Charles Baudelaire: el crítico más moderno

Charles Baudelaire

La publicación de Las flores del mal en 1857 supuso un antes y un después en la poesía francesa. Su autor, Charles Baudelaire, había vivido para ese entonces una contundente experiencia que incluía escándalos, deudas, amores turbulentos y varios fracasos editoriales. Ese libro demostraría que todo lo vivido el poeta había sabido convertirlo en lenguaje escrito. Su empeño por trabajar con un lenguaje cercano e imágenes sórdidas le convertirían en uno de los autores más leídos de su generación, que influiría notablemente en poetas tanto franceses como de otras lenguas. En el artículo de hoy queremos ocuparnos de su faceta menos conocida: su trabajo crítico, puesto que fue uno de los primeros críticos modernos, defensor de pintores como Eugène Delacroix y Constantin Guys, que allanó el camino para autores ineludibles como Walter Benjamin.

Vida y obra de Baudelaire

Charles Baudelaire nació en París en 1821. Tuvo una infancia de mucho sufrimiento porque a la muerte de su padre siendo un niño pequeño se le sumó la convivencia con un padrastro que lo maltrataba. Su inclinación artística no era muy bien recibida en la familia y generó un conflicto entre el orden burgués y la vocación artística, que estaría muy presente en toda su obra.

A Baudelaire le gustaba la buena vida y decidió usar su herencia para experimentar el meoyo de las cosas. Su padrastro intentó corregir su conducta enviándolo a un viaje a la India, esperando que se convirtiera en el hombre que él y el mundo deseaban, pero Charles era harina de otro costal: consiguió escaparse y sostener su libertad a cualquier coste. Este viaje fue crucial para desarrollar su manera de pensar el mundo.

A su regreso a París, Baudelaire experimentó la modernidad como vértigo y como desarraigo. A partir de estos dos elementos se articula toda su obra, donde, por un lado, hay lucidez e intensidad gozosa; pero, por otro, el tedio, la asfixia y el avance tremendo de las máquinas jugarán un papel de contraste hacia la desesperación. Todo esto es importante porque condensa la gran idea de su pensamiento: la modernidad no es un viaje de entusiasmo únicamente, sino uno en el que se toma conciencia de la fugacidad.

Las flores del mal es el libro donde mejor podemos apreciar ese viaje. Un texto donde conviven lo sublime y lo abyecto, el perfume y la podredumbre, la plegaria y la blasfemia. Un libro que no fue bien recibido en su tiempo y que incluso fue objeto de censura, pero al que, en el presente, volvemos con la sensación de que no hay nada que se le parezca.

Charles Baudelaire falleció el 31 de agosto de 1867, en Paris, Francia. Tenía 46 años y padecía sífilis. Sus restos descansan en el Cimetière du Montparnasse, junto a su padrastro, el general Aupick. Cada año el lugar donde ha sido enterrado recibe miles de visitantes que van a llevarle flores al que supo hacer de la poesía y el pensamiento un artefacto luminoso y sombrío, lo más moderno que leeremos nunca.

Las flores del mal y su autor

«Las flores del mal», la gran obra de Charles Baudelaire

Baudelaire, el crítico moderno

Para Baudelaire lo moderno se define como lo transitorio y lo fugitivo. Lo formula en su obra El pintor de la vida moderna donde hace una rotunda defensa del trabajo de Constantin Guys. A partir de ahí, Baudelaire se iría convirtiendo en uno de los grandes defensores de las nuevas ideas artísticas que habían llegado para quedarse. Para él, lo moderno es una materia artística legítima, aunque la academia de su tiempo siguiera privilegiando lo histórico o lo mitológico. Su defensa de aquellos autores y pintores que supieron captar la vida urbana en sus obras fue sumamente importante. Fue el primer crítico que pensó la actualidad como un territorio fértil, alejándola de la trivialidad a la que se la solía relegar.

Otra característica que lo convierte en un crítico moderno es su apasionada, sólida y estética reflexión sobre el presente. En Baudelaire la defensa debe ser pulsiva e intelectual al mismo tiempo. La crítica no debe pretender ser neutral, debe servir para interpretar su tiempo. Y, en un mundo moderno, la ciudad debe estar en el centro, porque estética y experiencia urbana van de la mano. Podríamos decir que, a partir de él, la ciudad moderna entra en la teoría del arte, lo que supuso un cambio radical en la concepción que existía tanto en el arte como en la crítica de arte.

Para sostener sus argumentos, Baudelaire se apoyó fundamentalmente en la obra de Eugène Delacroix, a quien defendió con entusiasmo; lo denominó «el gran pintor de su tiempo» por su magistral uso del color, la imaginación y su capacidad para plasmar estados interiores en imágenes aparentemente triviales. Lo mismo hizo al pensar en la obra de Constantin Guys, de quien destacó su capacidad para plasmar escenas efímeras de la vida urbana: paseantes, soldados, mujeres elegantes, cafés, bulevares. Utilizó ambas obras para demostrar que, en un mundo que está en constante transformación, la visión del artista no puede seguir anclada al pasado sino que debe mirar su tiempo, plasmarlo, intervenirlo.

En Baudelaire, podríamos decir, el artista se relaciona con el mundo de una nueva forma, porque entiende que lo eterno sólo puede encarnarse en el presente y la belleza está en los pequeños gestos de la vida comunitaria. Una manera tremendamente revolucionaria de pensar la creación y el pensamiento, que ha influido de una forma contundente en el arte y la crítica de la historia posterior. Aunque Baudelaire no inventó la modernidad nos señaló el camino para mirarla de una manera nueva, y aprovechar el paso del tiempo como una herramienta de reflexión y transformación.

Charles Baudelaire

Charles Baudelaire enseña una manera nueva de mirar la ciudad



Debes estar registrad@ para poder comentar. Inicia sesión o Regístrate.