La libertad que nos enseña Anne Carson

¿Por qué vamos a leer a Anne Carson?

Anoche me dormí leyendo los poemas de Anne Carson y hoy no sé si sigo leyéndola o si por alguna fuerza centrífuga del lenguaje he quedado atrapada en un limbo donde lo material parece falso y lo único que existe es el lenguaje. Estoy dentro del sueño, de los poemas de Carson, vuelvo al éxtasis que te provoca leerla por primera vez. Porque verdaderamente con la lectura pasa; la primera vez es la que no se olvida, la que te cambia para siempre. A Carson le han dado el Princesa de Asturias y tengo sentimientos encontrados, similares a los que me asaltaron cuando se lo dieron a Hustvedt. Un miedo que tiene que ver con la forma que tiene este sistema de parasitar las rebeliones, las voces significativas y de adormecer nuestra lucha. Sobre este miedo escribo aquí, desde el amor a la Carson y a esa libertad que siempre he encontrado y disfrutado en su poesía.

El silencio que da miedo

La naturaleza de la poesía de Carson es inetiquetable. No parece posible pensar que en español alguien sea capaz de escribir así, con esa irregularidad sonora y esa fuerza. No he leído una poesía en español constituida así, y es el mejor momento para que alguien me contradiga, porque lo necesito. Esto que a simple vista puede parecer una crítica contra nuestras poetas es en verdad una pregunta en torno a la naturaleza de la traducción poética: donde no hay una sino como mínimo dos voces que se entroncan (la de la autora y la de la traductora). Por esta razón premiar la poesía desde un idioma no materno, desde el idioma en el que no fue escrita, me parece un poco loco, quizá hasta peligroso. No ocurre lo mismo con la narrativa, donde el lenguaje sigue una lógica y debe responder ante ciertas estructuras. Donde la sintaxis es más rigurosa y las palabras significan, casi siempre, lo que significan.

Y ligado a esto me surgen muchas inquietudes. Quien premia la obra de Carson ¿lo hace desde la tradición inglesa o poniendo en comparación su obra con la de nuestra propia tradición? Yo creo que estas son preguntas que tenemos que hacernos. Sin duda tenemos que alegrarnos por el reconocimiento de la obra de una mujer, y de una mujer como Carson; no obstante, hay cuestiones de fondo que no estamos conversando. Eso es lo que digo.

Y ¿cuál es el beneficio que extrae dicha institución con esta decisión? Siempre hay beneficios pretendidos en este tipo de decisiones. Éstas son algunas de las preguntas que me hago.

Pero hay otra cosa que me asusta más. Y es cómo el mundo periodístico se ha levantado rápidamente a elaborar críticas contra la premiación de la obra de Cristina Morales y su posible falta de ética al aceptar dos de los galardones más importantes de este país, y no han dicho ni mu respecto a que el Princesa se le otorgue a una mujer con una obra firmemente antisistémica y combativa, ¿qué esconde este silencio? Y mientras lo escribo temo terriblemente que alguien malinterprete mi amor indiscutible hacia todo lo que ha caído a mis manos de esta autora canadiense. No es mi amor lo que está en duda sino la motivación de nuestras instituciones y sus hilos invisibles.

Vamos a leerla y a recordar aquello que vive en el lenguaje

Esto que dice Anne Carson es seguramente una forma de intentar la vida y nuestra relación con la lectura. En su caso, halló la libertad en la tradición clásica para volver a casa con las manos llenas y la poesía como emblema. Ahora que todos hablan de ella, yo también quiero hacerlo.

Me resulta verdaderamente fascinante la forma en la que las poetas anglosajonas nos sacuden. Hay algo en esa estética que nos imprime devoción, y sin embargo, cuando analizo las traducciones desde lo estructural, desde lo melódico, hay algo que no encaja. A la Sexton la han traducido muy malamente, y sin embargo, incluso esas traducciones han conseguido que todos la adoremos. Con Anne Carson quizá hayamos tenido un poco más de suerte, y sin embargo, es más la fuerza, el sentido del poema, que dice Montalbetti, que la estética lo que nos punza, lo que nos sacude al leer sus traducciones.

Y aquí viene el último punto que me ha hecho chispas estos días, que tiene que ver con lo que decía al principio: desde qué lugar se premia una obra, desde dónde se lee para decir que es excelente, desde qué perspectiva no sólo cultural sino sobre todo lingüística. Premiar la poesía es premiar a quien la escribió. Y esto puede resultar una idiotez pero no creo que lo sea tanto cuando se trata de un premio que se da en un país que no comparte idioma con el de la obra. O sea, que en este caso, lo que sabemos, lo que nos ha llegado, no es ya la obra de la maravillosa Carson, sino las voces de las traductoras que se han sentido Carson nadando en un lago helado, Carson como en esa foto casi operística, Carson como en esos poemas donde Law se ha marchado y ella siente crujidos dentro del sueño. Me llena de emoción que la poesía de mujeres llegue tan alto, y sin embargo, el Princesa de Asturias no deja de obligarme a hacerme muchas preguntas. No tengo certezas al respecto, sólo dudas. Tampoco vendría mal que este tipo de reconocimientos se hicieran extensibles a quienes se han tomado el trabajo de traducir a estas autoras extranjeras, quienes pasan por la historia de la literatura como si fueran invisibles y a quienes les debemos la posibilidad de explorar esos horizontes extraños sin movernos de casa.

Y sigo pensando en Carson. Y quiero ser Carson con esos ojos, con esa pasión lectora de la adolescencia, con esa capacidad para contar cosas a través de la poesía. Por eso, aclaro, no es lo mismo leer que premiar, abrazar con el alma la obra de cualquier autora, que tener la responsabilidad de decidir dónde va a parar el dinero público, qué idioma alimenta, qué casa engalana, y qué otras posibilidades tenemos de colaborar con la gloria de la literatura.

Comentarios1

  • Norma Cabello

    Excelente Reflexión

    • Tes Nehuén

      ¡Muchas gracias, Norma! Abrazo.



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