Pablo García Baena sabe algo de poesía. Comenzó a crearla hace casi setenta años, cuando aún no había cumplido dieciocho años de edad. Hace sesenta años, en 1946, publicaba su primer libro, “Rumor Oculto”.Pablo García Baena

Es destacable también la obtención del Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1984, lo cual lo pone en un lugar privilegiado entre sus colegas.

15 años desde su última publicación, ve la luz su nuevo poemario “Los Campos Elíseos”.

Pero parece que después de una época de poca producción, viene una mucho más prolífica. Y es que la editorial Renacimiento acaba de editar una antología con su obra poética, elaborada por Luis Antonio de Villena. Y, por si fuera poco, la editorial EDA publicará sus textos en prosa.

Pablo García Baena ha publicado los poemarios: Rumor oculto (1946), Mientras cantan los pájaros (1948), Antiguo muchacho (1950), Junio (1957), Óleo (1958), Antología poética (1959), Almoneda (1971), Poemas (1975), Antes que el tiempo acabe (1978), Tres voces del verano (1980), Poesía completa (1982), Fieles guirnaldas fugitivas (1982) y Gozos para la navidad de Vicente Núñez (1984).

Los dejamos con un poema del autor de “Los Campos Elíseos”:

Amantes

El que todo lo ama con las manos
despierta la caricia de las cítaras,
siente el silencio y su pesada carne

fluyendo como ungüento entre los dedos,
lame la lenta lengua de sus manos
el hueso de la tarde y sus sortijas
se enredan en el ave adormecida
del viento. Labra en mármoles de humo
el cuerpo palpitante del abrazo
extenuado cual cervato agónico,
y con el pico frío de sus uñas
monda la oliva efímera del beso.

El que se ama solo, el que se sueña
bajo el deseo blanco de las sábanas,
el que llora por sí, el que se pierde
tras espejos de lluvia y el que busca
su boca cuando bebe el don del vino,
el que sorbe en la axila de la rosa
la pereza oferente de sus hombros,
el que encuentra los muslos del aljibe
contra sus muslos, como un saurio verde

sobre el mármol desnudo e inviolado,
ese que pisa, sombra, desdeñoso
el pavimento de las madrugadas.
El que ama un instante, peregrino
voluble, de flauta hasta los labios,
de la trenza al citiso, de los cisnes
a la garganta, de la perla al párpado,
de la cintura al ágata, del paje
a la calandria y tras él, silente

va talando el olvido de las mieses altas,
tirso áureos de espigas, leves brotes,
todo un bosque confuso de recuerdos,
y él va cantando, ruiseñor nocturno,
capricho y galanía, bajo la luna.
Y el que besa llorando y el que sólo
sabe ofrecer y aquel que cubre el pecho,
para no amar, de oscuro arnés, sonrisa
y un gerifalte lleva silencioso

devorando su corazón de gules.
Todos, la noche maga con su rezo
los enloquece, clava en sus pupilas
el helor de su vaga nieve negra,
les da a beber rencor entre sus manos,
los hurta en el arzón de sus corceles,
los trae y los lleva como mar en cólera,
coronadas las olas de sollozos,
de cabelleras náufragas, de sangre,

y los devuelve dulces, poseídos,
hasta la playa bruna y solitaria.