y seguramente sea ésta una de las preguntas más difíciles de responder, de definir y también de cerrar. En el campo humanístico las respuestas siempre quedan abiertas porque no importan sólo los resultados, sino los caminos que nos llevan a ellos. Quizá; sobre todo los caminos que conducen a la verdad. La verdad, que es siempre cambiante, flexible e inasible. Teniendo en cuenta esto definir qué es literatura resulta complicado. Y así lo explica –mucho mejor que yo, claro está– Vicente Luis Mora. Es posible que sea tan válida la idea de que todo es literatura, como la que se posiciona más al borde: todos son textos pero en ellos encontramos literatura y composiciones que pertenecen a «otra cosa». Pero aún así, dice Mora, aún si nos aferramos a la idea de que todo sea literatura, tendremos que saber definir la calidad de aquello que leemos. Porque no todo puede estar a la misma altura, como no lo están las personas. Porque no valoramos igual al vecino que a nuestra amante o a nuestro mejor amigo.

Y llegados a este punto tenemos que hablar de dos de los problemas grandes de la literatura actual. El primero, relacionado con la creación: la novela de nuestro tiempo se encuentra desprendida de la imaginación; lo que se publica se encuentra enmarcado en una autoficción que no persigue el arte sino el ensalzamiento del yo, lo que desemboca en una realidad triste para el libro como viaje al corazón de las tinieblas y búsqueda de nuevas simbologías para interpretar la vida. El segundo está vinculado a la forma en la que leemos y recomendamos. Aquí señala Mora uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: no sabemos decir «esto es mejor». Y la culpa la tiene el relativismo posmoderno: esa especie de democracia hipócrita que respiramos y que nos mantiene tibios e impávidos viendo cómo las librerías se llenan de basura y de libros infumables, o sólo fumables.

Ficción y crítica literaria

Me ha interesado sobre todo el análisis que hace Mora en torno al contexto de las obras, lo que dicen más allá de lo que dicen, es decir, lo que sugieren, es decir, lo que esconden. En ese terreno caben muchos subtemas y podríamos estar horas debatiendo y reflexionando. Sea como sea resulta interesante pensar que una de las principales responsabilidades como lectores es poder captar lo que los libros no son para entender qué es lo que realmente los forma, su verdadera naturaleza. Y es posible que para eso sólo nos quede la opción de desarrollar una segunda conciencia: esa propuesta hermosa de Chejfec para entender a Gianuzzi. En ese sentido nos propone la vuelta a la ilusión de las primeras lecturas, a la pasión por lo que se encuentra en esa frontera a la que la realidad no llega.

Y por eso es importante reflexionar sobre la crítica, explica Mora. Porque esa democracia que exige la corrección política junto con el silencio conformista y el postureo de salón, son sin duda algunos de los peores enemigos que tiene la literatura. La falta de libertad para decir lo que realmente pensamos, enjuiciados por nosotros mismos, ante la posibilidad de perder popularidad o de ser mal vistos, es un problema que deviene mala crítica. Y una de las primeras cosas que deberíamos solucionar y a cuya reflexión nos invita Vicente.

A decir verdad, no salimos muy bien parados los prescriptores en este libro pero ¡tenemos la responsabilidad de leerlo! Porque aunque un poco nuestro amor propio se verá herido, es maravilloso leer sus palabras, porque plantea preguntas que quienes ejercen la crítica y quienes hacemos el trabajo de lectores y recomendamos libros, debemos plantearnos y resolver para mejorar nuestro trabajo. Quizá va siendo hora de entender de verdad que la función del crítico y de quien recomienda es ahorrar tiempo y dinero a los lectores. Si funcionáramos como prescriptores juiciosos, la salud de la literatura estaría casi asegurada. ¿Tendremos algo que ver con el empobrecimiento de la literatura? ¿No deberíamos, al menos, plantearnos estas preguntas que nos propone Mora para discernir si lo estamos haciendo lo mejor posible?

Imaginación, tradición y canon

Seguramente ésta es una de las frases más acertadas –y digo, verdaderas– del libro. Hablar de irracionalidad bien orientada me parece una de las formas más hermosas de describir el acto lector, y quizá de la que se desprende la verdadera madurez a la que podemos aspirar. Mantener la ilusión, el pulso creativo, la imaginación a golpe de luces, sin que ello suponga distraernos de la búsqueda intelectual. No todo es pulsión salvaje, pero sin ella, mal vamos. Así como poco hacemos con una creatividad despierta si no la alimentamos de lecturas y de referentes. En este punto entra en juego la tradición, sobre la que Mora se detiene con bastante acierto. Y nos ofrece algunos ejemplos contundentes de libros a los que aferrarnos en este camino de imaginación y búsqueda.

El recorrido bibliográfico de La huida de la imaginación es una locura. Es, literalmente, una locura. Terminas el libro con un par de folios atiborrados de lecturas que debes hacer y que te servirán para volver a este libro con más argumentos. El entramado del discurso, por otro lado, permite una lectura fluida, que no liviana, con silencios para el rumiado de lo leído. En mi caso, que disfruto de los ensayos viajando a todos los libros que se me proponen por el camino, me ha resultado realmente enriquecedor, pero he tardado mucho en terminarlo. Pero eso no tiene por qué pasarte si eres ordenado y sabes quedarte con lo tangible.

Sobre la tradición y su influencia en la historia de la literatura, y también sobre la importancia de conocer en profundidad la historia de la literatura y los diversos registros que contiene, encontramos numerosas preguntas y afirmaciones. Conocer la tradición para poder romperla. Cometen un grave error tanto quienes emulan la vieja escuela, como quienes se sienten modernos por escribir lo que se les canta sin haber leído a otros. Ambos grupos, con el paso del tiempo, quedarán en el olvido; porque la única literatura que permanece es la que revisa y reflexiona sobre nuevas formas de decir lo mismo, la que tiene la voluntad de trascender.

Y habla de tradición Mora, construyendo un árbol frondoso de lecturas fascinantes en torno a cada uno de los temas y las perspectivas sobre las que avanza. Algunos, como parte de esa tradición a la que nos anima a volver –Gérard Genette, Roland Barthes, Marina Tsvietaieva, Theodor Adorno, Cyntia Ozick– y otros, como voces contemporáneas con inquietudes literarias –Mariano Peyrou, Rubén Martín Giráldez, Antonio Orejudo, Sara Mesa y Beatriz Sarlo–. Escritores, pensadoras, filósofos y filósofas que de alguna forma han contribuido con el pensamiento y la teoría literaria o que pueden ayudarnos a desarrollar nuestro propio criterio.

Pero hay una cosa que se deja fuera Luis Mora y que a mí me interesa. Son aquellos libros que desde una experiencia personal trabajan un problema colectivo. Y pongo el ejemplo de Identidad borrada de Garrard Conley (Dos Bigotes), un texto que puede contener muchas de las cosas que engloba Mora en la huida de la imaginación, es decir, que incorpora un discurso que se centra en una experiencia íntima específica y que no resulta asombroso desde lo estético, pero que por otro lado ofrece una reflexión colectiva necesaria y arriesgada, al visibilizar los abusos del sistema heteropatriarcal y poner sobre la mesa las terapias de conversión sexual. Cuando la autoficción permite una reflexión común y contribuye por tanto con el crecimiento social y cultural, ¿debe quedar fuera de lo literario si no se halla escrita desde la revisión a la tradición o si no propone una estética literaria particular? Preguntas como ésta son las que me llevo de esta lectura.

Literatura y feminismo

Plantea Mora la importancia de que la literatura sirva como un tablero de miradas sobre el mundo, sin embargo se deja fuera una importante cuestión que atraviesa, por otro lado, todo lo que nombra. El feminismo en la literatura. Y cuando hablo de feminismo me centro en la tradición feminista, no en el feminismo perfumado contra el que escribió Storni y contra el que también me levanto. Cuando Mora se inclina a hablar de aquellos referentes que marcan el historial de la literatura si bien no se deja fuera, y esto hay que decirlo, a muchas mujeres ineludibles, tampoco parece preocuparle que el canon siempre haya sido dictado –dictaminado, sería más certero– por hombres y que esto haya permitido –posiblemente por inclinaciones naturales casi inevitables– que se haya visto favorecida una escritura centrada en la mirada heteropatriarcal y, en muchos casos, misógina y machista.

Y digo que hay que decirlo porque diferencio entre un escritor que niega en su discurso los aportes de las mujeres a la teoría y otro que simplemente no se ve interpelado ni reflexiona sobre el tema. Aunque me resultan ambos poco comprometidos, en el primer caso estamos ante una persona condicionada por la normativa de género que se nos impone culturalmente, mientras que en el segundo, podría ser alguien que asume que como él no comulga con esa desigualdad ni la promueve, ésta no existe. Tiendo a pensar que Mora pertenece a este segundo grupo porque al leerle no he percibido una mirada etnocentrista. No obstante, creo que es un tema importante que me habría gustado encontrarme reflejado en este maravilloso libro.

Y enlazado al tema del feminismo y relacionándolo con la autoficción cabe –y es urgente– una reflexión sobre la genealogía de la literatura feminista. Atravesamos una época que parece productora de un feminismo sintomático y trivial. Y me refiero al que se apalanca en la búsqueda de un bienestar inmediato y de una lucha donde el grito colectivo no se ordena y no evoluciona, lo cual no deviene un real debate sobre las muchas formas de ser y decir que caben en el feminismo. En un tiempo así, donde el árbol de lecturas sigue dictado por un sistema heteronormativo y las búsquedas íntimas y colectivas a las que nos invitaba Simone De Beauvoir en su libro El segundo sexo no parecen interesar a quienes transitan esa supuesta búsqueda de la igualdad, me parece importante que nos levantemos para dialogar sobre esto y escribir no desde el yo que nos propone el capitalismo sino desde un nosotras con carácter e historia. Por eso opino que pensar la literatura dejándose fuera el argumento –los argumentos– de la igualdad es un error. De todas formas, y aunque estas revisiones no se hallen directamente incorporadas en este libro, intuyo que a muchos nos impulsará a arribar a ellas; después de todo, algo que sí resalta en varias ocasiones Mora es en la importancia de revisar la tradición para oponerse a ella.

La huida de la imaginación es una invitación maravillosa a la reflexión en torno a los libros y a las voces de la literatura y es también un argumento contra un sistema infeccioso donde todo lo que no brilla no interesa; y aunque sabemos que la mayoría de las cosas que brillan no son de oro, parecemos obnubilados, conducidos y no conductores de nuestras vidas. Y aquí quizá habría que establecer una última aclaración: las grandes obras no son las que entretienen ni las que fuerzan el lenguaje para que sea difícil, sino las que vinculan literatura, arte, intuición y buen gusto, y en el camino consiguen emocionarte (y aquí habría que pensar que no es válida la idea que separa sentimiento y pensamiento). Por eso es importante leer buenos libros y recomendar lecturas verdaderas. Y ¡qué alegría encontrarme con Giráldez, con Inclán, con Orejudo, con Ozick! Eso también se lo agradezco a Mora, porque descubrir mis mismas lecturas de cabecera en la reflexión, me ha hecho sentir parte de algo que está en construcción, y que puede cambiarme y cambiarnos.

Leer a Vicente Luis Mora es aprender muchísimo. No tenemos muchos pensadores así de elocuentes. En lo personal sólo soporto la erudición si viene de la mano de cierta ironía y es acompañada también por cuerpo –exijo sangre detrás de palabra-; por eso leo a Mora y me gusta. Es una de esas personas que me recuerdan que hemos venido a aprender, que hemos venido para llevarnos algo; contrario a lo que nos hacen creer el sistema capitalista pronarcisista, que hemos venido a dejar. Siempre me ha resultado bastante prepotente esa idea de la vida como favor al mundo o a los otros. Leer a Mora es recordar que el conocimiento no nos pertenece y que en todo caso somos materia a través de la cual él transita. Nada más. Esta Huida de la imaginación es por tanto un ejercicio de aprendizaje que le deseo a cualquiera que quiera vivir un poco más de lo previsto.

Y termino con Chejfec. Gianuzzi, dice, quiere dejar constancia de que ha mirado primero, luego ha reflexionado y más tarde ha vuelto sobre el asunto para sentarse a escribir. La huida de la imaginación revela todo ese extenso proceso que supone la literatura: la que se construye desde dentro y florece, desde el silencio y la reflexión profunda. Es realmente uno de esos libros magníficos, capaz de provocar esa pulsión que mueve neuronas para entender mejor este bello mundo –hablo del lindo: el de los libros, no del otro–. ¡Nadie se lo pierda!


 
 
 
LA HUIDA DE LA IMAGINACIÓN
Vicente Luis Mora
Premio Celia Amorós
Pre-textos
978-84-17830-05-2
304 páginas
25,00 €



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