«Hombre sentado ahí» de Martín Armada


Como lectora lenta que soy y a la vez compulsiva, mucho de lo que leo me va quedando anotando en pequeños papelitos, que a veces se despistan y se caen debajo del escritorio. Pero como no tiro nada, tarde o temprano los encuentro. Martín Armada está por sacar nuevo poemario con Caleta Olivia y al volver su nombre a mi memoria caí en la cuenta de que nunca escribí sobre «Hombre sentado ahí», un poemario que leí hace como un año y que me gustó mucho. Las anotaciones, como puede entenderse de este hilo, fueron a parar debajo del escritorio, pero he podido recuperarlas, porque no tiro nada.

Poesía sobre las cosas

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Escribir para crear el mundo. Porque todo lo que nos representa habita en ese territorio en el que nosotros no podemos meternos. Así, a medida que crecemos nos vamos sintiendo (o vamos siendo) apoyándonos en aquello que no podemos ser pero que ansiamos calcar-atravesar. De esta idea parte este libro de Martín Armada.

«Hombre sentado ahí» es un poemario compuesto con una sensibilidad desbordante que parece hablar de cosas inútiles pero que se centra en lo importantes que ellas son para nosotros, y al decir nosotros, digo construcción de la memoria. Piedras, sillas, vasos, casa. Todo lo que a simple vista está ahí desde siempre y a lo que no le damos importancia, de pronto cobra un sentido profundísimo cuando un hombre se detiene, lo mira, intenta entenderlo, y, a fuerza de nombrarlo, va edificando el futuro, sin ruido, como si pintara un paisaje.

Así, como si se tratara de un viaje, Armada va construyendo o describiendo el mundo, y a través de ese nombrar lo que ve, da forma a lo que existe debajo de lo que ve. Su consigna es tallar su nombre, para

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, dice. Y esta, llamémosle, profecía se vuelve cada vez más contundente a medida que avanza la lectura. Porque la poesía termina siendo una manera de explicarse entendiendo que no podemos explicarnos fuera de nuestro contexto, que todo lo que nos rodea puede servir para sentar razones y comprensión a lo que somos. Así, al tocar el espacio con la palabra, las piedras y los pequeños objetos del camino le sirven a Armada como punto de referencia para interpelarse y contar(se). Y llega un punto en el que ya no entendemos qué estaba antes y qué ha sido fruto de la imaginación y de la construcción metáforica del texto. Y todo, insisto, expresado desde una cercanía y una sensibilidad asombrosa.

Poesía sobre la naturaleza de las cosas

Si para Lucrecio, que escribió ese poema largo sobre la naturaleza de las cosas, todo lo que existe comparte origen, entonces nombrar lo que nos rodea es describirnos también a nosotros. Por eso, hablar del viento o el sol, es hablar de nuestra identidad y referirse al futuro es nombrar no sólo aquello que nos aguarda más allá del horizonte, donde los árboles lejanos, donde el mar y la arena, sino también lo que habita en ese espacio sin tiempo que supera nuestra galaxia. Esta idea también se asoma en este libro.

Hay en la voz de «Hombre sentado ahí» la idea constante de cosas que se repiten para dejar constancia de lo que es. Y en ese punto podemos enlazar con la idea de Lucrecio, donde si todo surge de lo mismo, entonces comparte historia y devenir; es como un mirar la vida de forma cíclica, ya que

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, como dice un poema. Esto a su vez, permite una segunda mirada: esos gestos repetidos, como rituales, como veranos, como estaciones, se convierten en formas posibles de intentar exprimir la esencia de lo que ata-equilibra-acerca las vidas distintas, y que rompe con la soledad del vacío. El asomo de esta imagen tiene un cierto impacto en la lectura.

Sin embargo, como cíclica que es la vida y reiterativa que termina siendo la búsqueda poética e identitaria, todo ese camino de indagación puede resultar también inútil cuando

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, quizás porque a la larga si todo nace de una semilla idéntica lo que quede de nosotros no será más que eso, algo inútil, sólo susceptible de formar-crear-transmutar en otra cosa que no será nosotros, ni el poema. A lo mejor, árbol, piedra, vaso o viento. Esta mirada circular hacia la nada también me parece de las cosas rescatables de este poemario.

En definitiva, la poesía de Armada se construye desde lo que nos rodea, práctico, tácito para abrazar una realidad más compleja que se escapa de la compresión, algo que sólo podemos tocar sentados, mirando hacia el vacío (ese viento al que se refirió tanto Leopoldo María Panero), algo que se parece a la vida, y que a la vez no tiene nada que ver con ella.

Me (y les) debía esta lectura. No dejen de acercarse a la poética sencilla pero intensa de Martín, cierren los ojos y viajen con él.



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