En 2005, la escritora y contadora pública argentina Claudia Piñeiro, fue elegida de entre más de 1.300 obras para quedarse con el Premio Clarín de Novela.

Ese trabajo que le permitió sobresalir se llamó “Las viudas de los jueves” y fue elogiado por José Saramago, quien no dudó en destacar su agilidad, el lenguaje empleado y la excelencia con la cual su autora realizó “un análisis implacable de un microcosmos social en acelerado proceso de decadencia”, tal como reproduce el diario “Clarín”.

Para la creadora de este relato, los resultados positivos recién comenzaban. Piñeiro no sólo fue distinguida por esta obra, sino que también ganó fama internacional gracias a que la historia fue traducida a numerosos idiomas y hasta ha sido transformada en una propuesta cinematográfica.

Si uno conoce el argumento de esta novela, quizás pueda entender un poco su fórmula para no pasar desapercibida. Y es que “Las viudas de los jueves” deja al descubierto rutinas de “gente bien”, ese tipo de personas que tiene la posibilidad de disfrutar los privilegios de un country, por ejemplo, y que se empeña por mantener su status social a cualquier costo.

Las figuras de María Marta García Belsunce y Nora Dalmasso son casi un recuerdo infaltable para muchos de los que se dejen atrapar por esta historia cuya acción transcurre en el barrio privado “Altos de la Cascada”. Allí, resguardados por los inmensos muros perimetrales y las garitas de vigilancia, es donde un grupo de hombres suele, de forma semanal, reunirse sin esposas, hijos ni empleadas. Acostumbradas a ese abandono temporal, ellas se han autodenominado “las viudas de los jueves”.

Cuando esa rutina parecía instalada, la realidad se empeña en modificar los planes y, a partir de entonces, comienza a quedar al descubierto el lado oscuro, es decir, las miserias y problemas de ese estilo de vida que más de uno envidia por considerarlo perfecto.