Jack Kerouac: Margaritas y literatura

Jack Kerouac: margaritas y literaturaDesde sus comienzos, la literatura ha mantenido una estrecha relación con el alcohol. Ya en el siglo I, el poeta Catulo, escribía poemas en los que loaba las maravillas del vino y también sobre el alcoholismo que gobernaba su vida y la de sus contemporáneos. Existe una extraña relación que ha sido confirmada con la biografía de numerosos autores alcohólicos: Ernest Hemingway, Elizabeth Bishop, Jane Bowles y Oscar Wilde, entre tantos otros que han caído y que se asomaran a este ciclo.

Hoy retomo los textos sobre escritores alcohólicos y escribo sobre Jack Kerouac, aquel católico enfermizo que fue parte de una de las generaciones más inolvidables de la literatura anglosajona.

Kerouac y la bebida

Es posible que los únicos temas que no ha abrazado Kerouac en su escritura sean los vinculados a Internet y el mundo tecnomoderno. Aunque, si me apuran, algunas de sus citas podrían llevarnos a reflexionar incluso sobre estos temas. Desde textos que rozan el dogmatismo católico, hasta profundas reflexiones en torno al alma, pasando por la evocación musical del jazz y las miradas de una generación fundamental en la literatura, la obra de Kerouac consiste en uno de los grandes aportes de la literatura americana en el contexto universal.

Jack Kerouac es uno de los autores más representativos de su generación: la Generación Beat y, sin duda, unos de los más fascinantes del siglo pasado. Su literatura se centra en la crítica hacia la modernidad y en un claro interés por aferrarse a un lenguaje singular, cercano y por momentos, sucio.

La bebida favorita de Kerouac era la Margarita. La había conocido en uno de sus viajes a México y la tomaba a cualquier hora. Poco a poco fue dejándose llevar y deleitar por este elixir, que le abrió las puertas a un nuevo universo en el que literatura y alcoholismo acamparon deliberadamente.

En la obra de Kerouac hay numerosas referencias a la adicción. En «Tristessa» sin ir más lejos narra la relación entre un hombre y una prostituta adicta a la morfina, y nos propone un recorrido árido sobre la devastación que imprimen sobre el cuerpo y el alma las adicciones. Su protagonista, Jack Duluoz, se siente culpable por la situación que vive su amada pero, incapaz de ayudarla, se deja llevar también por la desesperación y mitiga tanto dolor abandonándose a la bebida.

Jack Kerouac era un suicida, y no lo escondía. Como católico, decía, no podía suicidarse, pero lo que sí podía y estaba dispuesto a hacer era beber hasta quitarse la vida. Cosa que consiguió a los 47 años: una hemorragia en sus órganos internos a causa de los efectos del alcoholismo, que ya venía devastando el funcionamiento de su cuerpo.

La bebida, sin duda, fue su otra gran pasión, su segunda religión (o primera) y también su otra obsesión. Otra de sus pasiones, el deporte, se vio truncada cuando en la adolescencia sufrió un accidente en una pierna que lo mantuvo lejos de la actividad física durante más de un año. En este período, Jack se dedicó a escribir textos periodísticos deportivos, y así surgió su gran pasión por la literatura, que no lo abandonaría jamás. El deporte sí, lo dejó. Pero bebida, alcohol y religión convivirían en su cuerpo y en su alma hasta el final.

Jack Kerouac: margaritas y literatura

Kerouac el católico

El catolicismo de Kerouac fue una herencia de su madre, que fue la única mujer a la que amó, según palabras del mismo Jack. Sin embargo, si no hubiera vivido ciertas experiencias semi místicas posiblemente no se habría aferrado tanto a la fe cristiana. Como él mismo lo contó varias veces, durante su primera confesión (tenía 6 años) mientras realizaba la penitencia que el sacerdote le había encomendado, tuvo una visión. Lo oyó a Dios que le dijo que su alma era buena pero que le aguardaban muchos sufrimientos en la vida y que moriría rodeado del horror; no obstante, al final lo estaría esperando la salvación.

Se tomó tan en serio aquella experiencia: un niño de seis años con una capacidad imaginativa tal y con el talento para hacer pasar por cierto sus propias imágenes oníricas, consiguió así convencerse a sí mismo de la veracidad de aquel encuentro sobrenatural y de su cualidad de santo. Y en consecuencia actuó: aferrándose a la fe y estudiando las raíces del catolicismo y el budismo, las dos religiones por las que sentía una inmensa atracción.

Kerouac murió, efectivamente, rodeado de dolor y miseria, confirmando para sí mismo lo que su inmensa imaginación le había hecho creer de niño. La pregunta que cabe entonces para Jack es ¿más allá del horror de la muerte te aguardaba la salvación?
Jack Kerouac: margaritas y literatura

Comentarios1

  • Rapsodico

    No sé si se salvó, porque no sé si existe la salvación. Para mí, la bebida y una fe ciega en las religiones no son buenos aliados para sobrevivir de manera digna en este mundo. Me quedo con su gran obra y la tristeza de conocer que sus últimos días fueron tan duros. Un abrazo, Tes.



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