«El diario de Virginia Woolf. Vol I (1915-1919)» —Editorial Tres Hermanas—

Cuando leemos un diario nos encontramos con dos formas distintas de encarar la obra de un autor: por un lado tenemos acceso a una nueva dimensión literaria de dicha obra (porque las exigencias en cuanto a tono y estilo difieran mucho de la denominada ficción llana) y por el otro, accedemos a una intimidad que generalmente suele esconderse del resto de la obra del autor.
Hoy vuelvo con una entrega para el ciclo «Diarios de Escritoras» en esta oportunidad con una joya: «El diario de Virginia Woolf. Vol I» (Tres Hermanas) que abarca las memorias de la autora desde el año 1915 hasta el 1919. Un diario interesantísimo que explica de maravilla el alma de la autora y en cuyo diseño encontramos una verdadera obra de arte.
 
 

La vida cotidiana, tan doméstica

Escribir no es tarea sencilla, dice Inés Martín Rodrigo en el prólogo, y a medida que avanzamos en la lectura de los diarios de Virginia Woolf somos bien conscientes de ello. No es este un simple diario, es un libro que nos permite conocer en detalle el día a día de una época, zambullirnos en los tiempos de la Woolf. Lo que siempre me ha gustado de su estilo es la inmensa preocupación por hablar de lo cotidiano sin olvidarse de las posibilidades que ofrece el lenguaje; ese mestizaje que tanto destaca en toda su obra se percibe perfectamente en la lectura de sus diarios. Esto deviene en una obra que nos permite acercarnos al día a día de la autora de «Orlando» pero también echarle un vistazo a la ciudad en la que se hallaba inmersa; asimismo nos permite encontrarnos con interesantes reflexiones y puntos de vista en torno a lecturas, películas y obras que la escritora leía o disfrutaba.

En los diarios de Virginia Woolf se mezclan decisiones de la vida cotidiana, como alquilar una casa, pulir la plata, comprar algo que hace falta en la casa, con paseos al parque, al teatro, a fiestas, y por otro lado, reflexiones en torno a la experiencia vital y la escritura. Durante cuatro años compone pequeños extractos en los que narra los hechos reseñables del día a día, nos presenta a diversos personajes con los que se cruza y nos da fabulosas clases de estilo, de escritura y también de buen gusto (en la escritura y en el vestir).

Entre las cosas que más me interesan de este libro se encuentra la mirada puesta sobre hechos insignificantes de la vida, como puede ser que una invitada falle a la cena porque se encuentra resfriada o un cambio en el arreglo floral de la casa, puesto que me parece que puede servirnos para entender el espíritu de la Woolf. Hay en ese empeño en los detalles nimios de la vida la necesidad de aferrarse a la existencia, que se le escapa, que ella misma sabe que va a terminarse. Woolf que tenía ataques de rotunda alegría y embriaguez vital –que ella misma aprovechaba para escribir porque sabía lo que estaba cociéndose detrás del horizonte: la depresión– necesitaba centrarse en esos detalles de la cotidianidad, para crearse un entorno estable que le permitiera sostenerse en pie.

Memorias de una autora bipolar

Mi parte favorita del diario es la que se corresponde con el año 1917, que viene justo después de un tiempo de locura, el año 1916 –en el que Virginia estuvo asolada por la enfermedad y no escribió una sola línea, un poco por prescripción médica y otro poco porque las palabras parecían haberla abandonado–. Cuando regresa con el «Diario de Asheman» (el de 1917) las flores y el tiempo ocupan un lugar primordial en su escritura; en este diario podemos dibujar postales geniales de cómo es el lugar ese en el que Virginia pasa mucho tiempo y podemos verla a la Woolf yendo de pícnic, recogiendo setas, moras, viendo golondrinas y crisálidas convertirse en mariposas. Esto en primer lugar nos ofrece una visión pintoresca del mundo de Virginia, pero si hacemos una segunda lectura más profunda, entendemos que esa mirada no es casual, hay una decisión de fondo que nos permite aterrizar en lo más íntimo de la autora.

Me explico. Si bien a simple vista puede ser una característica poco impactante el hecho de que la Woolf se haya fijado justamente en el cambio de clima, en la intensidad del viento y en los colores del paisaje para contarse, creo que justamente esos elementos están estrechamente relacionados con su sentir. La vida de las personas bipolares se encuentra estrechamente ligada a los cambios ambientales, todo lo que ocurre en el entorno les afecta y por eso, los cambios de estación pueden ser tan cruciales –Esto explica por ejemplo que la primera crisis de locura de Virginia haya tenido lugar en febrero de 1915 (cambio de invierno a primavera)–. Por eso, lo que puede parecer un simple detalle a mí me hace pensar en realidad que Virginia entendió lo ligada que estaba su psique a los cambios estacionales y por eso compuso ese cuaderno de resurgimiento valiéndose de los elementos que la rodeaban, explicándose en la ausencia o la intensidad del viento.

Virginia Woolf y su época

Virginia Woolf no puede escapar del espíritu victoriano: apasionado de las flores, de la arquitectura y de los colores hogareños. A través de la lectura de su diario descubrimos a una mujer fascinada con la vida moderna, con las salidas al aire libre y también con los conciertos. Una escritora que quiere dejar constancia de cómo es su sociedad, con aquellos elementos retrógrados que critica, pero también con los colores de la calle, con la necesidad de adornar la vida de color y música. Por eso, leer «El diario de Virginia Woolf» no sólo nos permite conocer la vida de una de las autoras más interesantes de la historia sino que nos da la oportunidad de zambullirnos en una época exquisita. ¿Quién no querría viajar-vivir en ella?

Y no me quiero dejar fuera una importante recomendación. Son absolutamente imprescindibles el prólogo y la introducción que ofrecen este libro, de Inés Martín Rodrigo y Quentin Bell respectivamente. Porque nos acercan la vida de Woolf desde una perspectiva inteligente y nos ayudan a entender aquellos detalles que a simple vista se nos escapan. Personalmente los he leído después de completar la lectura de los diarios y releyendo aquellos fragmentos que se iluminaban con las palabras de los dos especialistas; creo que es una buena forma de acercarse a este tipo de lecturas para hacerlas con menos condicionamiento y dejarse sorprender por el texto y los matices que quiso incluir en él su autora.

Esta edición de Tres Hermanas de los Diarios de Virginia Woolf es realmente deliciosa. Tenemos a nuestra disposición una selección fascinante de las memorias de la autora que tanto amamos, en una encuadernación exquisita: con una cubierta que a Virginia estoy segura le habría resultado maravillosa. ¡No dejen de leer esta joya!

Si eres un/a lector/a apasionado de los diarios, a lo mejor te pueden interesar las entregas anteriores de este ciclo de «Diario de Escritoras» en las que he recomendado las memorias de Sylvia Plath, Anaïs Nin y Alejandra Pizarnik.

«EL DIARIO DE VIRGINIA WOOLF VOL.I». Traducción: Olivia de Miguel.
Tres Hermanas Ediciones. 616 páginas. 26,00 €



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