La señal en el muro

Víctor Sandoval

 Poema siguiente



Soledad de Abajo
y la brumosa mesa del café.
Puerto de la Concepción
y el viaje que no has de realizar.
Viudas de Oriente
y la pasión nostálgica.
Viudas de Poniente
te desnudo y me desnudas en sábanas de bramante.
Ojo de Agua de Crucitas
desde lejos viene la tarde.
Santa Rosalía del Polvo
un candor de piedra en la mirada.
Rancho de Pulgas Pandas
el purificador de almas tragando lumbre.
Pila de los Perros
el fontanero abriendo las fuentes de la plaza.
Amapolas del Río
una flauta enamorada.
Soledad de Arriba
Don Juan el empalado bajo un claror de hogueras.


                                        ***

Aullidos de bronce,
sábanas blancas y sábanas manchadas,
dilataciones y dolor,
mi padre tranquilo en el zaguán.
-Antes que nada, comadrona,
échame al mundo.


                                        ***

Un día finisecular
tempraneros y diáfanos,
inverecundos al sol y a su deslumbre,
salimos de nuestro refugio subterráneo
en el cerro de El Muerto.
De nuevo la ciudad
tan duramente castigada por nosotros,
silente, sin párpados contaminantes.
Hallámosla entre briznas de oro
como una bestia pura
bañándose en la luz
y el polvo del desierto.
Volvimos a lo que fue devastado.
Todo estaba limpio y reluciente,
limpias las fachadas,
los edificios
con su pátina intacta,
los poros de las piedras
rezumando edades incorruptas.
En la plaza a desnivel,
hacia el puente de San Francisco,
cerca del mercado,
se organizaba el eco
que nos reconocía por nuestras señas
escritas en paredes de matacán y adobe.


                                        ***

Al pie del obelisco
volvieron a departir el aire
nuestras rodillas nómadas
y nuestros codos nómadas.
La tarde
era un caballo sin jinete
silbando nombres a las nubes,
éstas obedecían y se marchaban.


                                        ***

Los días grávidos de agosto tienen un corazón de piedra.
Duermen.
En Fraguas, la ciudad de acantilados
y altos edificios
hay pequeños y tiernos detalles;
Aurículas de transparentes nervaduras
y palomares de cemento,
acequias y peces de agua fría.
Forja mi padre duras azucenas y besos de granito.


                                        ***

Darse prisa y retomar el rumbo;
abrir ventanas, repartir el aire
como el que dice ¡Dómine!
y luego frunce el entrecejo ante el candor del salmo.
Estremecer la ropa al sol
contra la cal del muro.
Entrar de nuevo al patio de araucarias,
los granos de maíz en el tejado,
la aguja en el pajar,
su recóndito brillo,
el velo de la gracia
y el rastro del gusano.
El cuervo ciego descifrando signos:
-Como le llamaste, así te llamarás.
En el agua del pozo
los cantos primitivos de la ciudad,
sus cúpulas y arcadas.


                                        ***

Los domingos el sol llega de pronto,
y todo Fraguas es
un resplandor de piedras y follajes.
Fraguas vuelta a encontrar, ganada para siempre;
navegan por el aire partículas de esmalte,
peces estriados, pájaros brillantes y piezas de cerámica.
Entonces las gentes van y van;
los mercados se llenan con sus gritos,
se sumergen en campos de pitayales dulces,
fuman en boquillas de cristal,
de sus cuerpos desnudos cuelgan joyas
y pequeños signos de plata.
Naturalmente
todos somos jóvenes.


                                        ***

Aparte del ciclo pluvial,
las regaderas y los sanitarios,
los ruidos más importantes de Fraguas se han ido perdiendo.
-Fan-faneto neto-fan-fan faneto-neto-fan-
¿Qué se hizo la máquina de vapor
saliendo de su cueva de bisonte?
¿Qué se hizo el rey mi padre y su tren de esmeraldas,
su cadena de oro, pechera de cobalto,
la sortija de amor entre los dedos?
No hay ojos para mí,
melancólico y calvo busco una calle antigua,
mido la distancia y no es la misma.
¿Qué se hicieron las señales que dejamos,
el aldabón de hierro y la puerta labrada?
Busco los antiguos lugares comunes:
La miscelánea verde, el nombre de una mujer,
la cicatriz del muro. Busco a la bella Adriana,
su cama de latón y el cielo raso;
busco al minotauro ganadero que le abrió las caderas.
¿Qué se hicieron los ruidos de Fraguas?
¿Qué se hizo el yunque de diamante de mi padre
y su tren de esmeraldas?


                                        ***

No quedó nada,
sólo el desierto;
Teotihuacan, Fraguas, Caldas, Asterópolis,
con sus rostros de aljibe.
Derruido el zigurat, trunca la pirámide,
el campanario en ruinas.
¡Patrias de la misericordia
apiádense de Fraguas!
Debo olvidar la crónica,
los días rutilantes,
la procesión de palmas.
Olvidar la ciudad llameante de automóviles y anuncios.
No se hable más de los altos palomares
ni los apiarios rojos en el valle.
(Entonces las uvas y su dulzor de agosto.)
Olvidar la historia,
dejar la ciudad como el perro
que rompe con sus clases de obediencia.


                                        ***

Y abres los ojos con espanto.
Vienes del sueño a la ferocidad del sol.
Abres los ojos al horror de esta mañana.
Si naciste en Fraguas, la de calles perdidas,
la de sordas campanas y esquilas subterráneas,
eres hijo de mi padre.
Dejaste, dejamos, la humedad de terciopelo.
la caverna tibia,
un ataúd de lunas tendido en las baldosas.
Estamos en cualquier lugar distante.
Las piedras a pleno sol. el farallón de Fraguas.
Olvídate del sueño y su festín de plumas,
reposante en su himen de giganta
y sus labios de arena.
Dejé ruidos de puertas, contraseñas, pasajes,
la terminal en brumas, el ómnibus cansado.
El caballo viajero se desnudó en la cuadra
en busca de su yegua.
Si naciste en Fraguas
olvídate de todo.
Fraguas es una hoja en blanco,
la memoria no existe.

Ver métrica Poema siguiente 

 Volver a Víctor Sandoval
Llevate gratis una Antología Poética ↓

Recibe el ebook en segundos 50 poemas de 50 poetas distintos