Crónica histórica ilustrada del Paraguay

Leer nuestra historia, conocerla, es el mejor camino para no repetir los mismos errores (que tanto perjuicio trajeron a nuestra economía y a nuestra estructura política) y poder levantar cabeza, alguna vez, como pueblo, como nación. Eso se sabe y no puede sentarse discusión sobre el tema; antes bien, debería inspirar a quienes tratamos de fortalecer nuestra sociedad. Y la sociedad se interpreta, como es sabido, a través de la historia escrita por sus hombres y sus mujeres, desde los más diversos tiempos y circunstancias.

Uno de los motivos que movilizó a la prestigiosa editorial Arami fue, precisamente, traer a la memoria los hechos históricos que han sido delimitantes en las vidas de los paraguayos. Surgieron pues así, en el marco de las celebraciones del Bicentenario, dos libros de elaboración minuciosa y detallada que llevan el nombre «Crónica Histórica Ilustrada del Paraguay«.

Los perfiles de los presidentes corresponden, en su gran mayoría, a una serie de trabajos de investigación realizados por el historiador, escritor, poeta, ensayista y crítico literario Raúl Amaral. Estos perfiles, extraídos en forma sintética de la obra «Presidentes del Paraguay», nos ubican ante la biografía de quienes han regido, en forma pésima, arbitraria, buena o regular, los destinos del país. También ha de mencionarse a Omar Quiroga.

Casi todos los gobernantes, puede leerse en los textos, murieron con los bolsillos vacíos y la frente en alto. Cuánta distancia entre un Manuel Gondra, un hombre de ley, un intérprete cabal de las circunstancias de su tiempo, cuyos rasgos intelectuales fueron luminosos; cuánta distancia, decía, entre un Manuel Gondra, que asumió la primera magistratura el 15 de agosto de 1920 y falleciera el 8 de marzo de 1927, en la más expuesta pobreza, y los mandatarios de ahora, quienes viven en la saturación de la riqueza y la opulencia. Cuánto trecho y cuánta diferencia, Dios mío.

No faltan los hechos anecdóticos, que enriquecen y le dan un cariz casi divertido, digamos, a la lectura. Y voy por esa razón a un testimonio (en realidad son dos los testimonios relacionados con la subida al poder de Higinio Morínigo) y el caso de una caja de fósforos. He aquí la nota testimonial: «Pero, ¿cuál era el comentario que circulaba por la ciudad en aquellos memorables momentos? El nombramiento de Morínigo fue resuelto por el azar, al ser arrojada al aire una caja de fósforos. Tamaño embuste. Según esa versión, si la caja caía de una forma u otra el electo sería Morínigo o Torreani. No fue así. Una República independiente, en pleno siglo XX no elige de ese modo a sus gobernantes». Extraído del texto «Misión cumplida», del general Amancio Pampliega. Pero el lector deberá leer el libro «Crónica Histórica Ilustrada del Paraguay», obviamente, para conocer la otra cara de «Por una caja de fósforos…».

Con los colorados habrían de instalarse, hacia finales de la década del 40, los milicianos. Ellos tenían la potestad de decidir quiénes podían circular, caída la noche, por las calles asuncenas. Su poder de intimidar a los pobladores era de gran magnitud. Aquella guardia urbana, nacida, como ya he dicho, con los colorados, habría de constituirse en una literal condena cotidiana con ribetes de pesadilla hasta los años 60.

El Mariscal Estigarribia, el triunfal conductor de la Guerra del Chaco, fue un águila, un guerrero que supo llevar al pueblo a la victoria frente a Bolivia, pero en el ejercicio del poder presidencial no tuvo visión política y la mediocridad lo arrinconó.

Recomiendo la lectura sobre el gran estratega en tiempos de guerra que aparece en el libro ahora comentado.

¿Cómo levantar el espíritu de quienes libraban combate en los campos de batalla, allá, en el infierno verde? La música estuvo presente en cada unidad, en cada regimiento del Ejército paraguayo. Y la guitarra, el instrumento musical por excelencia del Paraguay, recogía las más sentidas inspiraciones de compositores de la talla de Darío Gómez Serrato, Herminio Giménez, José Asunción Flores, y el gran Emiliano R. Fernández, sobre todo Emiliano, quien interpretó en su exacto peso y medida el sentir del soldado guaraní.

Hay un personaje histórico, Albino Jara, que es estudiado con mucha solvencia por el riguroso Raúl Amaral. El crítico e intelectual argentino defiende al «varón meteórico», de algunas acusaciones que surgieron, supongo, en determinado momento, para hacer tambalear su figura.

Expresa Amaral lo siguiente: «Se tiene una idea equivocada próxima a la de considerárselo, además de un aventurero por su genio, analfabeto por formación. Tal presunción carece de fundamento. No debe olvidarse, en este orden, que hizo estudios completos de la secundaria, graduándose de bachiller en ciencias y letras, y que estudió hasta el cuarto curso de la Facultad de Derecho».

Jara fue el primer caudillo militar del siglo XX.

He aquí una semblanza laudatoria sobre su condición de militar y caudillo: «Tenía una agradable presencia con una oratoria muy atractiva para los nativos de estos países, ha tenido un fuerte impacto en la imaginación del pueblo, que tiende a considerarlo como un enemigo de la influencia extranjera, un patriota y un posible salvador de la patria».

Su ascenso al sillón presidencial muestra, con todas las luces, su condición de «meteoro». Fueron suficientes para Albino cinco años, ni un año más, para hacer escaladas dentro de la milicia. Contaba con tan solo veinte años cuando toma el derrotero de las armas. Se hace alférez en Chile y teniente en el Paraguay. En 1904 asciende al grado militar de capitán. El motín de 2 de julio de 1908, que es consumado desde su unidad, lo eleva al rango de mayor. Pero ahí no para su fortuna ni mucho menos porque, dando un salto estelar, consigue vestir ya el uniforme de teniente coronel, y luego, en una semana, como ungido por los dioses de la milicia, si los hay, llega al coronelato. Coraje no le faltaba, eso queda claro como una moneda de mil guaraníes. Y tampoco espíritu represor, pues enterado de una publicación que lo relacionaba afectivamente con una cantante, había mandado clausurar «El Diario».

Este hombre, de quien se decía, acaso humorísticamente, al oírse un trueno en la lejanía: «Apóvapa ára terãpa Jara», se convirtió en presidente de la República del Paraguay, si bien su mandato también fue meteórico porque duró solamente cinco meses y trece días.

Sufrió traición y exilio y silbatinas en el puerto, cuando tuvo que abandonar el país, aunque nunca perdió la compostura. La cólera devoraba a quienes lo abucheaban. Y él, hecho y derecho, dirigía al populacho enfervecido esta frase que todavía cae como un rayo en los memoriosos: «¡Pueblo ingrato que me llamáis tirano!».

«Crónica Histórica Ilustrada del Paraguay» lleva fotografías o ilustraciones de enorme valor. Todo un lujo.

POESÍA PARAGUAYA

LLUVIA

Se acerca revolcándose entre espumas
el ronco grito del arcano incierto
que apresura los pájaros a puerto
y deja sin gorjeos a la bruma.

El polvo en remolinos alza el vuelo,
se hace trizas la tarde bochornosa
y una ráfaga anuncia, presurosa,
el chocar de cristales en el suelo.

Mutante de las formas y el aliento
en capa de caireles arropada
baja danzando con pericia alada
y gira al ondear fintas al viento.

Su manso abrazo se extiende en el estío
y al gozo de los campos se une el mío.

Maybell Lebrón



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