Aunque hace unos años Poemas del Alma reservó un espacio para compartir con sus lectores el contenido de “Las intermitencias de la muerte”, la importancia que adquirió esta obra del portugués José Saramago hace que surja un nuevo artículo al respecto con el objetivo de renovar el interés de los lectores por esta novela inspirada en la muerte o, mejor dicho, en la vida eterna.

Como recordará más de un amante de la literatura, la acción narrada en este libro transcurre en un país que sólo se diferencia del resto de las naciones por un único motivo: el de ser una tierra donde ninguna persona muere.

Una vez que dejan de registrarse los efectos irreparables de la muerte, en la sociedad comienza a surgir una especie de euforia colectiva. Sin embargo, poco tiempo después esta realidad desencadena un caos generalizado que da lugar a la desesperación producto de la creciente ola de problemas financieros y la acentuación de una desorganización alarmante. A partir de entonces, frente a esta situación social que no pueden controlar y amenaza con agravarse, todos empiezan a anhelar el regreso de la muchas veces odiada y siempre temida muerte pero, a diferencia de otras ocasiones, ésta no quiere hacerse presente.

Los ciudadanos de este país condenado a la vejez eterna deciden forzar la llegada de la muerte y tratan, por todos los medios posibles, de tentarla para que vuelva a desplegar su poder destructivo. Pese a los esfuerzos, esta zona donde los ancianos son odiados parece estar a disposición de la ahora desaparecida muerte, la cual un día decide regresar para cambiar, una vez más, la suerte de los seres humanos.

Sin duda, esta historia elegida por Saramago para seducir a los lectores permite reflexionar sobre la muerte así como también deja en evidencia algunas opiniones del autor. Aunque es mejor leer el libro completo, antes de dar por finalizado este artículo reproduciremos una frase que el escritor expresó en entrevista con el diario Página/12: en esa oportunidad, el creador de “Las intermitencias de la muerte” aseguró que, pese a que la muerte “es un gran negocio, la inmortalidad sería un horror”.