Llanero (III)

LlaneroTercera parte de la novela corta «Llanero», por Teresa Domingo Català.

III

Por instinto llevaron el cadáver de la niña al centro mismo de Llanero. Era una plaza cubierta de gravilla, sin asfaltar. Su forma era ovalada, y había una pequeña fuente en uno de sus extremos. Allí las mujeres iban a buscar el agua que necesitaban para sus labores domésticas. A veces enviaban a los niños con cubos o botellas, todo dependía de la necesidad y de la lejanía de las casas, y también de la edad de los niños. A los pequeños les gustaba ir a la fuente. Eran momentos de juego y diversión, y en Llanero estos momentos se atesoraban como si fueran oro del más puro de los quilates, porque sus gentes no solían divertirse a menudo.
El pueblo era concéntrico, y todo giraba en torno a la plaza de la pequeña fuente. Los hombres fueron dejando atrás casas y establos, algún pajar. Venían cansados y sudorosos de subir la montaña desde el río Seco, aunque salvo el alcalde Gaz todos llevaban la chaqueta puesta, y el sombrero. Primero entró Gaz, que se había adelantado a los dos hombres que llevaban los despojos de la niña. Después Lul y Nozh con el cuerpecito cubierto por la chaqueta negra, e inmediatamente detrás, en grupos de tres y cuatro, el resto de los hombres.
Las mujeres, con sus largos vestidos negros, iban llegando a la plaza. El silencio de la comitiva y el gesto adusto del alcalde, eran el mejor discurso que nadie hubiera podido preparar. Poco a poco el pueblo entero se juntó en la plaza de la fuente, que era demasiado pequeña para todos cupieran en ella. Así muchas mujeres y sus niños quedaron fuera de escena, aunque la desgraciada noticia pronto corrió con una velocidad digna de la luz, y en pocos minutos todos supieron la cruel novedad, la muerte de la pequeña Gedda en un asesinato absurdo. Lo que el alcalde no contó, por lo menos en esos momentos, fue las particularidades del asesinato de la niña, pues no quería infundir el pánico a la vecindad, sobre todo a los matrimonios jóvenes que tenían niñas de la edad de Gedda.
La sensación de incredulidad se abatió sobre las mujeres. Si los hombres tardaron minutos enteros de reloj en reaccionar ellas no fueron menos. Las que tenían bebés en brazos los apretaban hasta casi asfixiarlos por el miedo; las que tenían niños un poco mayores los apretaban junto a su seno, con tanta fuerza que les dejaron marcas rojizas que duraron hasta pasados los tres días, e incluso cuatro. Las que no tenían hijos tenían nietos, y en algunas abuelas y madres las lágrimas se agolparon en los ojos, aunque no llegaron a caer, pues en Llanero no lloraba nadie.
Ni Genisa, la madre de Gedda, ni Miru, su padre, lloraron el cuerpo mutilado de su hija. El dolor silencioso recorría sus cuerpos, sus corazones, que siguieron bombeando la misma cantidad de sangre. Ninguno de los dos alzó la voz, ni gimió, ni mucho menos estalló en llanto. Gedisa acunó el cuerpo sin vida de la niña y Miru interpeló al alcalde, como culpándole de que, por primera vez, hubiera un crimen en Llanero.
Miru recogió el cadáver de la niña, todavía envuelto en la chaqueta negra, y lo llevó en volandas hacia su casa. Genisa le siguió, y detrás, como en una procesión pagana, les siguieron los habitantes de Llanero, prácticamente en su totalidad.
Nada les había preparado para tan funesto final. Miru ya tenía planeado el pequeño castigo que le iba a imponer a la niña que se había escapado sin decir nada. Genisa temía que el castigo fuera demasiado severo, pero lo que ninguno de los dos podía imaginar fue que lo que encontrarían era un cuerpo sin vida, un cuerpo muerto.
Sólo había en Llanero dos mujeres que no tenían hijos. Una era Nina, la otra era Kara. Nina trataba a todas las criaturas como si fueran suyas, Kara vivía en las afueras del pueblo y casi nadie trataba con ella. Era la paria oficial de Llanero por unos acontecimientos que pertenecían a la historia del pequeño pueblo, y que serán desvelados más adelante.
Salvo ellas dos las mujeres en edad fértil del lugar tenían todas hijos, pues ese era el deber de la mujer, hacer y criar hijos, hijos que perpetuarían la herencia de Llanero y de sus peculiaridades.
Genisa y Miru tenían dos hijos más, un niño de cinco años, y una niña de dos. La abuela materna se los había llevado a la ladera, para que no vieran a su hermana mayor en semejante estado. Genisa, junto con Nina, lavó el cadáver. Lo sumergieron en una bañera con patas, y dirigieron el chorro del agua con una manguera, hasta borrar toda huella de la exposición del cadáver en el cauce del río Seco. El cabello también se lo lavaron, desenredándolo, y la peinaron como si fuera el día de su primera comunión, rito que en Llanero no existía.
La perfumaron con lavanda, y la vistieron de blanco, por ser niña que todavía no había tenido la menstruación. Gedda parecía una pequeña princesa salida de un cuento, pero su destino ya había sido marcado y al día siguiente, al amanecer, la enterrarían.
Nina intentó consolar a Genisa, pero ella, cuando terminaron de amortajar a la niña, le pidió que se fuera y la dejara sola. Pero ese deseo no pudo cumplirse, ya que cada uno de los habitantes del pueblo, tanto hombres como mujeres y niños, fueron, uno por uno, a ver a la pequeña Gedda.
Estaba encima de la cama de matrimonio de la casa, como un duendecillo que durmiera al calor del bosque, como una flor muy grande y muy blanca que se hubiera desvanecido al calor del día.
Entraban, mudos, sudando, sin creer todavía que pudiera ser posible lo que estaban viendo. Algunos encendían una vela y pronto el olor a cirio y a iglesia fue tan intenso que a Genisa le dieron arcadas, entre la peste y su dolor. Así resolvieron no encender ni una sola vela más. La procesión duró horas, siempre en silencio. Ni siquiera los niños violaban esta regla sagrada, quizás estaban asustados, quizá temerosos de la mano asesina que había privado de la vida a la pequeña Gedda.
Genisa soportaba la tortura sola, pues Miru estaba cavando la fosa junto con Tehl, amigo que compartía con Nozh. Era tradición en Llanero que un hombre, pariente cercano del muerto, fuera quien cavara la fosa en el terreno destinado a enterrar a los muertos, el cementerio local. Miru cavaba sin pensar, sólo fijándose en el agujero que cada vez era un poco más grande, y que al día siguiente contendría a Gedda, la pequeña Gedda, su hija mayor y, en secreto, la más querida de los tres.
Thel le acompañaba en silencio. Él no cavaba la tierra, se limitaba a observar y a compadecerse, con un extraño temor en sus huesos. Él tenía una hija, Beth, y ya no tenía más. Beth tenía siete años, y era vivaracha, quizá demasiado y algo revoltosa. Pero eso se podía arreglar, sin duda ninguna, lo que no tenía arreglo era lo que le había pasado a Miru, y Thel se imaginó a sí mismo cavando la tierra para enterrar a su Beth y se estremeció como si hubiera pasado de repente una ola de frío polar.

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