Llega la tempestad y, en medio de las oceánicas y frías aguas agitadas de la vida, nuestra nave zozobra, se va a pique... Quedamos a merced de la furia del mar, desprovistos de todo, sin más que un salvavidas pegado a nuestro cuerpo... Faltos de fuerzas, nos aferramos a Dios, quizá como último recurso... o como el único en tales circunstancias.
La imagen anterior es un caso extremo, pero los humanos somos tan débiles, que no necesitamos vernos en una situación así para acudir a Dios. ¿A cuál Dios? Al que cada uno tenga en su cabeza. En lo que a mí respecta, hace mucho que lo deseché como algo real, y solo queda el recuerdo de una vaga idea.
lunes, 3 de febrero de 2020