«Grandes éxitos», de Antonio Orejudo —Editorial Tusquets—



Dime qué has leído y te diré qué has vivido. Así somos los lectores. No creemos las cosas hasta que las experimentamos a través de la literatura. En “Grandes éxitos”, Antonio Orejudo (Tusquets) parte de ese gusto lector para introducirnos en los vericuetos del oficio de la escritura. Y lo hace ofreciéndonos una serie de textos, que ha rescatado, revivido y corregido y que a su vez ha trenzado con una prosa ensayística delicada. Se trata de un libro que reflexiona y gira en torno a una premisa: la literatura no salva pero permite sensaciones únicas, y para muchos es la única forma posible de interpretar y entender la vida. Un libro que voy a recomendar y regalar mucho.
 

Los límites de la autoficción

“Grandes éxitos” se anuncia como el detrás de escena de los textos breves de Orejudo y se compone de un diálogo interesante entre las voces del pasado (fragmentos eliminados de las obras que vieron la luz) y la mirada reflexiva del escritor en el presente. Sería algo así como una especie de justicia poética con aquellas narraciones que fueron ninguneadas y que estaban exigiendo su parte de protagonismo en la obra completa del autor.

Y pese a que contado así puede dar la idea de tratarse de una recopilación de textos antiguos para sacarnos el dinero (recurso muy usado entre los autores de cierta edad que han perdido la pulsión narradora), ¡nada más lejos de la realidad! Lo que encontramos es un trabajo intenso de reflexión en torno al oficio de la escritura, que se apoya en esos textos como si fueran las evidencias de una época que ya no está, para ejemplificar los mil senderos que se bifurcan y que determinan el tipo de escritor en que nos convertimos. Las migas de pan en el camino que nos permiten (y no) volver a casa.

Como punto de partida, y a modo de curriculum vitae –porque somos lo que leemos–, Orejudo nos lleva de viaje a través de las obras que nos han convertido en lectores, para recordarnos todo lo que hemos sido y lo que hemos hecho junto a Julio Verne, Gustave Flaubert, José Saramago, Victor Hugo, Jack London, y algunos otros más. Esta primera página es una verdadera gozada; una recopilación de los mejores momentos, los grandes éxitos de la lectura, condensados en unos pocos minutos. Mi pericia lectora y la mujer inconformista que vive en mí se retuercen al ver cómo hemos configurado un mapa de lecturas donde los nombres masculinos ganan por goleada a los femeninos. Seguimos necesitando de un trabajo arduo y responsable para repensar la historia de la literatura y nuestra actitud al leer y mirar el mundo, no caben dudas.

Es importante señalar que aunque al comenzar todo apunta a que vamos a zambullirnos en un texto que se teje desde la nostalgia hacia otros tiempos (mejores) y las posibilidades que no pudimos rozar por esas cosas extrañas que tiene la vida, no es para nada un libro sensiblero o atornillado en la nostalgia. Se encuentra lleno de crítica (y autocrítica) y en lugar de alimentarse de “aquellos buenos tiempos” se construye desde la noción de que la literatura poco sirve para la vida, aunque sea casi lo único que conocemos. Por otro lado, hace hincapié en los aspectos menos sublimes del oficio literario: esos espacios en blanco de los que poco se ha ocupado la literatura, quizá por ser los menos pintorescos. Y todo, narrado con el humor y la acidez que son ya toda la seña de identidad en Orejudo.

Una reflexión en torno a la autoficción, un tema vivísimo, que no moderno, es la pista de aterrizaje de la mayoría de los textos. ¿Existe realmente algún texto que no hable de nosotros? Esta parece la pregunta que flota de fondo en torno a este tema y que abarca una mirada en profundidad a la historia de la literatura y a las obsesiones que nos mueven a sentarnos a escribir.

Con ejemplos comparativos entre las posibilidades que nos ofrecen la primera y la tercera persona, Orejudo deja en evidencia que los límites entre lo biográfico y la ficción son bastante difusos; a tal punto que, en ocasiones, lo que resulta ser absolutamente despegado del sujeto que narra termina siendo absolutamente autobiográfico. Y es que en el fondo, detrás de cualquier perspectiva, siempre está el autor, sus miedos, sus traumas, sus obsesiones. En ese sentido, la mirada de Antonio se posa sobre la importancia de encontrar el cómo y de dejar que el lenguaje fluya, sin miedo a aparecer, a manchar el mensaje con nuestras manos imperfectas.

Una glosa entretenida y reflexiva

Hay también una interesante reflexión en torno a nuestro mundo moderno, sus herramientas tecnológicas y la forma en la que convivimos con una visión falsa de la realidad, alimentada o gestada por medios de comunicación poco comprometidos e impulsada por la interacción irresponsable que ejercemos en las redes sociales.

Y se aparece aquí ese Orejudo más pesimista que parece arder contra la desidia de los jóvenes estudiantes. El profesor que quiere buscar nuevos métodos para provocar pasión en los alumnos, y que parece olvidar que la pasión sólo se enciende en un puñado de personas por cada generación. Unos pocos inadaptados, que no requieren de métodos simplistas para acercarse a la literatura. Ese pesimismo, sin embargo, se baña de ironía y en lugar de llevarnos a cerrar el libro, nos anima a continuar leyendo y pensando.

Hay en este libro un texto ensayístico cercano y vivo; escrito desde la perplejidad del escritor que está en constante construcción, que es empujado por su tiempo a repensarse y reelaborar los principios del oficio, y que vive y siente más allá de ese personaje creado a fuerza de tecleo. Y se disfruta de una voz que lucha contra un registro erudito y se aferra a construcciones más coloquiales, pero a la que le cuesta esconder lo mucho andado y aprendido.

La idea de acompañar estas reflexiones con narraciones que abarcan géneros muy diversos y aparentemente irreconciliables me parece uno de los grandes aciertos del libro porque vuelve la lectura un paseo largo y variado a través de los senderos de la imaginación, la memoria y el pensamiento.

Por eso, desde lo estructural, este libro es una joya. Creo que Orejudo nos tiene mal acostumbrados con ello porque sus textos suelen ser caóticos a simple vista, hasta que escarbas un poco y entiendes sus cualidades y el por qué de ciertos saltos, de ciertos géneros mezclados, y descubres que en realidad ese caos no es tal. Antonio Orejudo es un defensor del humanismo y en sus textos se respira esa intención de los humanistas de ordenar el conocimiento de una época y de darle el espacio a las reflexiones eruditas junto a las cosas cotidianas. Y sus libros son eso: una especie de hábitat donde cabe la promiscuidad e incluso es necesaria para que se mantenga el mundo en equilibrio. Y creo que esto, más que nunca, puede percibirse en esta obra.

Cerca del género didáctico y tomando del ensayo y de la narrativa los aspectos más sobresalientes, Orejudo construye una vez más una fotografía de nuestro tiempo y nos invita a mirarnos para poder narrarnos desde la curiosidad y la autocrítica.

La estafa de la literatura

Todo cabe en las novelas de Antonio Orejudo, incluso el llanto, también la bronca. Leerlo es reinterpretar el mundo que pisamos y redescubrir las razones por las que hemos abrazado este oficio. Asimismo, en sus textos y sobre todo en este libro existe un juego-trabajo de metaliteratura extraordinario. A través de las aventuras autoficcionales del escritor que es personaje y que en algunas cosas se parece al autor, podemos intuir las diferentes etapas que ha atravesado como lector y como narrador. Y a la vez, esto permite que leamos el libro como si se tratase de una clase magistral sobre lo que conviene y no, hacer en este oficio.

Por otro lado, a lo largo de la lectura van apareciendo sus obras anteriores, de las que se han limado las narraciones que aquí se presentan. Encontramos su última novela, “Los cinco y yo”, también “Ventajas de viajar en tren”, “Almería, crónica personal” y “Los congelados”.

Sobre esta última hay un capítulo que me ha gustado muchísimo, puede que sea mi favorito. Se trata de una reflexión en torno a cuánto nos cambian las cosas aparentemente insignificantes. Los cruces de miradas, las decisiones apresuradas que terminan balanceándonos hacia un destino impredecible, los infortunios con suerte; en definitiva, esas cosas que no predecimos y que nos modifican sustancialmente. Es posible que nuestra fascinación por determinados autores también esté ligada a esta extraña cualidad de la vida, y también nuestra dedicación a este peculiar oficio. ¡Así de importantes terminan siendo estas boludeces!

Dice Orejudo que Petrarca también se sintió estafado por la literatura. Difícilmente podamos vivir sin sentir alguna vez que esto que tenemos en el cuerpo es una especie de estafa, algo que no elegimos pero que no podemos resistirnos a gastar. Y sin duda, contar con un curriculum vitae compuesto de nombres y aventuras variopintas puede ser la mejor contrapartida (y a la vez el vaso de agua refrescante y siempre al alcance de la mano) frente a esta gran estafa. Pero no me hagan mucho caso, también a veces me siento un fraude, de hecho, encajo perfectamente en el perfil que define Antonio en esta frase:

¡Lean “Grandes éxitos” y disfruten del espectáculo!


 
 
 
GRANDES ÉXITOS
Antonio Orejudo
Tusquets Ediciones
288 páginas
Papel:    18,50 €
Digital:  11,99 €



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