Llanero (V)

LlaneroQuinta parte de la novela corta “Llanero”, por Teresa Domingo Català.

V

Después del entierro, que fue tan silencioso como era debido, Nina fue a casa de su hermano. Vivía con él desde la muerte de sus padres. Primero murió la madre, de pena, según decían las buenas gentes. Dos años después murió el padre, dijo el médico, o el que hacía de médico, mejor dicho, que había muerto de un fallo en el corazón. Nadie comentó en voz alta, no hubo rumores, ni siquiera susurros quedos, pero sí hubo miradas reprobatorias, miradas acusatorias que señalaban a Nina como la culpable de la desgracia. El hermano, Niah, nunca la culpó directamente, pero su actitud para con ella era fría y distante. En Llanero, la gente en general era fría y distante, pero como todo en este mundo es cuestión de grados, así que su relación con su hermana era todavía más helada. Nina soportaba todo con resignación, como si estuviera conforme con su destino, y todavía más, como si estuviera de acuerdo con unas leyes tácitas que la condenaban a un ostracismo acompañado.
La cuñada de Nina, la madre de Jika, Pav y Ñol, y esposa de Niah, era una de las mujeres más afortunadas de Llanero. Tenía a Nina como a una nueva Cenicienta, que fregaba y barría, cortaba leña, iba a por agua, cocinaba, lavaba, y, en general, ejecutaba con precisión toda clase de tareas domésticas. Ese era el castigo, no nombrado, tácito, que se imponía a Nina por los pecados juveniles que casi habían arrastrado a la familia por el fango.
Nina entró en la casa, conmocionada por el asesinato de la pequeña Geda. Los padres velarían a la niña muerta toda la noche, acompañados de antorchas y de algún habitante del pueblo que se dejara caer por allí.
La casa de Niah era austera. La limpieza era la divisa de la casa, la mesa, las sillas, los muebles en general estaban impolutos. En el suelo se podían comer huevos fritos con patatas, la cocina era pulcra y bien ordenada. Nina se esforzaba en las labores como si quisiera con toda la fuerza de su alma hacerse perdonar, pero era una carrera perdida de antemano, una carrera que no podía ganar, como un jugador de baloncesto que, en el partido de la gran final, se hubiera roto la muñeca.
La vida de Nina consistía en trabajar. Su alegría eran los tres sobrinos, que la adoraban, pues Nina, como buena tía, les consentía y mimaba.
Nina era pelirroja y por ese motivo llevaba el pelo cortado al cero. Para los supersticiosos habitantes de Llanero, el pelo rojo era motivo de escarnio, una señal del demonio, un signo del mal. Fue el pelo rojo, decían, cuando querían nombrar los excesos producidos años antes, de los que Nina fue protagonista.
Nina estaba alterada por algo más que por el entierro. Nina sospechaba. Nina recelaba. Algo en su interior le decía el nombre del asesino. Una voz, una voz insistente, paranoica, que acaso no fuera una voz suya propiamente hablando, le enloquecía repitiendo un nombre, el nombre de una persona que fue querida alguna vez, el nombre de quién la condujo a su estado de soltera, sin tener hijos propios, ni casa de su propiedad. Nina creía saber quién había matado a la pequeña Gedda. Pero no diría nada, no, antes debía asegurarse.

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Comentarios1

  • oscar lópez

    INTERESANTE NOVELA. ESTÁ ENCAJADA EN LOS MISMOS CIMIENTOS DE LA CRUDA REALIDAD, CON LA CUAL ÉSTA SE IDENTIFICA. SIGAN ESCRIBIENDO MÁS . GRACIAS.



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