Víctor Sandoval

Víctor Sandoval es un distinguido autor de nuestra época, nacido en Aguascalientes (México) en 1929 y un representante significativo de las letras mexicanas.
Se ha dedicado mayoritariamente al cultivo de la poesía, habiendo publicado diversos poemarios con obras de su autoría; de todas formas, también se conocen sus dotes narrativas y periodísticas.
Actualmente trabaja como promotor en el área de cultura de su localidad de origen, participando de eventos en radio y televisión donde se den a conocer las diversas actividades culturales de Aguascalientes.
Cabe mencionar que es uno de los fundadores de la revista Paralelo y durante varios años ha colaborado con la dirección de la Tierra Adentro, otra revista de cultura. Por otro lado, desde 2004 es miembro de la Real Academia Mexicana de las Letras.
Entre sus obras más destacadas podemos mencionar "El viento norte", "Poemas de juventud" y "Trovas de amor y desdenes". En su estilo puede notarse una marcada nostalgia y la búsqueda del paraíso perdido, a partir del recuerdo, los colores y la luz; pese a todo, puede notarse una manifiesta esperanza en el futuro. Podrás leer a continuación algunas de sus poesías, tales como El hombre que despierta y ve su imagen, La señal en el muro y Me duele el siglo.

Poemas de Víctor Sandoval

Paso de sombras

Montes de orégano en la noche crecen
y se diluyen en la madrugada.

Un árbol es la torre de la iglesia.
Voltear la carga y aromar el aire.
En silencio los pájaros escuchan.

Andar como sonámbulos entre cerros;
despuntar de mañana:

Es la estrella en el polvo
erizada de espinas.
Es la flor y es el canto
que amanecen.

A ratos entre escombros y zozobras,
dormita el fugitivo de sí mismo.

Para empezar el día

Vamos a trabajar
el pan de este poema.
Hay que traer un poco de alegría;
que cada quien tome su cesta.
La noche gira sobre la esperanza
y desgasta sus párpados la estrella.
Surgen las graves letanías del trigo
por los labios abiertos de la tierra.
La espiga se desnuda sobre el aire
y el agua suelta sus cadenas.
Con un poco de esfuerzo y de ternura
vamos a trabajar
el pan de este poema.

El veterano de guerra

La madrugada
en que los gallos se volvieron locos
y la Torre de Pisa
fue mutilada por cantar
cantares de Ezra Pound.

La noche
en que los gatos desollados vivos
por el celo
arañaban el aire del tejado
y el amante de la adúltera
abandonaba el lecho tibio
para que el engañado descansara
la fatiga y el asma de la fábrica.

El día
en que la tierra envejeció mil años,
cuando Hiroshima se quemó de pronto
y los dorados delfines del dólar
se orinaron de gusto.

La hora
en que el amor no pudo continuar
su acompasado navegar,
su eterno navegar de cuerpo a cuerpo,
porque el pulmón azul del agua
se hizo fuego y flor,
alucinante flor de fuego.

Nunca el vino de Europa
después del último verano
de la guerra
fue más sangre del hombre.
Los que tornábamos del frente
mordíamos en las uvas
los labios
de nuestros compañeros muertos
y el trigo de los campos
nos recordaba el pelo
del último soldado acribillado.

Fue entonces
cuando la paz pesada
como el agua de múltiples cuchillos
nos quitó el estandarte;
nos cubrieron el pecho de medallas
y nos dejaron solos,
con el rencor ardiendo.
Somos chispas nostálgicas
de la hoguera que un día
habrá de reencender su llamarada.

Canción

He sembrado mi nombre
en la tierra dorada
donde habitan tus besos
y canta la esperanza.
Mujer de dulces frutos,
caída y levantada
una y mil veces más
por mi amor sin mañana.
He sembrado en tu vientre
mi infinita nostalgia,
y mis sueños perdidos,
para que en tus entrañas
sientas que noche y día
te canta mi esperanza.

Duerma la virgen su pasión secreta...

Duerma la virgen su pasión secreta.
Sueñe con su preñez la joven desposada.
Tal para cual, en el espejo,
el cornudo se adorne de laureles.

Tres veces ha cantado el gallo
para el amigo tránsfuga.

Dueños de la verdad, los conjurados
repinten en las bardas su anatema.

Oiga pasos de amor sobre el tejado
la viuda insatisfecha
que se extingue en su propia calentura,
en su veneno arácnido y nostálgico.

El agua se edifica,
se eleva del aljibe
y desciende doméstica.

Ya encuentran acomodo
los antiguos dolores,
se clavan, se difunden, aletean
en la jaula de huesos.

Para los desterrados
de rangos y fortuna
no haya sino descanso a medias;
sal en los ojos que en la madrugada
dejan el sueño;
no haya sino placer apresurado,
alcohólico jadeo,
hojas de té para empezar el día.

Mi tiempo, padre...

Mi tiempo, padre:
Himnos de guerra y tableteo de metralletas.
Lo estoy viviendo apenas pero lo estoy viviendo.
Soy el aire del arquero y su brazo.
Te veo escribiendo tus poemas,
como éste, padre, como éste.
¿Para qué, para quiénes?
¿Para quiénes abres tu cartapacio,
tu horrenda máquina de escribir
como dentadura postiza?
A veces te leo en los periódicos
llenos de mosquitos proditorios.
Hace cincuenta largos años
que estás sobre la tierra.
Yo, padre, soy yo-padre desde que tú naciste.
El beso que pongo en tu mejilla
es el bien común,
el orden que rodea nuestra cisterna.
Por este lento avanzar del poemario,
del poema-río de tu consagración,
te despega la muerte de la vida
con paciencia de coleccionista.

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