Existen muchas formas de estar en soledad. Todos hemos estado solos en ocasiones circunstanciales, pero con la tranquilidad de que, en algún momento, alguien vendría a acompañarnos. Distinta suerte corre quien, por diversas circunstancias de la vida, se encuentra verdaderamente solo, sin nadie que se preocupe ni comparta sus penas y alegrías.

SoledadHay quien la soledad lo atrapó desprevenido y, casi sin darse de cuenta, se descubrió rodeado de ausencias. Pero también existe aquel que goza de su soledad y se esfuerza por mantenerla, tal vez convencido del refrán que reza “mejor solo que mal acompañado”.

Lo cierto es que hay que aprender a convivir con la soledad. Es vital aceptar la compañía de uno mismo y poder vivir en paz con la conciencia propia. Como dijo el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, “la soledad es el imperio de la conciencia”.

El tema de la soledad es de frecuente reflexión para los escritores e intelectuales. Pero si hay alguien que ha experimentado realmente el sentimiento, es la poeta estadounidense Emily Dickinson. La autora, fallecida en 1886, pasó gran parte de su vida encerrada en una habitación de la casa paterna. De hecho, en sus últimos quince años de vida, sólo se la vio en los jardines del hogar. Incluso dicen que, a partir de 1883, dejó de salir de su habitación, presa de una extraña fobia social. En una ocasión, Dickinson no dudó en afirmar: “Soy huésped de mí misma”.

No se trata de caer en un exceso de lirismo y de menospreciar el contacto humano y las relaciones sociales, imprescindibles para una vida plena. Pero parece evidente que Dickinson nunca estuvo del todo sola: siempre la acompañó su poesía.

Los poemas de soledad son un reflejo de la angustia que conlleva la situación y, a la vez, una forma de combatirla. “Ausencia” de Jorge Luis Borges y “Alma desnuda” de Alfonsina Storni, por ejemplo, son algunas muestras de cómo las mejores plumas han reflexionado sobre el tema.