Autor: Darío Daniel Lugo
I
El día después de mi muerte,
mis pies dejaron de tocar el suelo.
La luz dejó de pegarme
y la oscuridad se hizo presente.
El viento dejó de sentirse cálido,
el reflejo engañoso dejó de reflejarse en el espejo.
Aprendí a vivir donde lo innombrable calla
y el silencio gobierna;
donde el olvido se hace fuerte
y el abismo no tiene fin.
Espacio infinito del no lugar,
ecos de sombras,
vecinos de arenas negras.
II
No hay peso en el alma que flota,
ni tiempo que mida la ausencia.
La memoria es una huella remota
que pierde al fin su existencia.
Aquí no hay mañanas ni auroras,
solo el murmullo del viento dormido;
soy el espectro de todas mis horas,
el rey coronado en el reino del olvido.
Las arenas negras guardan mi nombre,
las sombras no preguntan quién fui;
dejé en la tierra la forma del hombre
para ser la noche que habita en mí.