Similitudes entre ser extranjero y ser lector

Similitudes entre ser extranjero y ser lector

Me gustan los viajes. Pienso que los lugares se asemejan mucho a los libros y la experiencia de viajar a la de leer: llegas, te instalas y de pronto te encuentras viviendo una historia que no se parece en nada a la que tenías antes.

Viajar nos transforma, al igual que la lectura lo hace. Podríamos decir qué rasgos de nuestra personalidad pertenecen a nuestra vida anterior y cuáles son el producto de una serie de experiencias y razonamientos adoptados en nuestro «nuevo hogar».

Los libros nos ayudan a crecer; los lugares también lo hacen. Y la clave para darnos cuenta cuánto amamos un lugar o cuán bien nos sentimos en él es reconocer si somos o no capaces de ver sus debilidades a la vez que admiramos su belleza. En definitiva, lo mismo que nos sirve para descubrir si un libro nos ha cautivado y lo consideramos realmente interesante o simplemente nos ha entretenido.

Nativos VS extranjeros

El lugar de nacimiento es especial para los nativos: en él tienen rincones que adoran, experiencias que recuerdan con sabor dulce y un sinfín de cosas curiosas y bellas para destacar. Ese mismo lugar también suele ser especial para los extranjeros. Esos seres errantes (o no tanto) que llegan, a veces con vistas de quedarse, y se instalan; esos que sin darse cuenta, un día se descubren enamorados de esos mismos rincones que adoran los nativos. A veces una imagen, un aroma, una sensación se te pega en los huesos y ya no te abandona.

Ser extranjero no es tan diferente a ser lector. Los lectores somos capaces de viajar a cientos de kilómetros de distancia en instantes, instalarnos en casas que no nos pertenecen más que en la ficción, relacionarnos con personas que nunca hemos visto en nuestra realidad y hablar idiomas que ni siquiera somos capaces de farfullar: ¡es la magia de la lectura!

Similitudes entre ser extranjero y ser lector

Bárbara Álvarez Plá publicó en la Revista Ñ una preciosa nota sobre su estancia en Buenos Aires. En su caso, llegó para quedarse solamente dos meses: ya lleva siete años en esta ciudad. Dice que ama Buenos Aires aunque señala ciertos defectos porteños; los que más detesta: el ruido y el desorden. La lectura de su artículo me ha dado pie para explayarme sobre el tema, porque me parece sumamente interesante.

Cuando llegas a una ciudad grande y vienes de un pueblo te sientes extranjero; cuando debes cambiar tu forma de vestir o de mirar a la gente porque la cultura con la que te topas es diferente, te sientas foráneo. Y esta experiencia si bien tiene sus cosas complicadas, no tiene por qué ser necesariamente triste o negativa. Cuando nos vamos podemos ver lo propio desde una perspectiva más objetiva y entender mejor nuestra cualidad de mortales.

Similitudes entre ser extranjero y ser lector

Ser patriotas extranjeros

Nunca encontré personas más argentinas que en el exterior. Los argentinos que salen se sienten tan lejos, tan nostálgicos (tal vez, como sus antepasados se sintieron lejos de su Italia, de su Francia, de su España…) que sienten una necesidad imperiosa de ponerse la camiseta; quizás para asegurarse a sí mismos de que la vida afuera no los cambia, de que aman a su tierra más que a su lugar de residencia, de que son patriotas… No obstante, viven afuera.

En Londres hay muchísimos españoles, y se apiñan entre sí, porque necesitan seguir con sus marchas y la vida mediterránea. Les encanta la ciudad, la noche londinense, pero la viven al mejor estilo español porque no pueden desprenderse de la calidez de su tierra, de la necesidad de partirse de risa… Cuando sale el sol, cosa solo probable durante la primavera y el verano, los españoles salen como hormigas a tenderse en las plazas como si se les fuera la vida en ello. Y así es.

Cuando nos convertimos en extranjeros aprendemos a mirar lo propio con cercanía o a desearlo más lejos, según el caso. Lo cierto es que cambiamos la perspectiva y entendemos si nos sentimos cerca de nuestros compatriotas o deseamos mantener la distancia no solamente física. Lo mismo ocurre cuando leemos, somos capaces de vivir esa realidad planteada en la ficción y apropiarnos de ella, ya sea para confirmarla o para reconocernos en el camino opuesto al del protagonista.

Similitudes entre ser extranjero y ser lector

Adaptarse a la vida extranjera puede ser difícil, incluso si se comparte el propio idioma, y no tiene que ver con la distancia física, sino con el hecho de ser conscientes de que estamos fuera, de que ya no vivimos en nuestra tierra, de que no veremos al vecino de toda la vida saludándonos al pasar, de que ya no seremos jamás la misma persona.

Vivir afuera es tomar una mayor conciencia de que cambiamos, de que todo cambia, de que la rueda gira y que todo lo que vivimos nos transforma. Hay algo que dice Bárbara que me parece muy interesante y que serviría para iluminar este párrafo.

 

Similitudes entre ser extranjero y ser lector

Comprendí a fondo sus palabras cuando reconocí el efecto de ellas en mí. Cuando una nostalgia grisácea me embargó. Cuando nombró San Telmo, (para mí el barrio más hermoso de Buenos Aires: no, por su fama turística, sino porque en él hay rincones llenos de historia para mí), y me vi caminando por esas calles, en otra vida. Ser extranjero es eso: dividirte en dos o en cuantas partes sea necesario, (podemos ser extranjeros de muchos lugares a la vez) y estar dispuesto a descubrir el sabor dulce de la nostalgia: ser conscientes de que tenemos recuerdos es la mejor forma de sabernos vivos.

La perspectiva del extranjero y del lector

Buenos Aires está viva, dice Bárbara. Esta es otra de las cosas en la que los extranjeros siempre llevan ventaja sobre los nativos. Han visto otras realidades, han sentido otros aromas, saben lo que es una ciudad quieta, y pueden distinguir a aquellas que no lo están.

La mirada de un extranjero sobre una ciudad es como la de un nuevo lector en un libro. Muchas veces los autores se sorprenden de que los lectores saquen ciertas conclusiones de sus libros que ellos nunca se pusieron a pensar. Tiene que ver con lo que hablábamos antes de la perspectiva; las miradas de los lectores siempre enriquecen las historias.

Cuando un extranjero irrumpe en una ciudad es capaz de entenderla mucho más; posiblemente, porque tiene con qué compararla.

Es cierto que ser extranjero a veces nos deja muy a la intemperie, porque sentimos que no hay adónde volver y que donde estamos no es del todo «nuestro»; no obstante, saber apreciar esa perspectiva semi ajena puede ser clave para apreciar mucho más nuestro entorno y disfrutar de las pequeñas cosas que siempre son grandes en cada lugar. Definitivamente, convertirse en extranjero es aprender a leer mejor los libros de los paisajes.

Similitudes entre ser extranjero y ser lector

Comentarios1

  • Pruden

    Muy bueno! Y muy aleccionador ese momento de integrarte en la piel de esa ciudad, a veces tan desconocida, tan ajena, tan distante que te absorbe y te digiere con impasibilidad increíble...
    Esas vidas paralelas que casi todos arrastramos en el devenir de cada jornada y que pocos conocen ni entienden, ni tampoco parece interesarles.
    Pero que ahí están!



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