“Diario de un mal año” de J.M. Coetzee


La semana pasada comencé un nuevo ciclo de reseñas que llamé “Las repeticiones”. En la entrega de hoy escribo sobre “Diario de un mal año” de J.M. Coetzee, un libro absolutamente recomendable para mentes inquietas que desean escarbar sobre el significado de las cosas, la historia del pensamiento y, a la vez, encontrarse con una prosa impecable. Todo eso es lo que nos ofrece Coetzee en cada uno de sus libros; personalmente, creo que es uno de los escritores más fascinantes de nuestro tiempo.

Cómo unificar el discurso político con el literario

“Diario de un mal año” cuenta con un estilo peculiar: se compone de una narración a tres voces. La primera de ellas presenta un compendio de opiniones sobre la realidad formuladas por un escritor, que es el protagonista del libro. La segunda voz se corresponde con un diario que lleva este personaje en el que narra la forma en la que conoció a Anya, su mecanógrafa, y va dejando al descubierto escenas que protagonizaron juntos. La tercera voz se corresponde con el diario de Anya; en el que podemos conocer la otra parte de la historia entre ambos personajes y descubrir un punto de vista diferente al de la voz principal. Se establece así entre las tres voces un diálogo muy interesante que pone en duda todos los cimientos de la realidad y propone una nueva mirada sobre ellas.

Escribir, dialogar sobre la política ¿es posible sin apoyarse en un discurso político? Esa es una de las primeras preguntas que surgen de la lectura de “Diario de un mal año”, y a partir de allí se van desgranando reflexiones en torno a diferentes aspectos de la vida. Dichas reflexiones podrían separarse en tres grandes grupos, las de índole política, las que intentan explicar el origen y desarrollo del pensamiento y las que se encuentran vinculadas a los aspectos más instintivos de la existencia, que podríamos denominar las vinculadas al deseo, que engloba esas pulsiones que pujan y buscan colocarnos (o recolocarnos) en un mundo en el que no terminamos de sentirnos a gusto.

Es muy interesante la reflexión en torno a la democracia como sistema político que, al igual que los demás, tiene su autoritarismo. Porque aquí, Coetzee plantea un tema mucho más profundo: la ambición de poder como algo irreversible en nuestra especie. Cuando el ser humano descubre el poder, las cosas se tuercen, porque hay algo en él que le lleva a comportarse de forma dictatorial, sin que pueda evitarla. Asimismo, toda búsqueda de intentar cambiar el mundo, lleva inscrita subrepticiamente, el deseo de hacerse con el poder; sin duda se trata de un razonamiento interesante, que vale la pena incorporar, contradecir y reescribir.

Foto: El Columnero

Sobre el pensamiento y el deseo

Asumimos que la vida es tal cual la pensamos, que es nuestra mente la que intenta comprender el mundo. En torno a este tema, Coetzee se explaya con una lucidez impresionante. ¿Por qué seguimos asumiendo que somos el centro de la vida, que el universo nos necesita para existir (comprenderse), y aseguramos que la única forma de pensar la vida es la nuestra? ¿El hecho de que sobre tantas cosas no tengamos respuesta, no debería ser una clarísima explicación de que en el fondo somos mucho menos especiales de lo que creemos?

Sobre esas preguntas el autor vuelve una y otra vez, y que me ha fascinado profundamente. Hilada a ella se encuentra la cuestión de los animales, a través de la cual el autor cuestiona la forma en la que el ser humano se planta como el eje de la creación, capaz de decidir cómo deben ser tratados los demás individuos que conviven con él en el planeta, asumiendo que su existencia es válida en tanto y en cuento sirve para nuestros fines. Coetzee es el gran animalista de nuestro mundo, capaz de dar voz al sufrimiento de los animales en cada uno de sus libros. ¿No es acaso otra buenísima razón para admirarle?

Sobre el deseo, que es otro de los aspectos importantes de la vida, también hay muchas reflexiones y en torno a él gira la relación entre el protagonista y Anya. La tensión que se da entre ellos y la forma en la que Coetzee consigue hilvanar las opiniones de la primera voz con el desarrollo de la amistad entre estas dos criaturas creo que es una de las grandes cualidades del libro.

Sin duda, es esta una lectura absolutamente recomendable para estos tiempos que corren. Muy realista. Muy intensa. Pero sobre todo, llena de luz y de inquietudes. Por esta razón la he escogido para incorporarla al ciclo “Las repeticiones” —en honor de un maravilloso cuento de Silvina Ocampo que también debería ser de obligatoria lectura—, de libros contemporáneos que les invito a disfrutar.



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