Fernando Iwasaki: «Yo me hice lector gracias a Los cuatro fantásticos»


Una de las cosas que eché en falta en «Las palabras primas» de Fernando Iwasaki (Páginas de Espuma) fue más nombres de mujeres en la bibliografía. Existe en el mundo del ensayo, más que en otros géneros, una preponderancia masculina. Eso le digo a Iwasaki. Sobre ese tema conversamos un rato largo. Y sobre Borges. Y también acerca del sentido idéntico de las palabras ‘mersa’, ‘huachafo’ y ‘hortera’. Una charla que se extendió a la mismísima presentación del libro en Málaga. Aquí va la segunda parte de la entrevista. La primera puedes leerla en este enlace.
 


P—¿Es el mundo del ensayo un entorno dominado por hombres?

R—No. Creo que hay textos escritos por muchísimas mujeres que quizá tienen una intención ensayística o una visión ensayística que incluso está dentro de sus obras de ficción. Por ejemplo, creo que Samanta Schweblin no ha escrito todavía ningún ensayo, que yo sepa, sin embargo, en sus cuentos, hay unas propuestas que es lo que hace fascinante la narrativa de Samanta que es una narrativa donde las ideas ocupan un lugar tan importante como las tramas y los misterios y los caracteres de sus criaturas. A lo mejor diría yo que es como una virtud de muchas escritoras, un talento para poder unir dos cosas que a los escritores nos cuesta más. Los escritores decimos «voy a escribir un libro de ensayo». Pero la virtud de muchas mujeres como Virginia Woolf consistía en que podían escribir un texto de ficción pero que ese texto de ficción podía leerse también como un ensayo. Eso lo intuyó muy bien Monterroso, que tiene una frase que yo utilizo en el libro que dice «¿qué pasa cuando uno en el mismo libro mezcla cuento con ensayo?». Bueno eso Samanta lo hace en un mismo texto, ya ni siquiera en un mismo libro. Hay ensayistas fabulosas pero probablemente haya muchas más ensayistas fabulosas en el campo estrictamente teórico y denso del ensayo. Para mí Beatriz Sarlo es fantástica, demando el premio Cervantes para ella porque además creo que se ha premiado muy poco el ensayo en el mundo literario en español, pero el tipo de ensayo que yo escribo y que intento reivindicar en este libro no es el tipo de ensayo que escribe Beatriz Sarlo. Yo creo que en los libros de Beatriz más que un paseo lo que hay es una expedición; ella sale a buscar ciudades perdidas, es una aventura, tiene un fin, y hay una organización.

P—Un objetivo bien definido.

R—Claro. Pero en ese ensayo como divagación o como paseo en el que tú vas de una manera muy heterodoxa contemplando la realidad, probablemente he dialogado mucho más, y sin proponérmelo, con textos escritos por autores más que por autoras. Aunque yo creo haber citado en la introducción del libro a Marta Sanz. Marta Sanz tiene dos libros de ensayos. Uno además lo presenté yo y me encantó que es «Éramos mujeres jóvenes» pero no tan incendiario. Y Remedios Zafra, que mencionabas hoy, y es otra ensayista que sí está en la línea del nuevo ensayo español.

P—¿A qué te refieres con nuevo ensayo?

R—Pues yo creo que el nuevo ensayo es un tipo de ensayo que está a medio camino entre lo que es la escritura literaria y la escritura académica. Y es ese terreno en el que además el ensayista que pertenece un poco a este linaje del que estoy hablando echa mano de materiales alos que muchas veces el académico químicamente puro no recurre. Remedios Zafra perfectamente puede utilizar el manga, puede coger un cómic, puede comparar dos series de televisión, inmediatamente pasa al mundo tecnológico que nos rodea, los autómatas, los androides, y entonces ese es mundo muy pop todavía para algunos ensayistas.

P—Parece haber dentro del ensayo como una impostura, el requisito de un lenguaje solemne que lo vuelve apto sólo para cierto nivel de lectores…

R—Sí, y durante muchos años no nos hemos dado cuenta y era así. Julia Kristeba escribía unos ensayos maravillosos pero para leer a Julia Kristeba había que tener tres o cuatro libros al lado. Entonces, no es que no haya ensayistas autoras, es que las escritoras de ensayo académicas como Beatriz Sarlo, como Julia risteba, es que verdaderamente estaban exhibiendo un aparato documental teórico fastuoso.

P—Pero ¿no es justamente por eso que podían publicar? Porque si hubieran sido más innovadoras…

R—Probablemente. Seguro que es así.

P—¿La innovación en el mundo del ensayo, me refiero a la composición de textos como el tuyo, es territorio gobernado por hombres?

R—No creo. No. No es un patrimonio de los hombres. De hecho, Marta Sanz lo dice claramente, el ensayo debe ser un collage. Y ese collage, que me parece que es muy plástica y rotunda su definición, eso es lo que yo creo que es ese libro: un collage. Entonces, sí hay intuiciones que parten de escritoras que escriben ensayos, y me reprocho a mí mismo por no haber sido más prolijo en la enumeración de autoras de ensayo, pero las hay, felizmente las hay. En el mismo jurado de este premio hay dos autoras que escriben ensayo, que son Estrella de Diego y Espido Freire, y podría haberlas incluido pero aquí sí te digo, me parecía pelota. A Javier Gomá no había manera de no citarlo porque sus textos muy breves que publicó en Galaxia Gutenberg es que forman parte de este proceso en el que el ensayo es verdaderamente un paseo. Y son verdaderamente geniales.

P—¿Rastrear el origen de las palabras para entender qué somos?

R—Sí, y además rastrear el origen de las palabras es algo que a mí me produce tanto placer. Me parece tan divertido saber por qué a ciertas cosas las llamamos de esa manera. Por ejemplo a mí me encantaría un día escribir un ensayo sobre lo hortera, lo huachafo, lo mersa, lo siútico, lo naco… que todas significan lo mismo.

P—Lo grasa.

R—Sí. Los países hispanohablantes tenemos cada uno una palabra que define lo chirriante que al mismo tiempo es cursi. No lo kitsch, lo kitsch es casi una categoría académica y artística. Un alemán sólo puede ser kitsch, nunca puede ser hortera. Porque el hortera se da cuenta que es hortera y le gusta. Y tú dices el grasa, claro, el grasa es el mersa en Argentina también, sólo que tú eres más joven y dices grasa pero si yo leo a Conrado él habla del mersa. Y el mersa argentino o el grasa argentino es el huachafo peruano, es el siútico chileno, es el naco mexicano, es el cholo ecuatoriano, el lobo colombiano, el paboso venezolano. O sea, cada país latinoamericano tiene su palabra. Y es fabuloso porque si un peruano o un chileno se compra una manito que se pega en el cristal del carro y que dice «dios es mi copiloto» ese es totalmente hortera y huachafo y lo sabe. Si tú vas al karaoke y te pides una canción de Camilo Sesto y la cantas, tú eres grasa y lo sabes. Pero no importa.

P—Lo disfrutas.

R—Lo disfrutas. Porque el huachafo, el hortera, se enciende de pasión cuando hace estas cosas. Lo importante es que el hortera sabe que es hortera, el huachafo sabe que es huachafo y el grasa sabe que es grasa, y no hay nada más hortera, más huachafo y más grasa que negar que eres hortera, huachafo y grasa.

P—Una de las cosas más interesantes de tu libro es que se respira pasión, eso de lo que hablabas tú hace un ratito. ¿Has disfrutado mientras lo escribías? ¿Te has reído?

R—Yo me río mucho cuando escribo. Siento que cuando me río mucho estoy en el camino correcto porque además no intento reírme de alguien o de una persona sino situarme yo en el vértice de la risa. Y eso lo hago tanto en los ensayos como en las obras de ficción. Porque creo que leer tiene que ser algo placentero, y el placer te lo proporciona el conocimiento, y al mismo tiempo la amenidad, y digo amenidad de forma deliberada porque no quiero decir chistoso o divertido, pero lo ameno es otra cosa. Tampoco quiero decir entretener, aunque sí es otra palabra con la que transo mejor. Pero si tú eres capaz de combinar el conocimiento con la amenidad, existe un tipo de lector, que no serán todos, que te lo va a agradecer. Porque eso es lo que pasa con las clases. Si tú llegas a la universidad y empiezas a impartir unas clases absolutamente solemnes, eruditas, farragosas, yo no digo que la gente no se vaya a quedar fascinada escuchándote, pero si a eso le agregas el elemento de la amenidad yo siento que tus clases se pueden convertir en algo diferente. El profesor para mí es un actor, una especie de intérprete, y a mí me interesa mucho que mis alumnos sientan que yo vivo mis clases, que las cosas que les transmito primero que nada me hacen feliz a mí y entonces, compran mejor mi mercancía, si lo hago de esa manera. Y pienso que es lo mismo que hay que hacer al escribir, y sobre todo quitarte importancia y solemnidad. Si a mí me preguntan cuáles han sido los libros o autores decisivos en mi vida, yo nunca citaría en primer lugar el «Ulises» de Joyce o «En busca del tiempo perdido» o «La Náusea» de Sartre…, o sea tú no estás todo el tiempo en modo sublime. Yo me hice lector gracias a Los cuatro fantásticos y a los mitos griegos en versión de Robert Grace o el que sea, porque eso fue lo que me convirtió en un lector de verdad.

P—Y ya que has citado tanto a Borges, ¿no dirías que él es un escritor solemne?

R—Cito a Borges porque para mí Borges es un sistema operativo. Cualquier libro mío, cualquiera que yo haya escrito en cualquier época tiene metido a Borges, en un epígrafe, en un título, en un juego, Yo siento que Borges le dio sentido a todo lo que yo he leído. Y voy a ponerte un ejemplo. De niño yo era un gran lector de cómics de superhéroes y cosas por el estilo, y no me averguenzo en absoluto. Y me acuerdo que leí una vez una aventura de «Los cuatro fantásticos» que derrotaron al Doctor Doom, en España el Doctor Muerte, y lo dejaron flotando en el Espacio. Pero vino una nave espacial que tenía forma de pirámide que lo rescató, el Doctor Muerte pensó que le iban a hacer daño y entonces quizo tirarle un rayo al hombre que encontró dentro, pero éste le dijo: «Muerte, no eres capaz de hacerme daño porque yo tengo todo el poder pero tienes que saber que yo soy tú dentro de mil años». Y ya a partir de ahí conversan los dos porque Doom en ese momento estaba apaleado por el Espacio y lo rescató su yo del futuro, ¡una cosa alucinante! Bueno, pues yo, el primer libro que leí de Borges fue «El libro de arena», y el primer cuento es «El otro». Cuando el Borges de 60 años se encuentra con el joven Borges que tiene 18. El Borges de 60 está en el Yard de Harvard y el de 18 está en Ginebra y se encuentran y conversan. Y cuando yo leí eso dije «¡Carajo, como «Los cuatro fantásticos»! O sea, a mí los cómics me preparon para entender a Borges. Para mí Borges es como un sistema operativo. A mí el sistema operativo Borges me permite ordenar todo lo que se puede leer en el mundo: desde un cómic hasta una entrada de una enciclopedia, pasando por una novela, un cuento, un poema o un prospecto del Ibuprofeno. O sea, todo lo que se pueda leer para mí queda inmediatamente ordenado gracias a Borges.

P—¿Y dónde está la pasión, el fervor?

R—Es que Borges no es sólo «El inmortal». No todo Borges es «El jardín de senderos que se bifurcan» o «Historia de la eternidad». Borges también es «El libro de los seres imaginarios»…

P—Pero ¿no quiso él quedarse como un personaje solemne y serio? Me da la sensación de que es el Borges que más conocemos.

R—No. Yo creo que no. Yo creo que Borges era alguien que se tiraba al suelo de risa todo el tiempo y el libro de Bioy creo que termina de darte esa visión. Para mí Borges era risueño siempre. Por ejemplo, las Memorias de Victoria Ocampo son unas memorias fantásticas. Victoria Ocampo tiene que haber sido una mujer fascinante y atractiva, pituca como dirían en Argentina, rica, guapa, liberada, una mujer extraordinaria que tenía unos amantes super sofisticados y que hacía lo que le daba la gana. Financiaba la Revista Sur que era un capricho suyo y los tenía empleados a Borges y a un montón de gente. Bueno, ella viaja a Londres en el año ’62 y queda fascinada con Los Beatles y se compra la peluca de John Lennon y cuando vuelve a su casa y va todo el mundo a comer, le quiere poner la peluca a Borges y Borges dice que no que no, y ella le dice, y lo escribe, «Y yo le dije: Borges qué empacado que es usted, nunca va a llegar a nada». ¿Quién le podría haber dicho eso a Borges? Sólo Victoria Ocampo. Yo creo que para muchísimos escritores del mundo Borges es sobre todo el hombre que fue a ver a Pinochet pero yo creo que Borges, igual que Cervantes, que Cervantes tendría sus cosas también en el Siglo de Oro, o que Aristóteles que sería esclavista… pero es que yo lo disfruto por lo que escribió y siento que lo que escribió me ha hecho y me sigue haciendo tan feliz que yo no le pido cuentas sobre aquéllo en lo que creía o políticamente qué pensaba. Como no me interesa qué pensaba políticamente Tolstói, no me interesa. Me interesa María Alexsándrovna la protagonista de la novela del matrimonio, me interesa Anna Karenina, eso me interesa.

Comentarios1

  • Bogaruli

    Oh, que visión de Borges, muchas cosas por saber, y me propondré leer más sus obras, y claro, los ensayos...
    Gracias por ilustrarnos con la entrevista, es un placer leerles...
    Saludos...

    • Tes Nehuén

      ¡Muchas gracias a ti por tomarte el tiempo de leerla! A mí también me ha dejado mucha luz la charla.
      Un abrazo.



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