El lenguaje cotidiano nos permite asociar la noción de oda con una especie de homenaje. Si acudimos al siempre útil diccionario de la Real Academia Española, obtendremos mayores precisiones: dice la RAE que una oda es una composición poética del género lírico, que admite asuntos muy diversos y muy diferentes tonos y formas.

Oda a la cebollaEl autor chileno Pablo Neruda, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1971 y recientemente elegido por los lectores de Poemas del Alma como el mejor poeta de la historia, ha sido un especialista en la creación de odas. Algunas de sus obras, como “Odas elementales” (publicada en 1954), “Nuevas odas elementales” (1955) y “Tercer libro de odas” (1957) son un fiel testimonio de ello.

Ya dijimos que las odas pueden estar dedicadas casi a cualquier temática. Neruda creó este tipo de composiciones poéticas inspirado en cuestiones profundas y espirituales, como la alegría (“Como la tierra / eres necesaria. / Como el fuego / sustentas / los hogares”), la vida (“Vida, / eres como una viña: / atesoras la luz y la repartes / transformada en racimo”), el amor (“Son angostas mis manos pequeñas / las cuencas de mis ojos / para que ellas reciban / su tesoro”) y la poesía (“Hermoso / fue / ir derramándote sin consumirte, / ir entregando tu agua inagotable, / ir viendo que una gota / caída sobre un corazón quemado / y desde sus cenizas revivía”).

Neruda también tuvo en cuenta a grandes personalidades a la hora de escribir. Por eso escribió odas a Federico García Lorca (“Federico, / tú ves el mundo, las calles, / el vinagre, / las despedidas en las estaciones / cuando el humo levanta sus ruedas decisivas / hacia donde no hay nada sino algunas / separaciones, piedras, vías férreas”) y a Walt Whitman (“Durante / mi juventud / toda / me acompañó esa mano, / ese rocío, / su firmeza de pino patriarca, su extensión de / pradera, / y su misión de paz circulatoria”).

Por último, no puede obviarse que el gran poeta chileno incluso escribió sobre cosas que, a priori, son poco poéticas, como la cebolla (“Generosa / deshaces / tu globo de frescura / en la consumación / ferviente de la olla”), los calcetines (“Eran tan hermosos que por primera vez / mis pies me parecieron inaceptables, / como dos decrépitos bomberos, / bomberos indignos de aquel fuego bordado, / de aquellos luminosos calcetines”) y la cuchara (“Cuenca / de / la más antigua / mano del hombre, / aún / se ve en tu forma / de metal o madera / el molde / de la palma / primitiva”).