Como habrá advertido más de un lector, desde que comenzamos a incluir resúmenes literarios en Poemas del Alma, el escritor irlandés Oscar Wilde se ha convertido en uno de los autores más mencionados.

Por supuesto, esta alusión frecuente no es producto de la casualidad ni de un fanatismo hacia él, sino que se genera a raíz de la trascendencia de su figura. En este sentido, no podemos dejar de tener presente que Wilde no tuvo un único éxito a lo largo de su trayectoria, sino que quedó en la historia de la literatura universal como creador de “El fantasma de Canterville” y “El retrato de Dorian Gray”, entre muchas otras obras. Hoy, la idea es hacer referencia a “El príncipe feliz”, otro de sus textos más destacados.

Este relato enmarcado en el género del cuento no sólo llegó a convertirse en un clásico de todos los tiempos sino que también se transformó en el título más sobresaliente de una recopilación de relatos de Wilde, donde también aparecen, por ejemplo, “El gigante egoísta”, “El ruiseñor y la rosa” y “El famoso cohete”.

En “El príncipe feliz”, el genial autor busca conmovernos con la historia de una admirada estatua que, ayudada por una viajera golondrina, intenta llevar un poco de alegría a la gente que lo necesita.

Tiempo después de haber dado todo lo que tenía, esta figura revestida de oro, zafiros y rubíes ubicada en la parte más alta de la ciudad en la que transcurre el relato queda ciega, sin brillo ni belleza exterior y, a partir de entonces, es su ave amiga la encargada de contarle cómo están los habitantes de la región.

Lejos de comprender lo que había ocurrido con la imagen del príncipe feliz y analizar el por qué de su deterioro, las autoridades de la ciudad, guiados por un espíritu superficial y ambicioso, decidieron derribar la estatua, fundirla en un horno y arrojar a la basura el corazón de plomo que no había querido fundirse junto a los restos de la golondrina, que había fallecido a los pies del príncipe.

Pese al desprecio de la humanidad a la que habían tratado de ayudar, tanto el príncipe como el ave tuvieron una recompensa mayor por su actitud solidaria: haber sido reconocidos por Dios como las dos cosas más valiosas de la ciudad.