Otro milagro de la primavera

primaveraPorque la ignorancia es un libro o una página sin fin, existe la opinión generalizada de que el soneto (composición poética que consta de catorce versos endecasílabos distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos. En cada uno de los cuartetos riman, por regla general, el primer verso con el cuarto y el segundo con el tercero, y en ambos deben ser unas mismas las consonancias. En los tercetos pueden ir estas ordenadas de distintas maneras) ya pasó de moda y su uso es prácticamente un esfuerzo de los poetas decadentes y amantes de las formas casi desaparecidas.

Ha aparecido por estos días, el libro de sonetos (37 en total) del escritor y poeta español Juan José Vélez Otero.

El libro se llama Otro milagro de la primavera y ha sido acreedor del Premio José de Espronceda. Una tristeza que parece no tener fin puebla estos sonetos. Pero hablo de una tristeza sincera, rotunda, que se filtra por los huesos; no me refiero a una tristeza inventada, superficial y sin matices, tan propia de la voz de algunos vates.

Desde luego que la tristeza, la melancolía, ese estar sin calma ni sosiego en parte alguna, forman parte de la personalidad poética del artista de marras. Pero también hay momentos luminosos, instantes de arrebatos amorosos, de tanteos en el cuerpo amado, de armonía con la vida en muchos de sus versos.

La poesía de Juan José Vélez Otero es clara, transparente, no va detrás de los artificios, no hace experimentos inútiles que sólo terminan desorientando al lector.

Su obra no es frágil. Un oficio indiscutible respira por todos los versos. No creo estar equivocada al señalar al poeta cuya obra comento en esta página como a un autor de páginas sencillas y auténticas, que nos convence con su arte.

Leer a Juan José Vélez Otero es un verdadero acto artístico.

Y también es un aprendizaje.

¿No dicen, acaso, los mismos poetas, que ya pereció el soneto, pues no se atreven a confesar que desconocen su manejo y estructura?

El autor de Otro milagro de la primavera nos sorprende con su dominio de la versificación y de la sonoridad.

Podría decir que no sólo es compacto el libro, sino que está sostenido, también, por una música suave, exquisita y, a veces, triunfal.

No hay imágenes ni metáforas casi en la obra.

Sí hay un decir continuo del desgaste del tiempo, una acentuación de la tristeza por las cosas perdidas, por los sueños que perdieron su ocasión de abrirse en el capullo de una rosa.

Este es uno de los mejores libros que dio en los primeros meses del año la literatura española.

Tal vez fuese verano

Tal vez fuese verano y los jazmines
del parque estaban vivos. Por las noches
olían. Y dormían en silencio
los pájaros oscuros de las torres.

El mundo iba muy lento. Tú tenías
una blusa turquesa y unos ojos
muy grandes y una voz blanca y alegre
y unos pechos que no pesaban nada.

Recuerdo que reías, y mirabas
como quien mira a Dios, como quien mira
el mar desde los montes de la aurora.

Recuerdo, era verano y tú eras malva,
tenías en el cuerpo la dulzura
de las moreras blancas y los guindos.

Juan José Vélez Otero

Alegres éramos…

Usted sabe, señor,
qué alegría colgaba en la floresta;
qué alegría severa
como raigambre sudorosa;
cómo el alegre polvo veraniego
fulguraba en su lámina esplendente,
cómo, ¡qué alegremente andábamos!
¡Qué alegremente andábamos!
Usted sabe, señor,
usted ha visto cómo
la lluvia torrencial sempiterna caía
sobre un textil aroma de bejucos salvajes
y cómo iba dejando con sus pétalos húmedos
su flora resbalosa,
su acuosa florería.

Usted sabe, señor,
cómo los sementales retozaban
hartos de florecer, jubilosos de hartazgo,
con qué poder la noche deponía
su amargura en la altura del rocío
tal como deponía la desdicha
su arma en las arboledas.

Usted sabe qué alegre
aflicción de racimos por las ramas
en frutal arco iris vespertino;
cómo alegres luciérnagas subían
a encender las estrellas,
a conducir azahares que estallaban
como emoción nupcial o lumbraradas.

Usted sabe, señor,
que antes de que aquí se enseñoreara
la pobreza, frunciendo hasta las hojas,
desesperando el aire,
bien sabe, bien conoce
que cualquier miserable aquí podía
fortificar un canto en su garganta,
en su pecho opulento.

(¡Cómo podías reír, muchacha mía!
Juvenil, ¡cómo izabas
una sonrisa fértil como un grano,
cómo te coronaban los jazmines
y cómo yo apuraba
mi vaso de fervor! ¡Qué alegres éramos!)
Antes, antes de la amargura,
antes de que sorbiéramos
un caudaloso cáliz de indigencias boreales,
antes de que amarraran los perfumes,
que en su reverso el sol guardase el hambre,
¡qué alegres caminábamos!

Antes,
antes de que el aura ofendieran,
de arrancar la raíz sangrándole los bulbos,
antes del mayoral, del tiro, antes del látigo,
qué alegría, señor,
¡qué alegremente andábamos!

Elvio Romero

Comentarios1

  • isapoema

    Gracias por la orientación, es de agradecer.
    Sobre todo, porque yo nunca había leído nada de Juan José Velez Otero, y siempre se agradece el descubrimiento de autores para tener la oportunidad de leerlos, porque la verdad, es dificil encontrar hoy en día entre tanta cantidad de poesía, la que una busca.
    Y tambien por la explicación de los sonetos tan clara.
    Tal vez fuese verano es lo que yo siempre busco, esa poesía.
    Un saludo, desde Galicia.



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