Qué pena, Dios, que tú,
creador de maravillas,
que faces multitudes
de féminas preciosas
pletóricas de arrobo
(y en números ingentes,
tan vastos como granos
de arenas de las playas
y como las estrellas
del alto firmamento),
por ser tan solo espíritu
—un ente no corpóreo,
abstractus, intangible—,
o por tu propio arbitrio,
no cojas sus encantos
y en ellas te complazcas,*
ni obtengas de sus goces
sexuales, inefables,
los éxtasis sublimes...
Consolador de cuitas
a cualesquiera horas,
sin importar los días
los meses ni los años,
lo cual abarca todas
las épocas humanas,
empero sobre todo
—oráculo fatídico—
los tiempos venideros,
aciagos, angustiosos:
la gran tribulación...
Consolador de cuitas,
qué lástima que tú
no tengas ni siquiera
la mínima porción
del útil usufructo:
La hembra más lozana,
venusta, voluptuosa,
sensual y complaciente;
tu amante de consuelo.
* Mt. 3.17: \"Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia\".
(Reina-Valera 1960 [RVR1960])
lunes, 8 de junio de 2026