Llega la tempestad y, en medio de las oceánicas y frías aguas agitadas de la vida, nuestra nave zozobra, se va a pique... Quedamos a merced de la furia del mar, desprovistos de todo, sin más que un salvavidas pegado a nuestro cuerpo... Faltos de fuerzas, nos aferramos a Dios, quizá como último recurso... o como el único en tales circunstancias.
La imagen anterior es un caso extremo, pero los humanos somos tan débiles, que no necesitamos vernos en una situación así para acudir a Dios. ¿A cuál Dios? Al que cada uno tenga en su cabeza. En lo que a mí respecta, hace mucho que lo deseché como algo real, y solo queda el recuerdo de una vaga idea.
lunes, 3 de febrero de 2020
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Autor:
Alek Hine (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 3 de febrero de 2026 a las 21:27
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 5

Offline)
Comentarios1
En una novela de Isabel Allende de cuyo título ahora no me acuerdo se lee que el cura en lo alto de púlpito agrede, insulta y maldice a los fieles porque éstos han renunciado a Dios, porque no iban a misa: desde ese momento en que leí esto, pero ya desde muchos años antes, supe, tenía claro que cuando una iglesia se llena el primero que sale corriendo de ese lugar es ese Dios de esta pobre gente incauta.
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