Tres mujeres rechazadas por la RAE

Rosa Montero y Carlos García Gual se han quedado fuera de la Real Academia Española por no obtener los suficientes votos para ocupar la silla ‘M’. Ahora se suman a la larga lista de los rechazados para formar parte de esta tanto prestigiosa como controvertida institución.

En ocasiones, no fue suficiente que los candidatos demostrasen tener cualidades suficientes para ocupar el puesto (siendo intelectuales comprometidos con la lengua y con dilatadas carreras ya sea como filólogos, periodistas, novelistas o poetas) para convertirse en académicos. La vida es así, supongo. Sin embargo, otras veces, no fue por falta de votos sino por el hecho de ser mujeres que se les negó el acceso.

Entre las muchas mujeres que se quedaron fuera me interesa especialmente el caso de tres de ellas, de trabajos distinguidos, con los que ayudaron a resolver problemas de la lengua muy significativos y que lucharon por la difusión de la literatura en épocas de muchas dificultades sociales y económicas. Hoy me ocupo de ellas: Gertrudis Goméz de Avellaneda, Emilia Pardo Bazán y María Moliner.

Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873)

La llamaban Tula y se destacó por ser una escritora intensa, precursora del movimiento feminista en España y una importante poeta de su tiempo. Se destacó también como dramaturga y novelista, ofreciendo una mirada creativa innovadora y expresiva.

Gracias a su capacidad para expresarse y compartir sus ideas se vinculó con los grupos intelectuales de su tiempo y llegó a conseguir que su opinión tuviera una cierta relevancia. En 1853 se presentó como candidata para ocupar la silla que abandonara tras su muerte Juan Nicasio Gallego. Las tenía todas consigo: un dominio de la lengua indiscutible, un conocimiento del mundo de las letras y una actitud de investigación y pasión académica; sin embargo, fue rechazada.

Era la candidata perfecta, pero los académicos de entonces ni siquiera aceptaron su candidatura, ni siquiera votaron al respecto. Hubo sí un pleno en el que se discutió si era correcto que una mujer entrara en esa institución reservada para hombres, y un NO rotundo se escuchó en toda la sala. No se pusieron en duda las estrictas normas que existían para ingresar a la institución: ser hombre.

Resulta más impactante saber que quien insistió en su favor fue Azorín, pero sus argumentos no fueron precisamente alentadores. Convencido de que Tula debía formar parte de tan prestigiosa institución porque con ella se había cometido:

Emilia Pardo Bazán (1851-1921)

Fue la precursora del naturismo en España y al igual que Gertrudis se preocupó por poner en palabras la difícil situación que atravesaban las mujeres de su tiempo. Feminista y luchadora por los derechos de las mujeres, en su obra plasmó una genuina preocupación por revertir la situación de explotación y anulación que observaba en las mujeres de su época.

Sobradas pruebas dio también de su valía como autora, ofreciendo novelas en las que sociedad y naturaleza son protagonistas y que permiten una mirada hacia la extraña relación que mantenemos con nuestro entorno.

Emilia también gozaba de las cualidades necesarias para entrar a la RAE y fue rechazada por no llamarse Emilio. No se rindió: tres veces se presentó, y las tres recibió un NO como respuesta. El mundo de las letras mantiene con ella una deuda que jamás será saldada.

María Moliner (1900-1981)

Moliner fue filóloga, bibliotecaria y lexicógrafa. Posiblemente las tres ocupaciones fundamentales en lo que respecta a la divulgación de la lengua. Desarrolló además interesantísimos textos en torno a la importancia de las bibliotecas en la educación y, sobre todo, en los ambientes periféricos. Dedicó la última mitad de su vida a estudiar el origen y significado de las palabras y a buscar nuevas formas de explicarlas.

Sin duda, ningún rechazo fue más sonado que este y es posible que nadie más que ella se mereciera ocupar ese sillón. La pasión por la lengua demostrada por Moliner, constatada en su maravilloso diccionario, desarrollado con mimo, entusiasmo y paciencia, y de cuyas investigaciones continuamos aprovechándonos, la convierten en una indiscutible y necesaria representante de la lengua. ¿Por qué negarle ese espacio?

Después de haber publicado el “Diccionario del uso del español” en el que buscó una forma más sencilla de explicar los conceptos sonó como una posible candidata, sin embargo, las mismas razones se oyeron por cada rincón: es una institución de hombres. Y Moliner se quedó fuera en una silla que ocuparía unos años más tarde Carmen Conde, en la primera excepción de la lustrosa institución.



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