MANOS QUE AÚN LAVAN EL MUNDO

JUSTO ALDÚ


AVISO DE AUSENCIA DE JUSTO ALDÚ
Estaremos en ausencias intermitentes.

Hay noches

en que la mesa parece inocente.

 

El pan está caliente,

el vino respira en la copa,

y alguien dice algo trivial

para evitar lo importante.

 

Podría ser hoy.

Podría ser cualquier casa

donde la gente se reúne

a compartir lo poco que tiene

y lo mucho que calla.

 

El tiempo ha pasado,

sí, pero la escena se repite

con variaciones mínimas:

ya no hay túnicas,

hay camisetas;

no hay cálices,

hay vasos desiguales;

no hay apóstoles,

hay amigos que revisan el teléfono

mientras alguien intenta hablar de amor

sin sonar ridículo.

 

Y, sin embargo,

algo invisible se sienta a la mesa.

 

No se ve,

pero pesa.

 

Es esa tensión suave

que aparece cuando alguien

decide servir

en un mundo que solo entiende de servirse.

 

Porque lavar pies hoy

no tiene buena prensa.

 

Hoy se lava la imagen,

la reputación,

las manos

-sobre todo las manos-.

Pero los pies…

los pies siguen cargando el polvo

de caminos que nadie quiere mirar.

 

El hombre de Nazareth

se arrodilló.

No por humildad estética,

no por estrategia emocional,

no para ganar seguidores.

Ni ser tendencia -hoy día-

Se arrodilló

como quien rompe una ley no escrita:

la de no tocar lo sucio del otro.

 

Y eso,

hoy, sigue siendo peligroso.

 

Porque amar de verdad

implica agacharse,

ensuciarse,

quedarse

cuando sería más fácil levantarse e irse.

 

En algún lugar esta noche

alguien cuida a otro sin aplausos,

alguien cocina para quien no puede,

alguien escucha sin interrumpir,

alguien perdona

aunque nadie lo celebre.

 

Y eso—

eso es el escándalo.

 

Mientras tanto,

el mal es inenvejecible

solo aprendió modales.

¡Ja! Ahora se sienta correcto,

habla con calma,

firma papeles,

da órdenes limpias

que terminan en heridas sucias.

 

Ya no grita:

gestiona.

Pero sigue ahí,

respirando entre brindis,

esperando su momento,

afilando la noche.

 

Y la traición…

la traición no entra con ruido.

Se desliza

como una idea razonable:

“no es para tanto”,

“todos lo hacen”,

“no pasa nada”.

 

Y pasa todo.

 

El pan se parte.

El vino se ofrece.

Alguien sabe

que no todos entienden.

 

Alguien sabe

que el amor,

cuando es verdadero,

no dura solo la cena.

 

Dura la noche,

la duda,

el abandono,

el golpe,

el silencio después.

 

Sí, el Jueves Santo

no terminó en aquel comedor.

 

Se repite

cada vez que alguien decide

amar sin garantías,

servir sin contrato,

dar sin cálculo.

 

Cada vez que unas manos

-cansadas, anónimas-

tocan la miseria del mundo

y no se retiran.

 

Porque al final,

no importa cuántos años pasen,

ni cuántas guerras cambien de nombre.

El mundo sigue necesitando

algo tan simple

y tan insoportable:

que alguien se arrodille sin miedo

y lave lo que nadie quiere tocar.

 

JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026

 

* “inenvejecible” sería un neologismo de tipo derivativo, formado al jugar con prefijos y sufijos sobre una raíz conocida.

Mahatma Gandhi
Limpió letrinas con sus propias manos.
Vivió como los más pobres.
👉 Su “lavatorio” fue cotidiano: ensuciarse para dignificar lo que otros despreciaban.

Teresa de Calcuta
Lavaba y cuidaba a enfermos abandonados.

Joseph Smith
- restauración de una práctica inspirada en ese acto, pero sin un episodio personal equivalente que tenga el mismo peso narrativo o teológico.

En la Europa medieval, varios monarcas practicaban el lavatorio de pies en ceremonias conocidas como Maundy.

La más conocida tradición continuó con Isabel II, aunque transformada en la entrega de monedas simbólicas.
Antiguamente, los reyes lavaban literalmente los pies de pobres.

👉 Era una coreografía del poder: el rey seguía siendo rey… pero por un momento jugaba a ser siervo ante los ojos de Dios.

Según lo que he leído el gesto de Jesús no es fácil de repetir, porque no se trata solo de arrodillarse, sino de invertir el alma del poder.

Algunos lo imitan con agua.
Otros con actos silenciosos.
Y unos pocos… con toda su vida.

Dirán: Pero Justo Aldú es cristiano o duda...

Pero la pregunta -como un eco antiguo- sigue flotando:

¿Es humildad cuando se ve… o solo cuando nadie está mirando?

 

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Comentarios +

Comentarios9

  • Santiago Alboherna

    tenes una notable habilidad para bajar el mensaje religioso a la vida cotidiana, y darle una practicidad fuerte, poderosa, q hace muy bien al alma. Gracias Aldú.

    • JUSTO ALDÚ

      Pues hombre es que respeto lo que cada uno crea o piense, incluso a los agnósticos... A los de otras religiones lejanas, porque resulta que todos somos seres humanos, ellos a su manera, nosotros a la nuestra. Y eso que no comparto la radicalidad de esos locos "chiitas", no eso no. Solo fíjate lo que agregué. La vida nos muestra una serie de situaciones que vaya...

      Muchas gracias por tu lectura y comentario.

      • Santiago Alboherna

        así es, se respetan todas las creencias mientras no violen los derechos de la gente, como esos locos chiítas.
        Cordial abrazo mi estimado

      • El Hombre de la Rosa

        Tu generosa pluma entrega las palabras a tus preciadas estrofas estimado Panameño y amigo Justo Aldú
        Saludos de Críspulo desde España
        El Hombre de la Rosa

        • JUSTO ALDÚ

          Muchas gracias por tu visita y comentario Críspulo.

          Saludos

        • El desalmado

          Hermoso poema que pone en valor la pura experiencia religiosa, más allá de las instituciones o poderes políticos que intentan manipularla.

        • El desalmado

          Con todo el cariño y el respeto, quisiera también puntualizar algunos comentarios que se han vertido aquí sobre los llamados "locos chiítas". Calificar de "locos" a casi 200 millones de personas me parece, cuanto menos, un tanto arriesgado. De hecho, los chiítas tienen una de las tradiciones de literatura mística más ricas de la humanidad y una sofisticada civilización, que os invito a que investiguéis. Demasiado a menudo tenemos la tendencia a comparar los más elevados ideales propios con las más bajas realidades ajenas. Como bien dijo Jesús: "quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra".
          Un fuerte abrazo fraterno.

          • JUSTO ALDÚ

            Entiendo y valoro lo que señalas, y tienes razón en algo fundamental: no es justo ni preciso reducir a una comunidad tan amplia y diversa a una etiqueta descalificadora. La riqueza cultural, espiritual y literaria de esas tradiciones está ahí, y merece ser reconocida sin simplificaciones.

            Dicho esto, mi intención no apuntaba a un pueblo ni a una corriente en su totalidad, sino a esos grupos radicales y fíjate bien que lo escribí / RADICALES. que, desde el poder en determinados contextos, imponen interpretaciones extremas de la ley religiosa -como la sharia- y aplican castigos como latigazos o incluso la muerte. Es ahí donde sitúo la crítica: en la violencia institucionalizada, no en la identidad de millones de personas.

            Conviene hacer esa distinción para no caer en injusticias ni en generalizaciones. Señalar el abuso no implica negar la complejidad ni la dignidad de una cultura.

            Agradezco tu apunte, porque ayuda a afinar el enfoque y a mantener el respeto donde debe estar. Un abrazo.

            • El desalmado

              Comparto por completo tu punto de vista y agradezco mucho tu aclaración.
              Un abrazo.

            • CARMEN DIEZ TORÍO

              Querido amigo, Un día más, tu poema no solo se lee: se ve y se siente. Traes, de manera magistral, una escena conocida a un terreno completamente actual sin que pierda peso; al contrario, lo gana. Esa mesa donde el móvil ocupa el lugar central, donde el amor parece haber quedado vetado como algo ridículo, está retratada con una verdad que incomoda y, a la vez, ilumina. Me cala especialmente esa idea de que hoy el verdadero escándalo es servir, agacharse, dar sin pedir nada a cambio, en un mundo donde imperan el poder, la imagen y el estatus social.Y el final es precioso: esa mirada hacia la labor anónima de tantos “nazarenos” que, lejos de focos y reconocimientos, cuidan, acompañan y sostienen a otros cada día. Sin duda, son ellos quienes celebran de verdad el amor fraterno que se nos quiso enseñar. Gracias por hacernos reflexionar, una vez más, sobre lo importante. Feliz día. Un abrazo.

              • JUSTO ALDÚ

                Bueno Carmen, no sé si magistral -gracias por el cumplido-, pero manifiesto lo que veo en relación a lo tantas veces dicho hace miles de años. Sabes, cuando me siento a la mesa con la familia, recojo celulares para compartir de forma más personal..
                Y nada, que en esas presencias discretas de las que escribo, sin ruido ni reconocimiento, es donde el sentido se mantiene vivo. Son gestos pequeños, pero sostienen mucho más de lo que parece. Lo que debería ser natural —servir, dar, inclinarse hacia el otro— parece haberse vuelto extraño, incluso fuera de lugar.
                A veces se teme pecar de tonto o que abusen de uno.
                Gracias por tu mirada atenta y por decir las cosas con tanta sensibilidad. Un abrazo grande.

              • MISHA lg

                bellas y valiosas tus letras que solo cambia el escenario
                gracias por compartir

                El tiempo ha pasado,

                sí, pero la escena se repite

                con variaciones mínimas:

                ya no hay túnicas,

                hay camisetas;

                no hay cálices,

                hay vasos desiguales;

                no hay apóstoles,

                hay amigos que revisan el teléfono

                mientras alguien intenta hablar de amor

                sin sonar ridículo.

                besos besos
                MISHA
                lg

                • JUSTO ALDÚ

                  Asi es mi estimada amiga, solo cambia el escenario, pero en el fondo las cosas siguen siendo las misma.

                  Muchas gracias por tu visita y comentario.

                • Javier Julián Enríquez

                  Muchas gracias, amigo JUSTO, por este magnífico poema, en el que se percibe sutilmente una reflexión acerca de la superficialidad que caracteriza a nuestra era y la pérdida de valor de las acciones auténticas y generosas. Así, la voz poética sugiere de manera sutil pero evidente, una tensión presente en las interacciones humanas, donde la apariencia de normalidad puede ocultar una reserva en confrontar la profundidad de los lazos y las responsabilidades que acompañan al amor y la compasión. En este sentido, el poema, mediante una simbología que recuerda la Última Cena, desafía la percepción de un altruismo meramente estético o estratégico, que lo contrasta con la entrega radical de arrodillarse para servir. Por otra parte, se evidencia que la verdadera magnitud del amor, en su expresión más auténtica, trasciende la efímera conveniencia de la interacción social, que pide la disposición a «agacharse, ensuciarse, quedarse», es decir, a comprometerse activamente con la vulnerabilidad del otro. Desde este punto de vista, se diría que este acto de servicio desinteresado, ejemplificado en la figura del hombre de Nazareth, se presenta no como un acto de humildad superficial, sino como una transformación consciente de la norma social que privilegia la autopreservación y la evitación del contacto con la «suciedad» del prójimo, tanto física como existencial. En el contexto actual, se puede interpretar que el poema transmite la idea de que el «mal» contemporáneo, en lugar de manifestarse con la misma intensidad de antaño, ha adoptado una forma más sutil y discreta, camuflándose en la eficiencia burocrática y la apariencia de corrección. La traición, por su parte, no se manifiesta de manera abrupta, sino que se insinúa sutilmente a través de la normalización de la indiferencia y la minimización de la responsabilidad, erosionando progresivamente la autenticidad de las relaciones hasta que la profundidad de los gestos de amor verdadero queda opacada por la superficialidad de las interacciones diarias. La repetición cíclica del Jueves Santo, bajo esta interpretación, trasciende su significado como un evento histórico manifestándose en cada ocasión en que una persona decide comprometerse desinteresadamente en lugar de hacerlo por intereses egoístas, y en cada vez que alguien decide servir a los demás sin esperar nada a cambio. A medida que nos adentramos en el poema, se percibe que nos invita a reflexionar sobre la verdadera humanidad, representada en aquellas manos que, con humildad y dedicación, se inclinan a tocar la miseria del mundo sin vacilar. Por ende, estas manos encarnan un acto de amor profundo y desinteresado, un recordatorio necesario en una sociedad que a menudo se muestra incapaz de enfrentar las realidades que nos desafían.
                  Recibe un cordial saludo y fuerte abrazo con mi más afectuoso aprecio

                  • JUSTO ALDÚ

                    Javier Julián, has dado con el pulso central del poema.

                    Esa tensión que señalas entre apariencia y verdad es, justamente, el terreno donde quise situarlo: no en los grandes gestos, sino en lo cotidiano, donde se decide —casi sin ruido— si se ama de verdad o solo se representa. Si te das cuenta mis últimos poemas convergen en lo cotidiano
                    Aparte, yo coincido contigo en que el problema no es la ausencia de bien, sino su dilución en formas cómodas, aceptables, pero vacías de entrega real.

                    Tu lectura sobre el acto de arrodillarse como ruptura de la norma es clave. Ahí no hay símbolo decorativo, hay un gesto que incomoda porque exige implicación, contacto, incluso desgaste. Y eso es lo que hoy se evita: no el discurso del amor, sino su práctica concreta.

                    También aciertas al ver esa transformación del mal en algo más sutil. Ya no irrumpe, se instala. No niega, suaviza. Y en ese terreno la indiferencia hace más daño que el rechazo abierto.

                    Gracias por tu lectura precisa y por ir más allá de la superficie. Un abrazo.

                  • Alexandra I

                    Es notorio tu mensaje, en fecha tan especial, gracias por ello, es una invitacion a la reflexión, gracias.

                    Saludos, feliz día, Alex.

                    • JUSTO ALDÚ

                      Muchas gracias Alexandra por tu amable visita y comentario.

                      Saludos

                    • Rafael Escobar

                      Has pintado un lienzo perfecto sobre la hipocresía de todas las celebraciones religiosas de la grandes denominaciones que existen. las cuales no son más que las cajas fuertes de quienes las dirigen. Con mi fraternal abrazo viaja hacia ti mi sincera admiración a tu escrito, y mi gran aprecio a tu generosa amistad.

                      • JUSTO ALDÚ

                        Rafael, tu lectura es aguda, casi como una lámpara que no teme alumbrar rincones incómodos; sin embargo, lamento discrepar contigo. No pinto hipocresías como quien fabrica espejismos de amores imaginarios; mi intención no es esa. Tampoco hablo de todas las celebraciones: si tomas el “lavatorio de pies” como si fuera el universo entero, creo que la mirada se nos quedó corta, como un mapa que olvida continentes.
                        Repito un comentario que te hice anteriormente, mis mejores amigos son agnósticos asi como tú. Cada cual cree o no en lo que quiere o no es así?

                        Es cierto —y en eso coincidimos— que la religión ha sido, durante siglos, utilizada como herramienta de dominación. Basta recordar a Enrique VIII, quien, al no obtener permiso para su divorcio, quebró la unidad con Roma y fundó su propia iglesia, doblando la fe al deseo del poder.

                        También es innegable el peso de las acusaciones que han marcado a instituciones religiosas: pederastia, desfalcos, alianzas políticas y apoyos a movimientos como Solidaridad en Polonia junto a Lech Wałęsa. Y más atrás, los evangelios apócrifos —esas voces apartadas del coro oficial— nos hablan de una historia sagrada que también fue seleccionada por manos humanas. Incluso el Corán ha atravesado el filo del cuestionamiento.

                        Pero en medio de ese entramado, persiste algo que no admite cadenas: el derecho al libre pensamiento. Yo leo sobre aquel hombre de hace dos mil veintiséis años, y en muchas de sus palabras encuentro reflejos vivos en nuestro presente. Lo demás… pertenece al fuero interno de cada quien, a esa región donde nadie más puede dictar sentencia.

                        Recibo tu abrazo con gratitud, y te devuelvo el mío, con el aprecio intacto y la certeza de que disentir, cuando es honesto, también es una forma de respeto.



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