Autor: Darío Daniel Lugo
I
El día después de mi muerte,
mis pies dejaron de tocar el suelo.
La luz dejó de pegarme
y la oscuridad se hizo presente.
El viento dejó de sentirse cálido,
el reflejo engañoso dejó de reflejarse en el espejo.
Aprendí a vivir donde lo innombrable calla
y el silencio gobierna;
donde el olvido se hace fuerte
y el abismo no tiene fin.
Espacio infinito del no lugar,
ecos de sombras,
vecinos de arenas negras.
II
No hay peso en el alma que flota,
ni tiempo que mida la ausencia.
La memoria es una huella remota
que pierde al fin su existencia.
Aquí no hay mañanas ni auroras,
solo el murmullo del viento dormido;
soy el espectro de todas mis horas,
el rey coronado en el reino del olvido.
Las arenas negras guardan mi nombre,
las sombras no preguntan quién fui;
dejé en la tierra la forma del hombre
para ser la noche que habita en mí.
-
Autor:
Dario Daniel Lugo (
Offline) - Publicado: 31 de julio de 2026 a las 11:28
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 7
- Usuarios favoritos de este poema: Daniel Omar Cignacco, Sergio Olivas, Clan

Offline)
Comentarios1
Un poema atmosférico e hipnótico. Me impactó mucho la transición entre la pérdida de la sensibilidad física en la primera parte y la consolidación de esa nueva identidad abstracta en la segunda ('para ser la noche que habita en mí'). Logra construir un universo desolado pero profundamente poético.
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.