Qué pena, Dios, que tú,
creador de maravillas,
que faces multitudes
de féminas preciosas
pletóricas de arrobo
(y en números ingentes,
tan vastos como granos
de arenas de las playas
y como las estrellas
del alto firmamento),
por ser tan solo espíritu
—un ente no corpóreo,
abstractus, intangible—,
o por tu propio arbitrio,
no cojas sus encantos
y en ellas te complazcas,*
ni obtengas de sus goces
sexuales, inefables,
los éxtasis sublimes...
Consolador de cuitas
a cualesquiera horas,
sin importar los días
los meses ni los años,
lo cual abarca todas
las épocas humanas,
empero sobre todo
—oráculo fatídico—
los tiempos venideros,
aciagos, angustiosos:
la gran tribulación...
Consolador de cuitas,
qué lástima que tú
no tengas ni siquiera
la mínima porción
del útil usufructo:
La hembra más lozana,
venusta, voluptuosa,
sensual y complaciente;
tu amante de consuelo.
* Mt. 3.17: "Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia".
(Reina-Valera 1960 [RVR1960])
lunes, 8 de junio de 2026
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Autor:
Alek Hine (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 11 de julio de 2026 a las 00:17
- Comentario del autor sobre el poema: A) Estrellas: Gn. 15.5; 22.17. B) Arenas: Os. 1.10; Ro. 9.27. C) Consolador: Is. 51.12; 52.9; Jer. 31.13; Sal. 86.17; Jn. 14.16. D) Gran tribulación: Jer. 30.7; Dan. 12.1b; Mt. 24.21. (Reina-Valera 1960 [RVR1960]).
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 6
- En colecciones: Verso blanco.

Offline)
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