«El giro» de Stephen Greenblatt

Vuelvo con una nueva entrega de «Las repeticiones», un ciclo de buenos autores por el que ya han pasado J.M. Coetzee y Cristina Peri Rossi. En esta oportunidad se trata de una maravilla que se llama «El giro» de Stephen Greenblatt; un libro de divulgación (que casi no debería entrar en este género) que nos ofrece una lectura sobre nuestro mundo partiendo de la Tradición Grecorromana y sus legados, pero pasando por las lecturas deterministas que condenaron y postularon una visión religiosa sobre la historia.

Un manuscrito que cambiaría la historia

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De esta sentencia parte Lucrecio para componer su obra «De la naturaleza de las cosas», escrita en el siglo I a.C. pero eclipsada y censurada durante siglos. En «El giro» Stephen Greenblatt escribe sobre él. Después de mantenerse en el olvido más absoluto durante siglos, el libro vuelve a circular. Es en el siglo XV, cuando Poggio, un lingüista italiano, emprende un ambicioso proyecto que consiste en recuperarlo y transcribirlo, para evitar que se pierda para siempre y revisar lo que de verdadero haya en él. De esta idea parte el libro y sobre ella se construye, como un edificio sofisticado y maravilloso.

Hay en este libro también una glorificación al trabajo de los humanistas, esos fascinados y fascinantes lingüistas que se paseaban de un monasterio a otro en busca de joyas que pudieran ofrecer luz sobre la realidad y la historia del mundo: sin estos personajes, quizá no sabríamos casi nada del mundo anterior. Evidentemente, y en este caso en particular, gracias a la locura de gente como Poggio, hoy contamos con un texto que explica muchísimo acerca de la evolución de nuestras sociedades.

El poema de Lucrecio, que ofrece una reflexión clarísima en torno al origen del universo y las fuerzas que equilibran la existencia, significó en su tiempo un texto subversivo que contradecía las leyes fundamentales de la religión sobre el alma y la vida eterna: un poema inquietante y adelantado a su tiempo que de milagro sobrevivió. Para Lucrecio el universo está hecho de particulas y no son los dioses los que lo sostienen sino el movimiento constante de la vida. No obstante, el poema, con ciertos basamentos científicos, no fue analizado como tal; por el contrario, se le impusieron rigurosas lecturas que proponían una mirada estrecha y estrictamente afin al pensamiento religioso.

La historia que nos contaron

La visión materialista de Lucrecio fue eclipsada y sus palabras amasadas en función de las creencias de cada época. Sin embargo, ahí esta la idea de que estamos hechos de la misma materia que el resto de las cosas, que no somos el centro del universo, que la vida puede existir incluso sin nosotros, porque lo hace pese a nosotros. Otra de las sentencias de Lucrecio es que el alma muere y que no tenemos más que lo que podemos ver, tocar, sentir. Una mirada que apuesta por una vida epicúrea, dedicada al disfrute y a la potenciación de las virtudes materiales.

Llegados a este punto es indispensable hablar sobre una criatura fundamental, Epicuro. Y justamente Greenblatt destruye todas las teorías que enlazan su pensamiento con la vida desordenada y el desinterés por el mundo, para plantear una mirada mucho más sensata, que posiblemente sea la que dio vida a la experiencia epicúrea: el cuerpo que tenemos nos ofrece posibilidades que podemos explotar y que pueden llevarnos a alcanzar una visión y una experiencia mucho más amplia y real de la vida.

Stephen Greenblatt compone casi una novela histórica partiendo de ese descubrimiento y apoyándose en las líneas de aquel poema, y va desentramando la evolución que ha tenido el pensamiento a lo largo del tiempo. Un camino que le obliga a reconocer el papel esencial de la iglesia católica, tanto para el avance y la persistencia de la escritura en la historia (fueron los monasterios los que construyeron bibliotecas e hicieron circular el lenguaje escrito en un mundo que iba perdiendo el interés por él) como para la apropiación de la historia y el pensamiento (a través del dogmatismo se creó una visión de la historia al servicio de los pilares defendidos por la religión, pasando por alto toda tradición ajena a la bíblica).

Así, Greenblatt explica cómo durante siglos el cristianismo se apoderó de la simbología preexistente antes de los inicios de la propia creencia, apropiándose de cada símbolo, de cada letra, y apagando el impulso de búsqueda propio de nuestra especie. En ese sentido me ha resultado un libro interesantísimo.

Es este también un libro que trabaja en profundidad uno de los rasgos más destacables de nuestra especie: las ansias de conocimiento, y la delgada línea que divide el deseo de las imposiciones. A través de la revisión de aquel poema en el que Lucrecio construye las bases sobre las que debería fundarse toda existencia: el placer como fin en sí mismo, teniendo en cuenta que no somos nada y que todo lo que tenemos es este cuerpo, estos dedos, estas ansias.

Creo en la fuerza de los consejos y las recomendaciones. Esta lectura llegó a mí porque un buen amigo me lo recomendó, ahora se los recomiendo a ustedes y espero que después de leerlo hagan lo mismo. ¡Vale la pena leer y compartir lecturas! ¡Qué duda cabe!



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