«En la huerta de Pulsera» de Juan Cruz Ruiz (Diego Pun Ediciones)

«En la huerta de Pulsera» es un relato escrito desde la más profunda ternura que reconstruye el amor de dos hermanos que supieron cuidarse usando como puente el lenguaje.

En la huerta de pulsera hay mariposas amarillas. Ella las conoce y les cuenta historias, pero no puede recordar una que le resulta muy especial: la de Genoveva de Brabante. «En la huerta de Pulsera» de Juan Cruz Ruiz (Diego Pun Ediciones) es un relato lleno de ternura que puede leerse como una dulce despedida pero también como la reivindicación de la fábula como único faro que nos mantiene flote cuando todos los puntales que supieron asegurarnos sobre el mundo se han ido aflojando y desmoronando. Somos la memoria que nos queda, que depositamos en los que recién empiezan, para sostener la luz de los que nos han dejado. Quizá esa sea la idea que hace posible todo el relato, y seguramente todos los relatos.

 

Narrar para recordar

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«La huerta de pulsera» es un relato sobre una hermana que no sale en las fotos pero que ha sembrado color allí por donde ha pasado. Y también hay color en las maravillosas ilustraciones de Tamara de Laval y Oliver Arenas Cruz. Se trata de un libro precioso, exquisitamente editado por Diego Pun, donde las palabras se mezclan con los colores y nos invitan a soñar con mariposas.

La historia comienza en el presente, frente a la mesa de la vejez, cuando ya todas las luces se van apagando para Pulsera. Podemos verlos. A ella agudizando el oído por encima de los dolores. A él aporreando a las lágrimas cuerpo adentro para aclarase la voz y contarle historias que la ayuden a soportar mejor el difícil paso. Poco a poco, él va construyendo esta historia donde ella es la protagonista. En un juego de presente y remembranza, Juan Cruz intenta reconstruir esa imagen de Pulsera que sabe que no van a devolverle las fotos. Todo lo que encuentra es un pasado común que se abre como una flor, como los frutos de una huerta y desemboca en esta historia de amor fraternal, que es también la vida de una familia canaria, junto al barranco, y la constancia de una época lejana.

Pulsera, en sus últimos instantes, pregunta por la huerta, ese rincón que ha sabido cuidar con esmero y con palabras durante tantos años, en la misma casa en la que ambos se han criado, y a la que el narrador vuelve para aferrarse a la vida. Se acerca a su hermana y le cuenta historias del pueblo, de los pájaros y las mariposas, pero Pulsera sólo quiere una historia: la de Genoveva de Brabante. Esa que la madre les ha leído en la luz mortecina de antaño, cambiando el final. Eso dice Juan Cruz. Aunque el relato de madre se ha detenido mucho antes del final, antes del dolor. Porque la historia de Genoveva termina bien: ella regresa al castillo del que la habían echado y hay un felices para siempre desde entonces (si no recuerdo mal la historia).

La lectura que podríamos hacer es que la madre quiso evitarles fue esa zanja que deja el dolor. Porque incluso cuando las cosas salen bien, siempre queda un hueco de angustia por la desazón de lo vivido. Quiso evitar ese sabor agridulce que tarde o temprano tendrían que enfrentar, para dulcificar la infancia. Y Juan Cruz recupera esa posta para entregarle a Pulsera un relato alegre, lleno de color y de alegría, para no hablar de la muerte.

La alegría de amar

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Ésta es la frase inaugural del relato. Pulsera, que está presente a lo largo de toda la vida del narrador, no aparece en las fotografías. Rehúye a la cámara, y sin embargo, impregna todos los recuerdos. La necesidad de escribir es también una pregunta sobre esa ausencia y una búsqueda de sentido a la vida, cuando se rompe, cuando arañe lo que más deseamos, lo que no aparece en las fotografías pero que resulta lo más amado, lo más necesario. Sobre esas cosas invisibles que sostienen la vida trata este relato.

La pérdida nos sacude no el piso sino las tripas. De pronto, el mundo que pisamos pierde color, aunque continúa siendo el mismo, como son las mismas las personas que nos rodean son las mismas y los sitios a los que vamos a comprar. Cuando estamos atravesando esa situación todo nos resulta extraño, como si nosotros mismos nos estuviéramos despegando de la vida, y toda palabra es innecesaria o inútil.

De Joan Didion aprendí algo que a ella le enseñó su madre: para superar el dolor hay que comprenderlo, y para eso tenemos la literatura especializada. Yo me he apoyado en esta idea con empeño. Pero al leer a Juan Cruz he descubierto un mensaje todavía más esperanzador: en los cuentos está toda la salvación que necesitamos. Y por eso Juan Cruz para sobrevivir a Pulsera necesita escribir, contar lo que el dolor intenta tapar con su angustia, los días felices, y a la vez cumplir con la promesa que le hizo a su hermana: hacer de la vida un relato dulce como aquel que la madre supo inocularles junto al barranco.

Este libro es una invitación a la fábula como refugio de la memoria, a los cuentos como única alternativa de salvación cuando el mundo que conocemos se ha desmoronado y ya no sabemos dónde tenemos el corazón, dónde los intestinos, dónde los ojos. Un relato precioso ideal para iniciarse en la pasión lectora, pero también para recuperar la chispa de ilusión que los años y las experiencias agridulces de la vida intentan convertir en cenizas. ¡No se lo pierda nadie!

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LA HUERTA DE PULSERA
Juan Cruz Ruiz
Ilustraciones: Tamara de Laval y Oliver Arenas Cruz
978-84-120101-9-0
78 páginas
7.88 €



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