«El jardín colgante», de Patrick White —Editorial Tres Hermanas—

La guerra, esa constante en la historia de la humanidad, sobre la que se ha escrito tanto y, a la vez, tan poco, es la protagonista fundamental de «El jardín colgante» de Patrick White (Tres Hermanas), una novela rigurosa que nos obliga como lectores a detenernos; a releer párrafos, a subrayar o transcribir frases. Sin duda se trata de una historia en la que ternura y crueldad ejercen peso intentando mover la balanza a uno y otro lado, y cuyo resultado es un extraño equilibrio de sabor agridulce.

El abandono que es para siempre

La guerra, esa avalancha sangrienta que se lo lleva todo, le ha arrebatado a Eirene la infancia y la ha dejado desamparada. Primero fue su padre, más tarde toda la vida se puso patas arriba y todo lo que conocía y le era familiar se volvió lejano. En este punto comienza la historia: su madre sentada en casa de la señora Bulpit, que será quien cuidará de la niña a partir de ahora. Eirene de pie en una habitación extraña y lúgubre, taciturna, nerviosa, presintiendo el final. Pocos libros comienzan con una contundencia tal. «El jardín colgante» te agarra del cuello desde la primera página y una vez que descubres ese mundo sensitivo de la niña ya no puedes dejar de pensar en ella.

Eirene vive con una promesa. Su madre le ha dicho que en cuanto termine la guerra vendrá a buscarla. La niña vive en casa de Bulpit convencida de que sólo está de paso. La guerra terminará, su madre vendrá a buscarla y volverá a esa Grecia conocida donde no llama la atención por su aspecto o su acento. A esa Grecia que es patria y donde habitan sus recuerdos. Pero en esa nueva vida conoce a Gilbert, otro niño abandonado que está a cargo de la señora Bulpit, también despojado del pasado. Y en el jardín descuidado que hay detrás de la casa, los dos niños intentarán aferrarse a algo que les mantenga vivos.

Acercarse a Gilbert, le permite a Eirene sentirse menos sola; pero esa experiencia la obligará a su vez a convencerse de que la guerra es para siempre, porque ni esa esperanza de regresar ni la voz de los seres conocidos volverán a ser las mismas después de todo aquello, ni ella volverá jamás a ser la niña que abandonó Grecia huyendo de la guerra. La herida se abre en su interior y va creando surcos que sabe que jamás sanarán. Y ante esa situación: ante la evidencia del abandono más absoluto, la niña aprender a acorazarse para que el mundo no la devore.

Sin embargo, en su interior continúa habitando esa niña abandonada que late siempre en la memoria junto al último recuerdo que tiene de su madre: esa última noche que pasaron juntas, cuando la promesa cobró forma. Y esa imagen-esperanza es un salvavidas en medio de la desilusión y la tristeza, que le sirve a Eirene a mantenerse a flote, en aquella casa en la que se siente rara y ajena. Aunque la niña entiende que la extranjería, como la guerra y la muerte, también es para siempre, esa esperanza será su luz, su pequeño talismán de supervivencia.

La voz de la ternura contra la crueldad

Una de las cosas más fascinantes de este libro es la relación entre Eirene y Gilbert, los dos niños abandonados. Con «El jardín colgante», Patrick White nos da una clase magistral sobre la construcción de personajes y da vida a un mundo sólido e inquietante. Lo que a simple vista parece sencillo: una relación entre dos niños que van dejando la infancia, tiene el ingrediente de la guerra, de la violenta ruptura con lo conocido y con lo amado, lo que los lleva a necesitar construir sobre el derrumbe. Y la forma en la que White los acerca, me parece realmente interesante.

Eirene y Gilbert son dos niños abandonados durante la Segunda Guerra Mundial que se buscan intensamente, con ternura, con odio, con salvajismo, que necesitan entender la humanidad, la experiencia de estar vivos de todas las formas posibles y que perciben que hay en el otro un mundo oscuro que es responsable del propio dolor.

La forma en la que se entrelazan las vidas de Eirene y Gilbert me parece extraordinaria; los sentimientos que afloran en ellos y la manera en la que intentan asirse a una isla en medio de aquella oscuridad bélica es maravillosa. Tan sólo por esto creo que vale la pena leer esta novela con un espíritu crítico, para aprender y extraer aquellos matices propios de la creación literaria.

El dolor del lenguaje

Patrick White no es un escritor al uso. Al zambullirnos en «El jardín colgante» lo primero que llamará nuestra atención será esa forma versátil que adquiere la voz narradora, que va trashumando de un personaje a otro y de a ratos se convierte en un observador omnisciente, casi.

Esta forma de trabajar la voz narradora me ha resultado sumamente reveladora y pienso que le da a la historia el movimiento adecuado para que la quietud de la inestabilidad no le robe intensidad. No podemos ser Eirene porque también tenemos que estar preparados para ver la vida desde otra perspectiva, la de Gilbert, la de su madre, incluso la del mundo exterior. Esto de pasar de un personaje a otro nos permite mirar las cosas con cierta perspectiva.

Las palabras nos atraviesan, porque el vocabulario y la narración nos obligan a posicionarnos constantemente, responsabilizándonos sobre los hechos y los dolores. Y, de alguna forma, sentimos ese profundo deseo de arrancar las palabras que hieren a nuestra protagonista, de reescribir la historia y devolverle a ella esa vida en la que era feliz, esa vida en la que no había guerra.

«El jardín colgante» es una novela sobre nuestro tiempo, que les recomiendo muchísimo. En una nueva traducción de Raquel Vicedo que no tiene pérdida, y en manos de una editorial que nos está regalando relecturas imprescindibles y fabulosas, como «Cumbres borrascosas», de Emily Brontë. ¡Lean «El jardín colgante» como quien intenta entender el dolor que habita detrás de nuestras puertas y abracen por un ratito a esa niña rota por la guerra!


 
 
EL JARDÍN COLGANTE
Patrick White
Traducción: Raquel Vicedo
Tres Hermanas Ediciones
978-84-944348-1-5
192 páginas
19 €



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