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9
Nov

Turquía

Publicado por Alfredo Lavergne

TurquíaEn la terraza del Bogaz Hatti, me junto con colegas todas las mañanas a ordenar el trabajo, cambiar periódicos, chacharear de noticias nacionales y beber un áspero café turco.

Todas las mañanas en la vereda del frente, al abrigo de una de las pocas sombras del lugar, un hombre con un harapo alrededor de su cabeza, se instala a pedir algunos dinares de lata y dormitar. Es de los humanos que de vez en cuando, dejan escapar del paladar a la tierra un hilo hacia la libertad primaria despreciada por los transeúntes.

Hace tres días no lo observo porque me he dedicado a captar aquellos que no lo ven, a esos que le dicen loco, a los que le gritan tonto, a los que lo saludan como retardado, a los violentos que lo empujan, a los asustados que lanzan pequeñas monedas y a mis colegas, que lo comparan con los diálogos políticos de este país.

9
Nov

Novecentista olvidado

Publicado por Delfina Acosta

Novecentista olvidadoFue presentado al público lector el libro Hérib Campos Cervera (p): Novecentista olvidado, con el sello editorial de Criterio Ediciones. El escritor Luis María Martínez es el compilador de los cientos de páginas que el poeta, ensayista, prosista, periodista e investigador Hérib Campos Cervera escribió. Nabel Felipe Estruc, de nacionalidad argentina, y activo colaborador en la aparición de muchos libros, hizo llegar al compilador, algunas páginas que sirvieron de base para desplegar luego la enorme como ardua tarea de juntar los escritos del novecentista olvidado.

Obviamente, Raúl Amaral dio las indicaciones para la elaboración del volumen dado a conocer. Se nos aparece así la figura del intelectual y escritor Hérib Campos Cervera. Campos Cervera abordó todos los temas, que apasionan a un hombre de letras, en diarios de la época. También hizo política.

Si fue hombre de política, de periodismo, de prosa, y de poesía, fue más que nada un hombre cultísimo Hérib Campos Cervera. Leamos un fragmento de un artículo suyo, “Mi ratita muerta”, aparecido en 1910: “Como había bajado los libros abrazándolos por mazos, nada de extraordinario había descubierto en ellos, pero cuando tuve que subirlos de nuevo, la labor se hizo individual, tomo por tomo y fue entonces que me sentí herido de la más cruel desilusión. Había descubierto por sus efectos al miserable duende.

Los oradores de Timón comido, dos tomos de la Historia por Larant, con desperfectos y la Comedia humana de Balzac habían corrido la misma desdichada suerte. No quedaba lugar a duda de que mi espíritu de ultratumba era un roedor, un ratón de comillos de elefante”.

Mucho escribió sobre Rafael Barrett, hombre relevante de la época. Pero gusto no se da a todos, y menos a las viudas de los hombres ejemplares, tal parece, porque en el libro que voy reseñando, aparece también, dentro del segmento de “Poemas y prosas dedicados”, un escrito de la viuda de Barret dirigido a Hérib campos Cervera: “Habla usted de la desinteligencia que había entre usted y Barrett y le inculpa a que sintieron distinto temor, más vale al señor Campos Cervera callarse en semejante asunto, primero porque no sintió temor; quien se atrevió a escribir ‘Bajo el terror’ sabiendo que en esta tierra tendría el calabozo por premio y segundo porque fue entonces que Ud. se cebó en Barrett y en mí calumniándolo cobardemente; eso lo sabe mi hijo Alex y yo le pido que lo recuerde siempre, no para odiarlo, sino para guardarse de Ud.”

Una de las partes más sustanciosas del libro son sus pensamientos. Y pensaba él, así, entre otras cosas, de la vida, de la política y de las mujeres:

• La mujer, como decía Alfonso Karr, no tiene celos, sino rivales. No sufre el tormento de su propio amor perdido, sino la felicidad que goza su rival.

• El placer de los pequeños es que los grandes lo necesiten.

• Fausto dejó la ciencia por el amor y Petrarca a Laura por sus sonetos.

• La política paraguaya es una confabulación de personas que se espían.

• La ciencia nos da a conocer lo material del corazón y los poetas el espíritu que se encierra en él.

Hérib Campos Cervera era hijo del profesor y periodista español Cristóbal Campos y Sánchez. Nació a bordo, navegando en un barco en el río Paraguay, en viaje rumbo a Asunción, en 1879. En 1910 funda el diario La verdad, que era, en la opinión de Carlos R. Centurión “un retén de avanzada”. Colaboró igualmente con La época, El tiempo, El Monitor, Los sucesos, Colorado y la revista Crónica. Dejó a su esposa y a su hijo, el futuro autor de Ceniza Redimida, embarcándose en 1912 para Europa. En 1920 vivió en París en compañía de su hermano, el ceramista Andrés. Falleció a los 43 años, en 1922, en París, según Carlos R. Centurión y Oscar Ferreiro. Raúl Amaral asegura que murió y está sepultado en Madrid.

Escrito por Delfina Acosta en el Suplemento Cultural del diario ABC (Paraguay)

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8
Nov

Tiempos de tregua

Publicado por Teresa Domingo Català

Portada de Tiempos de tregua, de Luisa González LópezTiempos de tregua, de Luisa González López, es una novela de ritmo vertiginoso y de personajes atractivos y bien trazados. El tiempo y la tregua, la verdad y la mentira, la ficción y la realidad, se entrecruzan en estas páginas escritas con el pulso firme y la mente clara. Nos narra una historia coherente, llena de magia, en la que se puede elegir creer la mentira embellecida de la vida o la verdad inquietante y torturadora. Tiempos de tregua es una novela sin concesiones al sentimentalismo, sin concesiones al melodrama, en la que se cuenta una historia muy bella, en el marco de la provincia de Tarragona, en las tierras del Ebro y en la misma ciudad. Es un recordatorio de la guerra civil, de los primeros tiempos de la transición y de la escasa repercusión de los grandes hechos políticos en la vida cotidiana, sobre todo de los niños.

No es mi intención explicar el argumento de la novela, misterio que debe ser velado hasta que el lector entre en el mundo enigmático de Angel Cuatrojos, de Nieves Treig y de Amanda. La voz de Mariaso, la narradora, nos introduce en los hechos pasados y presentes de todos los personajes, quedando su propia vida entrelazada por esos mismos hechos, que pueden ver y entenderse desde numerosos puntos de vista, con numerosas lecturas.

Quizá más que la guerra o la paz, Tiempos de tregua es una novela sobre el desarraigo, sobre el exilio, real o imaginario, impuesto o elegido, o simplemente dado por una casualidad de la que se niega la existencia. Marchar o morir es lo mismo, afirma Ángel Cuatrojos, que vive separado de los demás por un exceso de inteligencia y de madurez. Nieves Treig vive exiliada de su propio pasado, reinventándolo, dotándolo de un encanto y un romanticismo que no existieron. Amanda, que simboliza el desarraigo producido por el amor, y que sólo se recuperará a si misma al final de la novela, una vez consumada la venganza de la que le hablara Neus Treig. La guerra y la paz quizá sean lo mismo, porque es el olvido el que entierra la memoria, el odio de la memoria, una memoria que sólo descansa con la fantasía, con el traje de novia que guardaba Neus para una boda imposible, y que la acompaña en su muerte.

Quizás la muerte es la que iguala la paz y la guerra, porque la muerte entraña el olvido.

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8
Nov

El sonido de la rueca

Publicado por Delfina Acosta

Juan José Vélez OteroEl sonido de la rueca es un libro en el cual el lector encuentra sonetos excelentes, gloriosos por la gracia, por la profundidad, por la desbordada melancolía, y por todo cuanto pesa, en suma, literariamente. He aquí un libro, ganador del Premio Rosalía de Castro (poetisa española), que nos hace recordar, en un pestañeo de la memoria, a los poetas del Siglo de Oro de España.

Lenguaje jugoso tiene el autor del libro. ¿Cómo no celebrar el arte puro de un escritor y poeta, como es Juan José Vélez Otero? Dotado de una musicalidad extraordinaria y de un talento resplandeciente que viaja por las distintas esferas del arte, el vate español premiado hace renacer la vieja poesía, la de antaño, la nunca olvidada. Si bien la muerte, la odiosa parca, se presenta asiduamente en sus poemas, sus sonetos nos aconsejan, y nos dejan un pensamiento avezado, una idea luminosa, una conciencia profunda de la vida y sus verdades.

Hace bastante tiempo ya que no vengo leyendo poesías encerradas en sonetos. Mas ahora me encuentro, con un libro lleno de sonetos en los que se reconocen las figuras del amor ausente, del acoso (inclemente) de la muerte, del pasar sin fin, lento, matemático, del tiempo, y de la confluencia del hombre y su destino en la novedad de la nada o el misterio de la vida.

Traemos un reloj cuando nacemos
que siempre nuestras horas va marcando
ansioso, las manillas golpeando,
chascando nuestra carne como remos.

La nave nos transporta y no sabemos
qué puerto ni qué orilla agonizando
tocamos confundidos, mas buscando
bonanza o tempestad que no tenemos.

Ganamos o perdemos la partida
trepando por los riscos con la suerte
del pájaro que ignora dónde anida.

Y observas indefenso, frío, inerte,
la bruma oscura y fría de la vida,
la niebla helada y negra de la muerte.

Juan José Vélez Otero

Escrito por Delfina Acosta en el Suplemento Cultural del diario ABC (Paraguay)

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6
Nov

Desasosiego

Publicado por María Eugenia Caseiro

Desasosiego, por María Eugenia CaseiroLas horas caen en silencio, sobre el país en que la noche traza sus listones. Desde el temor antiguo que impera en las fachadas, tiembla el desasosiego hasta la ojiva granate que toma la ciudad; la envuelve luego de un gris apacible con lámparas de luces mortecinas, aves nocturnas, resurrecciones, y cazadores de sueños.

Los paseantes se recogen bajo las tapas de sus libros, donde únicamente pueden ser descubiertos por algunos insomnes, o por intrusos de manos sonámbulas que desandan pasillos para beber de otra fuente.

Los murciélagos de oscuro ceniciento, salen de la mazmorra; sacan a paseo sus pequeños con inmensa ternura. Rastrean el olor del mango y liban de la pulpa en su costado más dulce.

Comienza la danza de los que viven en reposo el día… y las tijeras, las tacitas de café, los herrajes, los sillones, y los sacapuntas, abren las gargantas de la noche, los oídos de la noche, las esferas de la noche.

Las cucarachas asoman con sus trajes de baile; algunas buscan una gota de miel o un pedazo de pan con frío regocijo; otras acechan, terriblemente hermosas, el feliz pasaje de la causalidad.

Nunca se supo cómo, cuándo, dónde, detenerlas. Bailaban encima de las mesitas, sobre los adornos, por las paredes…, como párvulas recién graduadas en delirio de togas y birretes. En los pardos, en los marrones, en las testas coronadas con ambarino linaje de tenazas, cabalgaban la noche pasando de un tono a otro para no repetirse, para dejar sus huellas en la esfera del reloj, el las sendas tantas veces transitadas por sus precursores.

No claudicar sobre un tablero de parchís fue la consigna; esperar el momento en que la abuela, con esa paciencia que transcurre sin tocar el tornillo maestro del alma de las cosas, yerra el hachazo para que no caiga desde el sueño la cabeza cercenada.

La luna, espectro de difícil sombra, marca el plazo del golpe, del aullido que nos cambia de alma, para caminarnos sobre el hielo de su anverso hasta encontrar la rueca, o el ojo inmaculado en que cualquier hilván nos aprisione.

María Eugenia Caseiro
buhowriter@hotmail.com

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