Scott Fitzgerald, la bebida y la muerte


Scott Fitzgerald, la bebida y la muerteUn día como hoy pero de 1940 falleció Scott Fitzgerald, para muchos uno de los escritores más interesantes de la literatura estadounidense.

Al igual que otros de sus contemporáneos que ya han pasado por este Ciclo de Literatura y Alcohol (Hemingway, Kerouac, Parker, Sexton), fue un bebedor compulsivo e hizo de su relación con la escritura un espacio de creación. Y en esa pulsión etílica, construyó también un universo literario inconfundible.

Los años decisivos

Francis Scott Fitzgerald nació el 24 de septiembre de 1896 en el seno de una familia acomodada. Su infancia estuvo marcada por la muerte. Tres meses antes de su nacimiento falleció su hermana Louise Scott, dejando un hueco profundo en la familia que afectó la relación que él desarrolló con sus padres. Según escribió cierta vez, este hecho fue decisivo para que él se convirtiera en escritor. De alguna forma, parte de él, sentía, se había marchado con esa hermana que jamás había conocido.

Fitzgerald no fue un niño normal. A los pocos años demostró una gran capacidad para entender el mundo y una inteligencia poco común para su corta edad; al notar estas características, su madre hizo todo lo posible por prodigarle una educación que le permitiera desarrollar al máximo sus capacidades. La pasión literaria también afloró en esos primeros años: Scott comenzó a dedicar largas tardes a leer y escribir, y con trece años publicó su primer relato. Su camino literario no hacía más que empezar.

Pero el gran salto a la fama lo dio gracias a sus colaboraciones en Hollywood. Aunque él mismo declarara que era un trabajo degradante, aceptó su incorporación al séptimo arte para resolver sus problemas financieros y se incorporó a la Metro-Goldwyn-Mayer para realizar guiones y colaborar como director en diversos proyectos. Esta etapa vino acompañada de pomposas fiestas que derivaron en el comienzo de una enfermedad que no le abandonaría nunca: el alcoholismo.

Scott Fitzgerald, la bebida y la muerte

Fitzgerald, su generación y el alcohol

Dicen que Hemingway solía enojarse con Fitzgerald porque con beber una sola copa ya perdía los papeles. Conocida era ya la fama de resistente bebedor del autor de “París era una fiesta”, fortaleza que Scott nunca pudo igualar.

Quizá la diferencia entre ambos sólo residiera en las características que tenía el deseo de beber en cada uno: Hemingway amaba el vicio y lo consideraba necesario, enarbolaba sus virtudes y disfrutaba con pasión de cada trago; Scott, por su parte, vivía atormentado porque aunque le encantaba beber, se sentía atado a la botella y notaba que este vicio le privaba de hacer bien su trabajo. Según se lo confesó a su editor en alguna ocasión, la bebida era la única forma que encontraba para seguir adelante:

Aunque Scott Fitzgerald prefería las bebidas blancas, muchas veces las combinaba con el Gin Rickey: así transcurría sus días, olvidándose lentamente de la sobriedad y sepultándose en un universo lúgubre del que no lo sacarían ni siquiera aquellos personajes vivaces que a veces parecen cobrar vida en sus sueños.

El insomnio era otro fiel compañero de Fitzgerald, tormento que compartía también con Hemingway y que le provocaba una mayor necesidad de beber. El alcohol, al menos, le permitía adormecerse, desoír el mundo, cerrar los ojos, aunque el sueño no acudiera, sí lo hacía la calma. Cada cual encuentra su propia forma de lidiar con sus propios fantasmas.

Hacer del alcoholismo una forma de vida quizás fue lo que le condenó a Fitzgerald; guiado por su amigo de copas comenzó a escribir en estados de borrachera y descubrió que había en él un escritor mucho más interesante de lo que creía. Se convenció entonces de que sólo bebido era capaz de escribir relatos que no fueran estúpidos, y se estableció así un pacto entre él y las musas que exigía la mediación del alcohol.

El gran talento de Scott se fue apagando por el consumo y por los problemas financieros, y el niño apasionado de la literatura se fue olvidando-alejando de aquel que soñaba ser (quizás ese monstruoso escritor que el mundo entero había conseguido atisbar con su obra magna «El gran Gatsby»). Al final de sus días, Scott era un hombre desesperado y solitario que era sacudido por violentas depresiones y cada vez más abrazado a la muerte, esa misma que se asomara a su vida cuando para él el mundo y la luz eran otra cosa.

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