«Un hombre bajo el agua», de Juan Manuel Gil —Expediciones polares—

«Un hombre bajo el agua» de Juan Manuel Gil es una novela preciosa sobre la memoria dormida sacudida por la escritura.

Cuando hablo con mi amiga Elena que vive en Madryn, y me cuenta que han vuelto las ballenas y que el finde se van a Pirámides, por un ratito, viajo a ese sur del que nunca te vas del todo. También estuve allí al leer Un hombre bajo el agua, de Juan Manuel Gil (Expediciones Polares). Porque el mapa de la novela se dibuja entre Almería y la Patagonia, y visibiliza los puntos en común de estos dos sures bellísimos y áridos. Estamos ante una novela extraordinaria que cuestiona los ejes sobre los que se sostiene nuestra noción de realidad y fantasía, y lo hace con una estética prolijísima –perdonad el argentinazgo– y una historia que mantiene la tensión y nuestro interés durante todo el tiempo que dura la lectura. Ojalá que nadie se la pierda.

Sobre la autoficción que nos queda

Aprender a desdoblarse, mirarse desde fuera y construir ficción con el material de la vida cotidiana es seguramente uno de los mayores desafíos de la escritura. Y sino, preguntadle a los editores que vienen recibiendo –con esto del boom de la autoficción, que parece que se creen que acaban de inventarlo– libros sosos donde un escritor o escritora cuenta sus viajes, sus peripecias, sus tristezas infantiles y sus flagelos de pobrecito yo, y que se publican como churros pero todos sabemos que duran dos telediarios. Libros que terminan olvidándose, porque también esto pasará. Porque la literatura se construye de aquello que trasciende y para llegar a esa semilla hay que primero determinar la importancia de la sinceridad y las necesidades estéticas del relato que se afronta.

En su libro «Grandes éxitos», Antonio Orejudo se pregunta qué sentido tiene esforzarse tanto en borrarse de la escritura y si no sería mejor dejarse ver, mostrarse íntegro, partiendo de la base de que en ese contrato escritor-lector ambas partes sabemos que lo narrado es mentira, que todo es un cuento. Un punto de partida extraordinario para un libro en el que construye y deconstruye lo que podríamos decir que es la teoría del género autoficcional. Orejudo aparece y desaparece, como una especie de fantasma. Una identidad ficcionada que parece intentar robarle la identidad a aquel que escribe. Un cruce de dobles que ofrece posibilidades jugosísimas para el ejercicio literario.

Y he pensado en Antonio porque intuyo que Juan Manuel Gil persigue el mismo objetivo con esta novela: dejarse ver, en un personaje que es él y a la vez no. Y el resultado ha sido una novela apta para una gran variedad de lectores: capaz de alimentar el morbo de aquéllos que buscan autores y no libros y de satisfacer al mismo tiempo el deseo de los que se lanzan a los libros en busca de aventuras para encontrarse a ellos mismos. Y sigo. Estamos ante una novela que reivindica el único tipo de autoficción que vale como literatura: donde el yo es un fantasma y actúa como un recurso más del andamiaje, y esto significa que su identidad sólo es relevante en tanto y en cuanto colabora con la construcción de la trama y su contexto.

Los personajes que palpitan

Seguramente es uno de los primeros temas de cualquier taller de escritura: la construcción de los personajes y su evolución. Sin embargo, muchos de los escritores consagrados parecen haber reprobado esta materia. No es el caso de Juan Manuel Gil. Ya me había sorprendido este aspecto en «Las islas vertebradas» pero aquí, como la variedad de personajes es mayor y la novela en sí, más ambiciosa, he estado especialmente atenta. Y me ha vuelto a sorprender positivamente. No sólo la construcción de los personajes sino también la forma en que se van incorporando a la trama, me parece absolutamente acertada. Lo que intento decir es que, los perfiles de los personajes son retorcidos, y a través del juego de oposiciones Juan Manuel Gil consigue que nuestros juicios varíen según avanzamos en la historia. Así, los mismos personajes que en su primera aparición nos resultaron atractivos, después hacen lo posible por arruinar esa idea que teníamos de ellos. Del mismo modo, a medida que leemos, también podemos amigarnos con aquéllos que a primera vista no nos resultaron muy simpáticos. Con todo esto, Gil ha demostrado tener una gran capacidad para otorgar realismo a sus criaturas, lo que se ve reflejado no sólo en los diálogos sino en la credibilidad de sus comportamientos, incluso en aquéllos que rozan el absurdo.

Todo comienza con un encuentro casual entre dos adolescentes, que podríamos decir que pertenecen a grupos rivales, junto a una balsa, y el hallazgo de algo que cambiará sus vidas para siempre. El narrador, desde un presente lejano a aquel instante, regresa a ese día porque necesita desvelar su pasado y comprender, a través de los hilos de su propia historia, los mecanismos que se trazan en la experiencia humana para convertirnos en los adultos y adultas que somos. Y en este camino de indagación reflexiona sobre los límites de la literatura, desde un texto que contiene otros textos, una historia que contiene muchos relatos, como una gran muñeca rusa que nunca toca fondo. Y todos los hilos se tejen intentando responder a la pregunta: ¿dónde empieza la realidad y hasta dónde debemos reprimir nuestro instinto para no derrumbar el mundo de los otros? El narrador ha pasado por eso. En el pasado ha permitido que fueran los otros quienes dibujasen la línea circundante a la realidad, que crearan un mapa en torno a la balsa donde su vida había cambiado para siempre, y que lo convencieran de la importancia de creer en ese relato. Pero ahora ha regresado, dispuesto a descubrir quién fue, quién es y también para intuir el por qué de las cosas que le han ocurrido, en un intento desesperado por reescribir su verdad, o mejor aún, de entender si la verdad y la realidad son asibles.

La escritura actúa entonces como un espacio de búsqueda sobre el pasado –quizá lo sea siempre–. Quien recuerda –y narra– desea encontrar el momento en que todo empezó a cambiar, es decir, el punto en el que algo se quebró o se jodió para siempre. De este modo, avanza sobre la realidad y lo abduce la ambición de realismo, ese «pecado» del que sólo podrá salvarlo su capacidad para responder a la pregunta ¿qué es lo cierto y cuánto importa en literatura? Y aquí, quizá encontramos la razón primigenia de la novela. No parece tan importante contar la historia como reflexionar sobre la implicación del autor en el texto, es decir entender aquello que planteaba Orejudo, ¿cómo se puede borrar la distancia entre narrador y creador sin dejar de hacer literatura? Porque aunque todo sea ficción, porque todos construimos nuestro propio relato, la idea de la escritura es esa trascendencia, que no es tanto el deseo de que la obra nos salve de la muerte sino más bien de que salve a otros del dolor de la vida. Y pienso que «Un hombre bajo el agua» logra su cometido.

Encontrar la forma

Ir hacia la forma. Ésta parece la búsqueda de todo este ejercicio narrativo. Y es alucinante cómo Gil ha sabido construir un texto tan variopinto, que se alimenta de diversos registros, y deviene estructura que tiende a lo amorfo y al mestizaje, pero que a la vez presenta un tono que persiste durante todo el relato y que da uniformidad a la narración. Por eso, aunque caben en el texto tanto un poema de Cosio como entrevistas y mensajes de correo electrónico, todos los textos encajan –como le gusta decir al narrador– y otorgan consistencia a la trama. Considero que éste es uno de los grandes aciertos del libro, sobre el que tenemos mucho que aprender.

¿Y la historia dentro de la historia? ¿No es acaso ese el punto de partida de toda la literatura? Si pensamos la literatura como un gran árbol donde todo el material se retroalimenta de la vida de los otros, del trabajo de los otros, seguramente podremos ser capaces de entender lo que implica originalidad cuando se habla de escritura. No es tanto ser único, haber creado algo de la nada y solo, sino conseguir extraer el jugo de la tradición, beber de las diversas fuentes y practicar una forma de decir que procure un vuelo o un color distinto. Porque sin tradición no puede haber innovación así como un relato de autoficción no es literatura si no sirve para que todos podamos pensarnos en él y no contribuye a un conocimiento más amplio del mundo. Entonces, aunque sin lugar a dudas no es la primera vez que una obra fusiona diversos géneros y juega con la metaliteratura desde la autoficción, me parece que la forma en la que lo hace es verdaderamente auténtica, y quiero decir, verdadera, y quiero decir, fabulosa.

Caben en esto punto muchos comentarios pero no quiero extenderme mucho más. No quiero dejarme fuera, sin embargo, una alusión a «La cláusula de los niños»: un texto potentísimo dentro de la novela. Sobre él habría que escribir una reseña aparte, y es posible que algún día lo haga. En él, Juan Manuel se atreve un poco más que en el resto de la trama, se apoya en el misterio psicológico y en la turbiedad de la experiencia del duelo para tratar aspectos relacionados con verdad y creencia de una forma casi superficial, pero que pueden servirnos para comprender cuáles son los límites de la realidad y hasta qué punto pueden forzarse. Ya sé que a veces las lecturas que nos tocan de cerca no deberíamos exprimirlas con interés objetivo; no obstante, me atrevo a decir sin miedo a que mis emociones me jueguen una mala pasada, que es el broche de oro del libro, un texto realmente valioso y con autonomía propia. Y aquí viene mi queja. Es posible que pase un poco desapercibido en el relato, porque aunque se presenta como un capítulo aparte, y aunque aporta desde lo estético y desde lo reflexivo en torno a los asuntos que interesan y atraviesan la novela, al no pertenecer directamente a la trama principal del libro, intuyo que muchos lectores no le prestarán la atención ni la importancia que se merece. Ojalá que me equivoque.

La literatura, el agua y la luz

Siempre me ha resultado sumamente interesante la relación del agua con la luz. De pequeñita –y a quién no– me gustaba mirar hacia el cielo mientras me zambullía en la piscina. Parecía tan cercano, y tan limpio. Es posible que también sea ese empeño por desentrañar el origen de la luz lo que nos ha llevado a la escritura. Definitivamente, es la responsable de que el narrador se haya sentado a escribir, haya querido indagar en una escena del pasado que se le ha quedado pegada para siempre a los sentidos. Pensar en el proceso de purificación de la balsa: el agua turbia que se aclara y da lugar a una claridad que permite ver las cosas de otra forma. Gil nos regala una maravillosa metáfora de lo que la escritura nos hace.

Entonces, podríamos concluir diciendo que tenemos una novela con una trama redonda que se alimenta de diversos géneros y que no sólo abarca el interés de entretenimiento como relato sino que nos ofrece contundentes miradas hacia los mecanismos del oficio del escritor, sus preguntas, sus necesidades, y sobre todo, sus miedos. ¿Es una autopsia una verdad contundente? ¿Intenta Juan Manuel Gil demostrar que incluso los saberes científicos tienen un enfoque y dentro de la verdad indiscutible hay miles de versiones posibles, de otras verdades diminutas que se esconden? Es posible. Y en el camino, nos ofrece buenísimas reflexiones sobre los límites de la verdad en la literatura y los grados de sinceridad que pueden operar para volver creíble un relato. A lo mejor, la verdad que podemos extraer de esa pregunta es que todo podría ser cierto si creemos en él.

«Un hombre bajo el agua» es una novela realmente magnífica que sirve tanto como compañera de ilusión lectora como de manual de escritura. Nadie debería dejar de leerla. Y si empecé con mi amiga Elena voy a terminar también en el sur. Es maravillosa también la mirada extendida sobre la cultura argentina, y esa costumbre que tenemos de criticarlo todo, de quejarnos por todo. Y ¡qué ilusión me ha hecho encontrarme con Pirámides, y la alusión a la película sobre mi adorado Beto Bubas! Y por último, si es cierto que la literatura es un engaño o un preparado con sus reglas, al menos debemos agradecer cuando el entramado del engaño funciona perfectamente con nosotros, es decir, si nos convence. Después de todo, la última y verdadera pregunta que necesitamos hacernos tanto en la literatura como en la vida es qué cosas nos hacen felices. Leer «Un hombre bajo el agua», evidentemente nos hace más felices, ¿para qué darle más vueltas?

 
 
 
 
UN HOMBRE BAJO EL AGUA
Juan Manuel Gil
Expediciones Polares
978-84-948101-4-5
290 páginas
20,67 €



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