(soneto)
Preciosa, la mujer audaz, valiente,
la que con la toral filosofía
desecha toda vana fantasía
que implique un Ser, un Dios inexistente;
la que no afirma un alma trascendente
por simple y ordinaria cobardía,
y acepta que hasta el Sol será de fría
estrella muerta, fosco remanente;
la que no solo es flor con su fragancia,
sino también palabra de sustancia,
lenguaje vigoroso, de virtud;
aquella cuya brava inteligencia
no teme a los hallazgos de la ciencia,
pues busca, sobre todo, certitud.
jueves, 16 de enero de 2014
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Autor:
Alek Hine (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 14 de septiembre de 2014 a las 21:23
- Comentario del autor sobre el poema: Palabras de Ann Druyan: "Cuando mi esposo murió, como era tan famoso y conocido por no ser creyente, mucha gente venía a mí (aún pasa, a veces) y me preguntaba si Carl cambió de idea al final y se convirtió a una creencia en el más allá. También me preguntan con frecuencia si creo que lo veré de nuevo. Carl enfrentó su muerte con un coraje incansable y nunca buscó refugio en ilusiones. La tragedia era que sabíamos que no volveríamos a vernos. No espero reunirme nunca con Carl. Pero lo grandioso es que cuando estuvimos juntos, por casi veinte años, vivimos con una intensa valoración de lo breve y preciosa que es la vida. Nunca trivializamos el significado de la muerte fingiendo que no era una despedida definitiva. Cada momento particular en que estuvimos vivos y estuvimos juntos fue milagroso, pero no milagroso en el sentido de inexplicable o sobrenatural... Que el puro azar pudiera ser tan generoso y tan amable... Que pudiéramos encontrarnos el uno al otro, como escribió Carl tan bellamente en Cosmos, "en la vastedad del espacio y en la inmensidad del tiempo"... Que pudiéramos estar juntos durante veinte años. Eso es algo que me sostiene y es mucho más significativo. La forma en que me trató y yo lo traté a él, la forma en que nos cuidamos el uno al otro y a nuestra familia, mientras vivió. Eso es algo mucho más importante que la idea de que lo veré algún día. No creo que vuelva a ver nunca a Carl. Pero lo vi. Nos vimos el uno al otro. Nos encontramos el uno al otro en el cosmos, y eso fue maravilloso".
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 264
- Usuarios favoritos de este poema: Donaciano Bueno, Juez
- En colecciones: Sonetos.

Offline)
Comentarios3
Carl Sagan, en su obra "Miles de millones", nos dice:
"Seis veces hasta ahora he visto la Muerte cara a cara, y otras tantas ella ha desviado la mirada y me ha dejado pasar. Algún día, desde luego, la Muerte me reclamará, como hace con cada uno de nosotros. Es sólo cuestión de cuándo, y de cómo. He aprendido mucho de nuestras confrontaciones, sobre todo acerca de la belleza y la dulce acrimonia de la vida, del valor de los amigos y la familia y del poder transformador del amor. De hecho, estar casi a punto de morir es una experiencia tan positiva y fortalecedora del carácter que yo la recomendaría a cualquiera, si no fuese por el obvio elemento, esencial e irreductible, de riesgo.
Me gustaría creer que cuando muera seguiré viviendo, que alguna parte de mí continuará pensando, sintiendo y recordando. Sin embargo, a pesar de lo mucho que quisiera creerlo y de las antiguas tradiciones culturales de todo el mundo que afirman la existencia de otra vida, nada me indica que tal aseveración pueda ser algo más que un anhelo.
[...]
Muchos me han preguntado cómo es posible enfrentarse a la muerte sin la certeza de otra vida. Sólo puedo decir que esto no ha constituido un problema."
Y Ann Druyan, entonces su esposa, escribe en el epílogo de la misma obra:
"Desmintiendo las fantasías de los integristas, no hubo conversión en el lecho de muerte, ni en el último minuto se refugió en la visión consoladora de un cielo o de otra vida. Para Carl, solo importaba lo cierto, no aquello que sólo sirviera para sentirnos mejor. Incluso en el momento en que puede perdonarse a cualquiera que se aparte de la realidad de la situación, Carl se mostró firme. Cuando nos miramos fijamente a los ojos, fue con la convicción compartida de que nuestra maravillosa vida en común acababa para siempre."
Y en un artículo para la revista Skeptical Inquirer, Volume 27.6, November / December 2003, la misma Druyan declara, asertiva:
"When my husband died, because he was so famous and known for not being a believer, many people would come up to me —it still sometimes happens— and ask me if Carl changed at the end and converted to a belief in an afterlife. They also frequently ask me if I think I will see him again. Carl faced his death with unflagging courage and never sought refuge in illusions. The tragedy was that we knew we would never see each other again. I don't ever expect to be reunited with Carl."
(Traducción: "Cuando mi esposo murió, debido a que era tan famoso y conocido por ser un no creyente, muchas personas se me acercaban —aún sucede a veces— a preguntarme si Carl cambió al final y se convirtió en un creyente de la vida después de la muerte. También me preguntan con frecuencia si creo que le volveré a ver. Carl se enfrentó a su muerte con infatigable valor y jamás buscó refugio en ilusiones. Lo trágico fue saber que jamás nos volveríamos a ver. No espero volver a reunirme con Carl.")
Y en el capítulo 2 de su libro "Punto azul pálido" —cuyo título hace referencia a una fotografía de la Tierra, tomada el 14 de febrero de 1990 por la sonda espacial Voyager 1 desde una distancia de 6 000 millones de kilómetros, más allá de la órbita de Plutón—, Carl Sagan escribe:
"Ann Druyan sugiere un experimento: observemos de nuevo el punto azul pálido del capítulo anterior. Contemplémoslo durante un rato. Miremos ese puntito el tiempo que haga falta y luego tratemos de convencernos de que Dios creó todo el universo exclusivamente para una de entre los diez millones de especies que habitan esa mota de polvo. Demos ahora un paso más: imaginemos que todo fue creado para un solo matiz de esa especie, o género, o subdivision étnica o religiosa. Si eso no nos parece demasiado improbable, tomemos otro
puntito. Supongamos que ése está habitado por una forma distinta de vida inteligente. También ellos defienden la noción de un Dios que lo ha creado todo para su beneficio. ¿Tomaremos en serio su reivindicación?"
Diría don Miguel de Unamuno si te leyera, Franco, que detrás de tanto alarde de ateísmo hay, más que fría increencia, desesperación de no conseguir creer.
Por lo demás, perfecto el soneto, como siempre.
Un saludo cordial.
No sé si eso diría Don Miguel, pero yo CREO que no (por lo que puedes ver que sí consigo creer, aunque no en lo divino). 😉
Y yo no diría que en mi poesía hago alarde de ateísmo; simplemente expreso la (o una) verdad ante el mundo; algo así como una correción a la afirmación de que 2+3=9.
Ignoro si todos los ateos y agnósticos experimentan las mismas emociones (aunque siendo todos humanos, las emociones vividas han de ser semejantes, si no iguales), pero que yo recuerde, jamás pasé por la "desesperación de no conseguir creer". Pudiera decir que pasé, de mi adolescencia a la adultez, por pesados momentos de angustia; eso fue cuando descubrí que Dios era pura quimera; sentí que la vida y el mundo no tenían sentido; a fuerza tenía que haber Dios, era mi sentir; estaba aprendiendo a vivir, sin duda; el mundo me estaba formando.
Hoy, con una visión adulta y valiente, no necesito del concepto de Dios. Hay tantas ideas que no sirven para nada. Aún más, Dios no sólo no sirve para nada, sino que estorba en la concepción del universo, el cual, hasta donde la maravillosa mente ha podido penetrarlo, tiene su origen en sí mismo.
Buen inicio de semana, Osvald.
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