«Las islas vertebradas», de Juan Manuel Gil —Editorial Playa de Ákaba—

Es difícil componer unas palabras-ideas-imágenes-fotografías en torno a «Las islas vertebradas» de Juan Manuel Gil (Playa de Ákaba) después de esta preciosidad que escribió Felipe Navarro, que es la reseña que ustedes deberían leer. Sin embargo, haré un esfuerzo e intentaré llevarlos a esas islas y a las sensaciones que este libro me causó.

¿Cuáles son las palabras que nos construyen y mantienen a flote? se pregunta Felipe en esa genial reseña. Y pienso que da en el clavo de lo que esta novela implica. Es más, como se trata de una obra llena de preguntas e inquietudes voy un poco más lejos: ¿por qué esas y no otras palabras? ¿En qué instante se echa la suerte a favor de los tipos de palabras que nos fascinan, de los sonidos de los que no podemos evadirnos, de la tristeza? Sobre todo ello creo que leemos, descubrimos y amamos en este libro. Juan Manuel Gil escribe con frescura y escoge un lenguaje que se halla a mitad de camino entre la economía narrativa y el lirismo, algo que dota a la historia de un gran encanto. ¡Deberían leerla!

Los paisajes desiertos como espejos

En los lugares en los que el viento sopla con demasiada violencia las enfermedades mentales son más comunes, así como la calvicie es más propia de los sitios en los que el invierno casi no existe. La pregunta es si son los lugares los que se parecen a nosotros o si es al revés. Y esa es la segunda pregunta que merodea sobre estas páginas. Pregunta que amenaza con poner patas arriba todo el artilugio narrativo, con los esperanzadores reveces de la vida del protagonista que le llevan a comportarse de formas extrañísimas. Protagonista que es, por otro lado, una criatura peculiar y contradictoria (¿no lo somos todos?) que nos conduce constantemente de la empatía al rechazo, generándonos esa incomodidad que producen los personajes bien logrados, tan parecidos a nosotros.

A lo largo de la lectura vamos componiendo lentamente su perfil.

Se llama Martín de Juan y es un hombre que se inventa una segunda identidad para soñar con otra vida y llegar a otros cuerpos. Un hombre que se sabe herido y que gira en redondo con insistencia, como si en una de esas vueltas el camino fuera a abrirse solo y la vida, a sorprenderlo. Un tipo atormentado que vive en el Parque Holandés, que no sé si será el de Fuerteventura pero podría ser por la descripción árida del entorno. Y aunque tardaremos un rato en saber qué lo llevó a terminar allí, enseguida podemos intuir que no es ese sitio el ideal de hábitat para él.

Hay algo, sin embargo, que le obsesiona a Martín de las islas solitarias, algo que también iremos descubriendo en la lectura. Clipperton. Thule. Soledad. Islas como trozos de cascotes flotando en el océano. Solitarias. Inaccesibles. El iceberg de una obsesión que le vino a partir de otra con nombre propio, Luisavella, una joven que no tiene pensado pisar esos rincones pero a los que viaja cada noche a través de una experiencia oníricoemocional.

En definitiva. En aquel bungalow del Puerto Holandés se ha escondido Martín huyendo de un pasado doloroso. Su paisaje interior es muy semejante al que presentan los riscos del acantilado vecino al Parque Holandés, por eso no resulta nada extraño que lo haya escogido como hogar. Una isla dentro de otra isla. Y si es como dice Felipe que todos somos islas, entonces todas las islas también tienen algo de humanas, de crueles, de inhóspitas, de inaccesibles.

¿No será que de tanto huir hemos acabado varados en una isla solitaria y reseca? Eso también se pregunta Martín. Y a mí me gustaría insistir en la idea de las islas como reflejo de nosotros mismos y nosotros como parte de ella, como si se tratase de una mimetización bidireccional.

En pocas palabras. «Las islas vertebradas» nos zambulle en la historia de este extraño personaje y pone a prueba nuestra capacidad de comprensión. Además, nos obliga a reflexionar en torno a la clase de persona en la que nos hemos convertido.

Foto: Diario de Almería

El hilo invisible que enlaza las palabras y las historias



Palabra. Semilla. Nombre. Tiempo.
Las palabras surgen desde el fondo de Martín y se plasman sobre la mente con la claridad de las listas de la compra. Martín elabora listas de palabras que fluyen. Se trata de una obsesión o costumbre que heredó de su padre y que le sirve para mirar el mundo. Las palabras no significan nada hasta que las pronunciamos. Y ese pronunciar lento de Martín, de palabras seguidas de otras palabras, de sustantivos que se esfuerzan por hilar el curso del pensamiento, le ayuda a sobrellevar la soledad. Porque las palabras son compañeras.

El viaje de Martín. Ese acabar de verdad en una isla le convierte en una especie de náufrago que flota a la deriva y al que cualquier tempestad podría alejar de la playa, porque él ni siquiera puede reconocer la dirección en la que ésta se encuentra. Ojos que no ven corazón que no siente, dicen. Pero es mentira. Cuando los ojos no ven el corazón se encoje de angustia, incapaz de saber a qué sitio mirar-dirigirse y cunde la deseperación. Pero ahí aparecen las palabras, como mantras, como urgente medida de lo imposible. Ahí, en esa rocalla en la que ha conseguido que crezcan algunas flores Martín puede vislumbrar un dejo de luz. Porque incluso los más golpeados somos incapaces de darlo todo por perdido porque nos cuesta creer que pueda echarse a perder la vida en poco tiempo.

Leer «Las islas vertebradas» en este momento fue importante. Hubo luz. Porque es un libro que viene a recordarnos que la literatura puede salvarnos, incluso de aquellas cosas que sabemos imposibles de superar. La literatura nos aleja de la enfermedad, de la orfandad, de las miserias, de nuestros fracasos y nos descubre una mirada nueva sobre esas mismas cosas que sabemos conocidas e imposibles de tragar. La literatura es a nosotros como lo fue para Martín aquel libro de Judith Schalansky, «Atlas de islas remotas», un espejo en el que mirarnos para vernos desde otra perspectiva.

Es este un libro sobre la soledad, que nos acompaña siempre (la asumamos o no), que no pregunta, que se instala desde aquel primer suspiro y se abraza con fuerza a nuestro estómago. Soledad de infancia que lleva a las enfermedades, al alcoholismo, a los cánceres, a los desafortunados intentos amorosos, y que se viste de palabras para que la entendamos, pero sigue siendo siempre la misma: una isla perdida en medio del Ártico a la que es difícil acceder y en la que sobreviven aquellos que consiguen acostumbrarse al frío y al desarraigo.

Fotaza robada a Juan Manuel Gil

Sobre diálogos, narración y fina estética

Y ahora, tres cosas que quiero señalar por la curiosidad que encierran.

La primera es el hecho de que el personaje no haga otra cosa que pensar como un narrador, como alguien apasionado del lenguaje (algo que sobrepasa la dimensión palabras como ristras) y que sin embargo no sea un escritor. Si acaso sueñe con ello. La inquietud ya la tiene, eso está clarísimo.

Lo segundo es la forma en la que Juan Manuel encara los diálogos. Porque me temo que se salta todos los manuales de escritura creativa. Los personajes se apoyan en el lenguaje coloquial, sí, pero hay mucho lirismo también en lo que dicen. Hay belleza. Esa que no hallamos en la realidad cuando nos acercamos a hablar con cualquier persona. Eso por un lado me resultó incómodo, pero con el correr de la lectura lo fui entendiendo; es que en todo el libro hay una intención estética clara que de alguna forma se apoya en la idea de que la vida es difícil, que nacer de nuevo no necesariamente es hacerlo para bien, que a lo mejor no necesitamos ser perdonados y, por otro lado (o por el mismo), que a lo mejor estamos a tiempo de empezar de nuevo (aunque no sea de cero). Es una lectura que nos transmite energía e ilusión en el futuro y también en la intuición. Una esperanza que se ve expresada mediante la elección de un lenguaje que apuesta por la belleza y la sensibilidad, y que busca contagiarnos el placer de la lectura más allá de lo que ocurre, de lo que se dice. En definitiva, que nos invita a pensar que no todo está perdido si todavía se puede escribir como ya no se nos permite.

Lo tercero que me ha interesado es el lugar que ocupa el deseo. Hay momentos de mucha tensión, relatados con fluidez y buen gusto, que nos permiten reflexionar en torno a las muchas formas que adquiere el deseo en nosotros, a sus orígenes-traumas y a la forma en la que conseguimos canalizarlo. Porque así como las palabras se van acomodando y fluyendo con naturalidad, lo mismo ocurre con el deseo: se planta en medio de nosotros y nos obliga a la reconstrucción, a la urgencia de atenderlo.

¡Lean «Las islas vertebradas». He aquí la formulación de mi deseo!


 
LAS ISLAS VERTEBRADAS
Juan Manuel Gil
Playa Ákaba
978-84-946517-7-9
258 páginas
Papel: 15 €
Digital: 5,95 €



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