Hay noches
en que la mesa parece inocente.
El pan está caliente,
el vino respira en la copa,
y alguien dice algo trivial
para evitar lo importante.
Podría ser hoy.
Podría ser cualquier casa
donde la gente se reúne
a compartir lo poco que tiene
y lo mucho que calla.
El tiempo ha pasado,
sí, pero la escena se repite
con variaciones mínimas:
ya no hay túnicas,
hay camisetas;
no hay cálices,
hay vasos desiguales;
no hay apóstoles,
hay amigos que revisan el teléfono
mientras alguien intenta hablar de amor
sin sonar ridículo.
Y, sin embargo,
algo invisible se sienta a la mesa.
No se ve,
pero pesa.
Es esa tensión suave
que aparece cuando alguien
decide servir
en un mundo que solo entiende de servirse.
Porque lavar pies hoy
no tiene buena prensa.
Hoy se lava la imagen,
la reputación,
las manos
-sobre todo las manos-.
Pero los pies…
los pies siguen cargando el polvo
de caminos que nadie quiere mirar.
El hombre de Nazareth
se arrodilló.
No por humildad estética,
no por estrategia emocional,
no para ganar seguidores.
Ni ser tendencia -hoy día-
Se arrodilló
como quien rompe una ley no escrita:
la de no tocar lo sucio del otro.
Y eso,
hoy, sigue siendo peligroso.
Porque amar de verdad
implica agacharse,
ensuciarse,
quedarse
cuando sería más fácil levantarse e irse.
En algún lugar esta noche
alguien cuida a otro sin aplausos,
alguien cocina para quien no puede,
alguien escucha sin interrumpir,
alguien perdona
aunque nadie lo celebre.
Y eso—
eso es el escándalo.
Mientras tanto,
el mal es inenvejecible
solo aprendió modales.
¡Ja! Ahora se sienta correcto,
habla con calma,
firma papeles,
da órdenes limpias
que terminan en heridas sucias.
Ya no grita:
gestiona.
Pero sigue ahí,
respirando entre brindis,
esperando su momento,
afilando la noche.
Y la traición…
la traición no entra con ruido.
Se desliza
como una idea razonable:
“no es para tanto”,
“todos lo hacen”,
“no pasa nada”.
Y pasa todo.
El pan se parte.
El vino se ofrece.
Alguien sabe
que no todos entienden.
Alguien sabe
que el amor,
cuando es verdadero,
no dura solo la cena.
Dura la noche,
la duda,
el abandono,
el golpe,
el silencio después.
Sí, el Jueves Santo
no terminó en aquel comedor.
Se repite
cada vez que alguien decide
amar sin garantías,
servir sin contrato,
dar sin cálculo.
Cada vez que unas manos
-cansadas, anónimas-
tocan la miseria del mundo
y no se retiran.
Porque al final,
no importa cuántos años pasen,
ni cuántas guerras cambien de nombre.
El mundo sigue necesitando
algo tan simple
y tan insoportable:
que alguien se arrodille sin miedo
y lave lo que nadie quiere tocar.
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* “inenvejecible” sería un neologismo de tipo derivativo, formado al jugar con prefijos y sufijos sobre una raíz conocida.
Mahatma Gandhi
Limpió letrinas con sus propias manos.
Vivió como los más pobres.
👉 Su “lavatorio” fue cotidiano: ensuciarse para dignificar lo que otros despreciaban.
Teresa de Calcuta
Lavaba y cuidaba a enfermos abandonados.
Joseph Smith:
- restauración de una práctica inspirada en ese acto, pero sin un episodio personal equivalente que tenga el mismo peso narrativo o teológico.
En la Europa medieval, varios monarcas practicaban el lavatorio de pies en ceremonias conocidas como Maundy.
La más conocida tradición continuó con Isabel II, aunque transformada en la entrega de monedas simbólicas.
Antiguamente, los reyes lavaban literalmente los pies de pobres.
👉 Era una coreografía del poder: el rey seguía siendo rey… pero por un momento jugaba a ser siervo ante los ojos de Dios.
Según lo que he leído el gesto de Jesús no es fácil de repetir, porque no se trata solo de arrodillarse, sino de invertir el alma del poder.
Algunos lo imitan con agua.
Otros con actos silenciosos.
Y unos pocos… con toda su vida.
Dirán: Pero Justo Aldú es cristiano o duda...
Pero la pregunta -como un eco antiguo- sigue flotando:
¿Es humildad cuando se ve… o solo cuando nadie está mirando?