Relectura (a dos orillas) de «Hacerse el muerto», de Andrés Neuman

Nueva lectura, a dos orillas, de "Hacerse el muerto" de Andrés Neuman

Cuando era niña solía marearme durante los viajes largos. Entonces, mamá me hacía lugar en el asiento delantero de la larga camioneta e inmediatamente, la náusea desaparecía. Para mí era como un juego divertido y excitante. Siendo la penúltima de diez hermanos, era la única forma de saltarme las jerarquías y avanzar por delante de los otros.

La parte delantera de un vehículo es la menos vulnerable al zamarreo, por eso yo debía viajar ahí, respondía mi madre ante las quejas de mis hermanos. Yo sabía que no era eso lo que me calmaba, sino la posibilidad de abarcar con mis ojos la ruta, antes de que la camioneta se «la morfara». A través de la ventanilla, podía ver todo lo que el paisaje tenía por delante para mí e, inmediatamente, detrás. Ver era lo que evadía los mareos.

Cada vez que leo a Andrés Neuman recupero las sensaciones de entonces. Me siento en el asiento delantero y me aferro a una lectura sólida que me ayuda a evadir la náusea de lo desconocido: el temor de que toda la literatura sea un inmenso coche sacudiéndose y que nada me resulte lo suficientemente estable. Neuman se lleva la náusea. Leerlo es creer que escribir es sencillo, casi un juego de niños.

En 2011 la Editorial Páginas de Espuma, la más preciosa que existe en lo que a cuento se refiere, publicó la primera edición de «Hacerse el muerto», en España.

En esta obra encontramos narraciones intensas con ritmos y puntos de vista diferentes; donde se destaca la oralidad de la primera persona (en anécdotas contadas por seres lenguaraces que no pueden siquiera tomarse el respiro que exige el punto porque la vida les pesa demasiado, porque les ocurren demasiadas cosas, aunque, como la mirona, no quieran asumirlo) y la paciencia y la introspección (en relatos que son como tiernos besos narrativos al mañana, pese a la incertidumbre que rodea ese día, como le ocurre a Moyano).

Nueva lectura, a dos orillas, de "Hacerse el muerto" de Andrés Neuman

El año pasado Páginas de Espuma sacó la versión argentina de estos cuentos, con previa revisión del autor. Este artículo es el resultado de una lectura a dos orillas, parafraseando a Juan Casamayor, de una obra que les recomiendo doblemente; o sea, en ambas versiones.

La versión argenta, así como la española, viene dividida en seis partes, nominadas de la misma forma, aunque con algunos pequeños cambios estructurales. El orden de los cuentos de la primera y la última parte es diferente. Hay un cuento que se ha eliminado (Fahrenheit.com) y que ha sido reemplazado por otro que es un regalo delicioso para los buenos lectores (Tres autores en busca de una metáfora). Y, por último, hay sutiles cambios en el uso del lenguaje entre un volumen y otro.

No voy a repasar el libro parte por parte porque no quiero arruinarles el asombro propio de la primera lectura; simplemente resaltaré aquellas cosas que me han llamado más la atención, esos cambios sutiles que me han hecho sonreír, reír o pensar.

Leer a Neuman es siempre emprender un camino al centro de la lengua. Sus textos son tan vigorosos que se prestan para cualquier tipo de lectura: para leerlos y quedarnos simplemente saboreando la trama o para ir mucho más allá del límite de los significados y descubrir un mundo delicioso, lleno de metáforas y variopintos guiños.

Jugar y pensar en hacerse el muerto

Tumbarse en el agua boca arriba y dejarse llevar por la corriente, o en el suelo, cesando de respirar: en eso consiste el juego de hacerse el muerto; el que a tantos nos conquistó de pequeños. Era divertido «irnos», y entender, precisamente por eso, que seguíamos vivos.

Este cuentario se abre a nosotros de una forma sencillísima, partiendo de un juego inocente y divertido, para llegar a analizar los asuntos más recónditos del alma humana. Pero, hay que decirlo, siempre al estilo Neuman: haciéndonos creer que somos los lectores los que descubrimos las cosas; es decir, dándonos el protagonismo de la narración.

Este libro, remitiéndonos a ese lejano juego, puede ayudarnos a recuperar la inocencia perdida (porque seguimos siendo niños) para entender dónde estamos parados y volver a ilusionarnos. «Hacerse el muerto» es mirar nuevamente la vida desde la seguridad de una ventanilla inmensa y clara.

Nueva lectura, a dos orillas, de "Hacerse el muerto" de Andrés Neuman

Nos hacemos los muertos, como cuando niños, y ese juego (y este libro) nos desnuda, y deja en evidencia la delgada línea que divide lo trágico de la comedia. En ese límite en el que la seriedad y lo lúdico se encuentran, habita este maravilloso libro: donde la tensión se disputa entre el dolor y la risa, y donde las verdaderas protagonistas son las cosas más sencillas e inútiles de la vida.

«Hacerse el muerto» es un perfecto compendio de las diversas formas que tenemos y experimentamos de continuar ligados a ese juego: de vivir de forma efímera, de despedirnos, de no hacerlo, de amar, de no poder amar, de buscar la compañía para quedarnos solos, de renunciar a la vida porque estamos cansados o devastados.

Este libro es también una alegoría a la propia literatura: ese espacio en el que la vida se recrea como en un juego y nos muestra algo que sabemos que no es cierto pero que nos permite aferrarnos a lo que sí tenemos la certeza de que existe. La literatura, como los juegos, nos enseña más de nosotros mismos que la propia experiencia, por eso la necesitamos, para no marearnos y ver con claridad lo que hay delante, y actuar en consecuencia.

Nueva lectura, a dos orillas, de "Hacerse el muerto" de Andrés Neuman

La muerte y el lenguaje

Despedirnos de los seres que amamos debe ser seguramente la cosa más difícil de aprender (si es que se puede aprender alguna vez). «Una silla para alguien» es un pequeño rincón de este libro donde las lágrimas nos desbordan y la tristeza se asienta para hurgar en lo más profundo de nosotros mismos.

Me detengo en esta esquina del libro porque es donde más se notan las diferencias lingüísticas entre ambas ediciones. La forma en la que nos despedimos (ya sea por un tiempo o definitivamente) es diferente en cada país, y esto marca una distancia abismal en la forma en la que procesamos la pérdida en cada orilla.

Cuando leemos la edición española el yo narrador se dirige a su madre (de quien va a despedirse) al modo español «de tú», en la argentina, lo hace voseando. Al margen de las cuestiones personales, que sin duda las hay, estos cuentos son alucinantes para comprender los finos matices comunicativos, para entender lo cerca y lo lejos que se encuentran ambos idiomas: el español y el argentino.

En España dicen «carguen» y en Argentina, «preparen», piensa Moyano. En España, el joven a su madre convaleciente le dice «Siéntate, por favor», mientras que ese mismo muchacho en Argentina le habría dicho (ahora lo hace) «Sentate cuando quieras». Esas mínimas sutilezas iluminan la esencia de estos cuentos y proveen de identidad a cada una de estas ediciones.Esos matices lingüísticos son los que vuelven imprescindible ambas lecturas (a dos voces a ser posible).

Inocencia y suturas familiares

En «Anabela y el peñon» (minuto 22:30) el aire entra y sale, pero lo hace a destiempo.

En este cuento hay varias diferencias (parte de arriba del traje de baño / pieza de arriba del traje de baño) (ella nunca les prestaba atención / ella nunca les hacía caso), (hay más). No obstante, me centraré en unas diferencias que me llamaron especialmente la atención y que, intuyo, no tienen que ver con la localización del lenguaje sino con la composición del perfil psicológico de los personajes.

En un momento, el protagonista dice:


Y más adelante:


¿Por qué detenerme en estas sutiles diferencias? Porque me resultan muy pero muy interesantes e intrigantes. Mi humildísima hipótesis es que, como el narrador es un chico sumamente introvertido e imaginativo (ya verán por qué lo digo) no puede exteriorizar lo que siente o piensa. Por eso el aire no puede salir por su boca; hasta que le ocurre algo que lo ayuda a calmarse y, recién entonces, las palabras aparecen y el aire sale.

¿Por qué es diferente en cada versión? No tengo ni idea. Y tampoco voy a hacer suposiciones; no quisiera convertirme en alguien que cree saber qué piensa o pensó tal o cual escritor cuando escribió esto o aquéllo. Simplemente, comparto lo que me ha hecho elucubrar este sutil cambio. Ya las razones que haya tenido Neuman para usar una y otra construcción, serán respuestas que tendrá que darnos él, si quiere; de otra forma, nunca lo sabremos. Bueno, hasta que aparezca ese biógrafo que asegure conocer los secretos creativos de Andrés y toda la pandilla de las letras caiga rendida a sus pies. (Creo que leer a Neuman me atiza la ironía).

Observar la vida desde el lenguaje

La versatilidad y variedad en la obra de Neuman es algo que nunca deja de sorprenderme. Esto no sólo está relacionado con la capacidad de crear argumentos llamativos y curiosos, sino también, de jugar con el lenguaje de formas impresionantes. Sus monólogos son una forma brillante de presentarte personajes que hablan en primera persona y que te cuentan sus vidas, vidas que de otra forma, no te resultarían interesantes.

Lo breve aquí alcanza su límite más precioso, estos relatos además de breves son minimalistas: capturan pequeñas instantáneas de un día en la vida de alguien que sabemos que vive días exactamente iguales desde hace tiempo, que vive haciéndose el muerto pero que lo ignora, o quizás lo sabe y no le preocupa. Estos monólogos son algo maravilloso. No he encontrado diferencias entre las dos ediciones, pero no quería cerrar el artículo sin mencionarlos. Entre todos ellos, aunque es una decisión difícil, me decanto por el «Monólogo de monstruos» porque ahí la ironía y las sutilezas transforman el lenguaje en un retorcido espacio donde todas las leyes pueden entrar en conflicto.

Todavía me mareo frente a la escritura; pero para equilibrar la balanza he aprendido a leer con voracidad para que la náusea no me conquiste. Por eso, mi consejo: si son personas propensas a marearse, olviden este caótico texto, mejor, lean a Neuman.

Leamos a Neuman, miremos por la enorme ventanilla de su escritura y, como Arístides, sintamos que tenemos todo el lenguaje por delante.



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