«Veinticuatro horas en la vida de una mujer» de Stefan Zweig

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Stefan Zweig es una figura ineludible de la literatura europea del siglo XX, y no sólo de la literatura. Como buen judío luchó por la consolidación de la idea europea (como espacio de unión fraterna y sin orilla). Pero la vida lo fue obligando contra los límites y, perseguido por el régimen Nazi, terminó viviendo en Brasil, donde pasó sus últimos años aterrado con la idea de que la violencia y la xenofobia se propagaran por todo el mundo. Esa idea y la soledad del expatriado lo llevaron a quitarse la vida en febrero de 1942. Hoy escribo sobre Zweig y «Veinticuatro horas en la vida de una mujer», una novela corta pero exquisita que no deberían perderse, y que pienso que es una de las mejores lecturas para acercarse a este autor.

Una novela sobre el deseo

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«Veinticuatro horas en la vida de una mujer» es una reflexión en torno al deseo. Me explico. Si bien hay en esta lectura una intensa observación moral sobre la conducta de los esposos-amantes y la fidelidad, se destaca una mirada sensual sobre lo que nos hace criaturas sintientes, y nos invita, con esa forma lírica tan Zweig, a que nos apropiemos de las emociones y busquemos entender el mundo de una forma menos obtusa.

La historia transcurre en dos tiempos. Por un lado una ruptura amorosa que se produce por un engaño y provoca una álgida discusión sobre la dicotomía responsabilidad-deseo. Por el otro, un romance cortísimo que permite reflexionar sobre la naturaleza del deseo y la forma en la que la educación nos enseña a «conducirlo».

Se inicia la primera parte con siete personas que se encuentran alojadas en una casa-pensión, transcurriendo unas tranquilas vacaciones. La calma se interrumpe cuando aparece un joven apuesto, sumamente atento, que cautiva a todos los presentes con su buena educación y su capacidad de empatía para con todos. Cuando unos días más tarde se marcha los presentes no hacen más que hablar de su impresionante atractivo. Pero entonces se descubre que al marcharse se ha ido acompañado de una de las inquilinas, que ha abandonado a su marido y a sus dos hijas sin importar las consecuencias de dicha decisión. Este suceso deriva en un cambio rotundo en la mirada hacia aquel joven y en una discusión en torno a la naturaleza moral del acto cometido por aquella mujer (esposa y madre), hacia la cual la mayoría de los presentes manifiesta su desprecio.

El juego, entre Zweig y Dostoyevski

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En la segunda parte Zweig nos presenta una analogía entre la forma en la que se construye el deseo sexual y amoroso y el que provocan otras pasiones, como el juego. Una viuda descubre a un joven que está perdiéndolo todo a causa del juego; tanto la conmueve esa imagen que se impone la responsabilidad de salvarlo. Pero el deseo se inmiscuye entre ambos y genera una tensión que de forma extraordinaria detalla Stefan.

En este punto, cabe un apunte sobre la cercanía literaria y reflexiva entre Zweig y Dostoyevski. La forma en la que Stefan trabaja esa desaforada pasión lúdica y la que nos mostró Dostoyevski en «El jugador» es muy parecida. Esta novela, además, presenta similitudes y quizá podría leerse como un homenaje a «Las noches blancas» del escritor ruso. Es sólo un detalle pero evidentemente para mí no podía pasar desapercibido.

«Veinticuatro horas…» es una novela que ofrece múltiples miradas sobre una misma cosa y permite entender los matices que existen entre las relaciones de pareja y la sexualidad.

Y ahora, llegados a esta altura de la lectura, puede que estén pensando que en el fondo «Veinticuatro horas…» trate de una historia trivial, de cuernos y poco más, pero déjenme enfatizar en que es mucho más que eso. Lo más interesante es que Zweig no se detiene en el acto del engaño sino que apunta a explicar la forma en la que deseamos (aquello que no siempre podemos-debemos tener) y en ese sentido me parece una obra extraordinaria que escarba en el sentido de la existencia y su choque violento contra la radicalidad de las estructuras sociales (y morales).

Además, tenemos que destacar ese punto de reflexión que impone siempre Zweig, sobre la importancia de mirar las situaciones de forma aislada, de no apresurarse a sacar conclusiones y, en todo caso, de buscar la empatía con los protagonistas y no el rechazo o el juicio moral.

Sin duda se trata de una novela maravillosa que no podía faltar en nuestro desván de los libros perdidos. Y la he recordado a propósito de la película de Maria Schrader, «Stefan Zweig: Adiós a Europa», ¿han ido a verla? ¡No se la pierdan!



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