«Exceso de buen tiempo», de José Antonio Mesa Toré —Visor Libros—

Estar frente a ciertos libros me produce una especie de vértigo y excitación que me estremece. En esos momentos de lectura veo con claridad dos cosas. Primero, que la poesía es el único género literario donde el yo es colectivo. Segundo, que quizá (y contra lo que siempre he pensado) lo agrio de la vida sí puede adquirir significado a través del arte para ayudarnos en la reconstrucción del mundo que vemos arrasado. “Exceso de buen tiempo” de José Antonio Mesa Toré (Visor Libros) roza estas dos ideas y plantea una tercera luz: la poesía es un buen sendero si no para responder las inquietudes más sustanciales de la vida, sí para formularlas de la manera adecuada, pinchando donde duele y permitiendo que la sangre fluya, que la herida supure, que el amor se explique. Es ésta una lectura que, a modo de entrenamiento, nos invita a mirar más allá de las cosas y a disfrutar de esos días de sol en los que llueve. Después de todo, la vida es todo lo que tenemos.

De la experiencia individual a la colectiva

Aunque habíamos tenido acceso a una pequeña partícula de lo que este libro encierra, les aseguro que la obra completa se descubre ambiciosa y llena de detalles, revelándonos el trabajo minucioso que hay de fondo (los frutos del tiempo de escritura y del tiempo de reposo y revisión). De hecho, es un poemario potentísimo en el que parece no sobrar nada, y que sirve para reafirmar que estamos ante uno de los poetas más brillantes de Málaga.

Entre las cosas que primero habría que destacar de “Exceso de buen tiempo” se encuentra cierta característica estructural que puede modificar profundamente la forma de entender e interpretar su lectura. A modo de búsqueda espiritual, partimos de poemas en los que el yo es protagonista, tales como “Vida en el aire” o “Mísero Mesa Toré”. Descubrimos en ellos a un personaje hundido en la pena que intenta salir a flote sin saber a qué aferrarse. Un yo que siente extrañeza sobre su propio pasado y que ignora el futuro que le aguarda.

Pero a medida que avanzamos en la lectura esa mirada se ve ampliada por la llegada del amor, que trae consigo el descubrimiento de una verdad más grande que el propio sujeto. Aflora entonces el deseo que se vuelve causa y efecto de poemas absolutamente luminosos como “Del amor ebrio” y “Elogio de la erosión” (donde encontramos un erotismo sutil y delicado). Seguimos. Y aquí viene lo bueno. Porque la de Mesa Toré es una voz que, si bien se basa en una poética intimista, procura una mirada filosófica y colectiva sobre las cosas. La suya es una poesía que indaga (y a veces con un dolor casi existencialista) sobre la verdad de los hechos comunes que conforman nuestra vida e intenta dejarnos algo de luz. Y, ¡aquí, el milagro! Para concatenar ese dolor intimista con el sentir colectivo de la tercera parte del libro, introduce, a modo de pasaje, su paternidad, que deviene en la búsqueda de una hija en un país extranjero, donde todo es desamparo y frío, y en una serie de poemas desgarradores a la vez que edificantes.

Desde allí, la voz se extiende hasta rozar la experiencia de los otros —la mirada colectiva—. Y en ese pasaje, y perdonen si me quedo aquí un poquito, encontramos sus poemas de “Madre Rusia” que son, sin duda, algunos de los más significativos. En ellos, la ternura se viste con todas sus galas y nos permite disfrutar de poemas fabulosos, como “Nana para Snegúrushka” o “A un río le llamaban Madre Volga”. Una ternura que se asoma en versos donde hay sol y llueve, como los siguientes:

La memoria que dura más de lo que cura

Con muy buen gusto, José Antonio hilvana un libro tiznado (ese hollín que se pega a nuestra piel sin remedio) de recuerdos personales y colectivos, en una construcción poética tan precisa como sensual y estimulante. Las palabras se asoman y nos ofrecen una postal sobre la vida, esa misma que experimentamos, con sus luces y sus sombras, y sus días de sol en los que casi siempre llueve.

En esa reconstrucción de la memoria aparece el amor, como chispa que alimenta nuestro deseo, y con él, la ilusión de que otra vida es posible. Ese amor del que decía Juan Ramón Jiménez que como un sol amarillo “vuelve otra vez romántico el mismo cementerio”, y que consigue transformar aquello que toca, poniendo patas arriba las intenciones del poeta y obligándolo a oponerse a la desidia, porque ese amor verdadero que se ha vuelto falso no es suficiente razón para apagar la brasa. Así, la poesía se abre como un camino posible para el encuentro con la propia identidad, esa reconstrucción que nunca se termina, que comienza de cero cada año, en cada herida, con cada nuevo amor, y permite el surgimiento de nuevas palabras, como las que se dibujan en “Díptico del Ángel y su demonio”.

Mesa Toré trabaja también sobre la memoria y la infancia con una lucidez asombrosa. Esa infancia en la que mirábamos el mundo con los ojos enteros incapaces de entender la rajadura que aguardaba a la vuelta de la esquina; ese tiempo sin miedo al naufragio (como dice) y que se nos ha quedado pegado-prendido a la experiencia vital. Volverá sobre ella una y otra vez, con el intento de reconstruir quizá, pero sobre todo de nombrar, de mantener vivos los colores a fuerza de palabra. Y recordará a sus amigos, a su madre, a su huerta, al caserío blanco, permitiéndonos a través de sus poemas ver nuestro propio caserío, nuestra propia huerta. También me resultaría difícil dejarme fuera “La rama rota”, ese sabio poema donde la razón se vuelve necesaria para evitar el daño.

Finalmente, y como un camino de búsqueda profunda, “Exceso de buen tiempo” nos permite sentir la ausencia de palabras pero también rozar esa duda existencial que más tarde o más temprano atravesamos todos: ¿merece la pena escribir? Y en ese sentido, aunque parece haber un intento de dar respuestas a esta inquietud, la poesía de este libro formula preguntas y busca apropiarse del deseo y la ilusión en su sentido más primigenio, cuando amar (y escribir poesía) es saber que no existen certezas que guíen nuestros pasos.

Generación del 27 e infancia

La pandilla del 27 también se pasea por estas páginas. Y en ese sentido es un libro que da buena cuenta del amplio conocimiento que Mesa Toré tiene sobre los personajes que la conforman, quienes se aparecen como si fuesen luces persistentes cuando la sombra avanza sobre su pluma, como deja en evidencia en su poema “La voz del poeta (Brines)”, o en su semblanza sobre José Moreno Villa en “Topografía de mar”.

Y siguiendo en esa línea pienso que “Exceso de buen tiempo” tiene muchos poemas que podrían considerarse de poética surrealista; quizás el haberse nutrido de la Generación del 27 le haya ayudado a consolidar una poesía llena de simbolismos. Pienso que puede ser muy interesante leerla estableciendo guiños y vínculos con aquellas voces que resuenan en la mirada del poeta, y que se encuentran escudriñando sus palabras en cada rincón, en imágenes tales como:

“Exceso de buen tiempo” es también la invitación a un viaje: el más exquisito de todos. Un recorrido por nuestra vida, con la idea de revisar quiénes fuimos y qué hemos compuesto en la reconstrucción de nuestra identidad después de cada naufragio. Un camino que podemos hacer a través de la poesía y que puede guiarnos hacia un conocimiento más profundo de nosotros mismos. Y en medio de todo ello, el empeño de recuperar la ilusión por las palabras y la inocencia de otro tiempo (a pesar del circo y de los mercaderes en el templo). Poemas como “Una limosna” y “Siete razones para el silencio, y una más” pueden ser esperanzadores mensajes para amortiguar el viaje. Por último, la lectura de “Alfiler y mariposa”, se presenta como un precioso canto de alegría para ese momento en el que vuelve la escritura, pero también el aviso de una certeza: que hay (y habrá) invierno, porque la vida es un largo día de sol en el que llueve.

Y mientras tanto, que no nos falte la esperanza, que se muestra como esa mano tendida (y extendida hacia nosotros) para ayudarnos a levantarnos de esas caídas que parecen para siempre, de esos momentos de sombra persistente en los que creemos que lo hemos perdido todo. Que nunca —y digo NUNCA— nos falten las palabras como un mantra-refugio. Palabras como éstas que le deja José Antonio a Snegana-Amélie:


 
EXCESO DE BUEN TIEMPO
José Antonio Mesa Toré
Visor Libros
XXXVIII Premio Internacional de Melilla
978-84-9895-305-3
154 páginas
12 €



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