Más allá de las conclusiones que uno haya podido sacar sobre la obra, es innegable que la simple y a la vez compleja descripción que Juan Ramón Jiménez hizo alguna vez sobre un burro llamado Platero ha quedado marcada a fuego en la memoria de muchos.

¿Quién no se acuerda de ese adorable animal “pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón”? Sin duda, esa historia que se lanzó de forma completa en 1917 se convirtió en un clásico de la literatura por su perfil sencillo y transparente que puede cautivar tanto a un niño como a un adulto.

A través de esta narración repleta de metáforas, el autor español nacido en Huelva el 23 de diciembre de 1881 nos convierte en testigos de la vida y muerte de Platero, un personaje que, con el tiempo, se transformó en un ser mítico capaz de conmover y entretener a lectores de todas las edades.

A medida que uno conoce la historia, descubre que a este tierno burro de ojos negros le encantan las frutas y ama trotar por el prado rodeado de flores. Pero el relato ofrece algo más que una serie de detalles sobre su aspecto o personalidad: también revela la amistad existente entre él y su dueño quien, en este caso, es el narrador.

Así como Silvio Rodríguez le canta a su extraviado unicornio azul y lo presenta como un compañero y amigo único, Jiménez se inspira en Platero para contar anécdotas de ambos y reconstruir un año en el que, juntos, compartieron vivencias, apreciaron la naturaleza y, en definitiva, disfrutaron la vida.

Al morir, nada parecía quedar del animal saludable. Su panza, antes similar al algodón, ahora estaba hinchada como el mundo y sus patas, elevadas al cielo. Aunque fue inevitable su desaparición física, Platero consiguió hacerse inmortal a través del recuerdo.